
Sacan
las peceras, los grandes bocales a la calle, y entre turistas y niños ansiosos y
señoras que coleccionan variedades exóticas (550 fr. pièce) están las peceras
bajo el sol con sus cubos, sus esferas de agua que el sol mezcla con el aire, y
los pájaros rosa y negro giran danzando dulcemente en una pequeña porción de
aire, lentos pájaros fríos. Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al vidrio,
pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes de
cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez, por
ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se comprenden,
franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra amiga, la vendedora
de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo: «El agua fría los
mata, es triste el agua fría ...» Y yo pensaba en la mucama del hotel que me
daba consejos sobre un helecho: «No lo riegue, ponga un plato con agua debajo de
la maceta, entonces cuando él quiere beber, bebe, y cuando no quiere no bebe...»
Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que un pez solo en su
pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar
contento...
Entrábamos en las tiendas donde las variedades más delicadas tenían peceras
especiales con termómetro y gusanitos rojos. Descubríamos entre exclamaciones
que enfurecían a las vendedoras -tan seguras de que no les compraríamos nada a
550 fr .pièce- los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo
delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en
que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y ese
pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de
jade, y un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la
vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se
ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un
golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del
vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que
no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los
arranca a su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una
de las grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.
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