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sábado, 30 de noviembre de 2013

Gustavo Cerati , ( que otra cosa puedo hacer )


Virginia Woolf ( las olas fragmento)


" El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto

por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías. 
"
 Virginia Woolf

Charles Bukowski, "Es extraño"

Es extraño cuando la gente famosa muere
hayan estado en la buena lucha o
en la mala.
es extraño cuando la gente famosa muere
nos hayan gustado o no
son como viejos edificios viejas calles
cosas y lugares a los que estamos acostumbrados
a los que aceptamos simplemente porque
están ahí.
es extraño cuando la gente famosa muere
es como la muerte de un padre o
un gato o el perro,
y es extraño cuando la gente famosa es asesinada
o cuando se suicidan.
el problema con los famosos es que deben
ser reemplazados y nunca se los reemplaza bien,
lo que nos da esta tristeza única.
es extraño cuando la gente famosa muere
las veredas parecen diferentes y nuestros
chicos parecen diferentes y nuestras
compañeras de cama y nuestras cortinas
y nuestros autos.
es extraño cuando la gente famosa muere:
nos sentimos mal.



 Charles Bukowski,

viernes, 29 de noviembre de 2013

Ben Howard ( derrumbando las entradas del tiempo)


Eduardo Galeano , ( ventana sobre la palabra)


Magda recorta palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. En cajas rojas guarda las palabras furiosas. En caja verde, las palabras amantes. En caja azul, las neutrales. En caja amarilla, las tristes. Y en caja transparente guarda las palabras que tienen magia.
A veces ella abre las cajas y las pone boca abajo sobre la mesa, para que las palabras se mezclen como quieran. Entonces, las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá.

Eduardo Galeano 

R Juarròz

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.
R.Juarróz

foto:  Amìlcar Moretti

jueves, 28 de noviembre de 2013

Todo el amor que exista en esta vida


Laura Esquivel, como agua para chocolate, (fragmento )

Mi abuela tenia una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de
cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. »Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo. ¡Qué ciertas eran estas palabras! Si alguien lo sabía era ella. Desgraciadamente, tenía que reconocer que sus cerillos estaban llenos de moho y humedad. Nadie podría volver a encender uno solo. Lo más lamentable era que ella sí conocía cuáles eran sus detonadores, pero cada vez que había logrado encender un fósforo se lo habían apagado inexorablemente. John, como leyéndole el pensamiento, comentó:– Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos. Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil protegernos de su soplo. Tomando una mano de Tita entre las suyas, fácil añadió: Hay muchas maneras de poner a secar una caja de cerillos húmeda, pero puede estar segura de que tiene remedio. Tita dejó que unas lágrimas se deslizaran por su rostro. Con dulzura John se las secó con su pañuelo. – Claro que también hay que poner mucho cuidado en ir encendiendo los cerillos uno a uno. Porque si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos de un solo golpe producen un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino. El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene, dejando al cuerpo inerte… Desde que mi abuela murió he tratado de demostrar científicamente esta teoría. Tal vez algún día lo logre. ¿Usted qué opina?

Laura Esquivel
foto:  Alexander Matvienko

Juan Gelman , la economìa es una ciencia

En el decenio que siguió a la crisis
se notó la declinación del coeficiente de ternura
en todos los países considerados
o sea
tu país
mí país
los países que crecían entre tu alma y mi alma
de repente duraban un instante y antes de irse
o desaparecer dejaban caer sábanas
llenas de nuestros sexos
que salían volando alrededor como perdices.
¿Quiere decir que cada vez que hicimos el amor
dejábamos nuestros sexos allí,
y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas?
Qué raro, mirá que lavábamos las sábanas
con subordinación y valor
para que los jugos de la noche pasada
no inauguraran el pasado
y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros
para ordenarnos el hoy
porque el alma amorosa es desordenada y perfecta
tiene mucha limpieza y lindura
se necesita todo un Dios para encerrarla
como le pasó a Don Francisco
que así pudo cruzar el agua fría de la muerte.
Es bien raro eso de nuestros sexos volando
pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu sexo
y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia
y dulzura y valor
me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos
como amor encendiendo otro amor,
o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban
y se ponían a dar vueltas entre ellos
como maripositas encandiladas por el fuego
y se querían morir de nuevo
buscando incesantemente la libertad
y había un país entre la vida y la muerte
donde todo era consolación y hermosura
y no poseíamos nuestro corazón
y nuestros sexos se perdían como almas en la noche
y nunca más los volvíamos a ver para entender
estudio los índices de la tasa de inversión bruta
los índices de la productividad marginal de las inversiones
los índices de crecimiento del producto amoroso
otros índices que es aburrido hablar aquí
y no entiendo nada.
La economía es bien curiosa
al pequeño ahorrista del alma lo engañan en Wall Street
los sueldos de la ternura son bajos
subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor,
el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes,
eso no le da dicha ni desdicha
en medio de las razones
las redenciones
las resurrecciones.
Se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes
estoy viendo volar los pajaritos que te salían del sexo
mejor dicho
de más allá todavía
de todo lo que valías
o brillabas
o eras
y dabas como jugos de la noche.

Juan Gelman

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Frank Delgado ( a veces )


Ismael Velázquez Juárez, producto bruto interno

El cuchillo clavado
en el centro de la mesa
me sostiene a mí
que puedo saltar sobre
el lomo erizado de la muerte
pero doy tumbos
entre las gallinas
y sostiene al perro
que gira y se revuelca
como si cada cosa
lo llamara por su nombre
el cuchillo clavado
en el centro de la mesa
sostiene la casa entera


en lo oscuro
una quebrazón
de animales invisibles
en el aire
palomas
y olor a dinamita
en las manos
el balde donde dios
quedamente
gotea



la vida es ciega
tira y tira
del pelo
que no eres
su mano inquieta se posa
y te rasca un pie
o aplasta de golpe a tus gallinas
abre y cierra sus fauces
y se va
por la víscera del cielo
por la ventana negra del día
se va


Ismael Velázquez Juárez

Robert de Niro, Lo que sè

Robert De Niro, respondió al periodista Cal Fussman para lWhat I’ve learned” de la revista norteamericana Esquire, en su número de enero de 2011.

Los que hablan no saben. Los que saben no hablan. Eso ha sido así desde siempre.
También: si no vas, nunca lo sabrás. Les digo eso a mis hijos.
Diez años parecen haber sido hace unos pocos años.
Si es la silla indicada, no lleva demasiado tiempo sentirse cómodo en ella.
Italia ha cambiado. Pero Roma es Roma.
Construimos una pared de goma para la escena de la cárcel en Toro salvaje. Era una gomaespuma dura. Estrellar la cabeza contra una pared verdadera no hubiera sido posible. Había que hacerlo hasta quedar contentos.
Me gustaría ver todas mis películas una sola vez tan solo para ver qué me hace pensar, para ver cuál fue el patrón. Pero con todas las películas en las que estuve, eso significaría ver dos o tres por día durante un mes. No sé de dónde sacaría el tiempo.

Si Marty quisiera que yo hiciera algo, lo consideraría muy seriamente, aún si no me interesara.
Mi definición de un buen hotel es un lugar en el que me quedaría.
Si no recuerdo mal, no se hacían muchas secuelas en aquella época. El Padrino fue una de las primeras. Así que no pensábamos sobre las secuelas de la manera en que lo hacemos ahora. Recuerdo estar viendo la calle completa entre la Avenida A y la Avenida B convertida en los comienzos del siglo XX. Las vidrieras, los interiores de los locales. El tamaño era increíble. Uno sabía que lo que estaba haciendo era ambicioso.
Siempre estaré en deuda con Francis.
Cuando hice El francotirador, pensé: Tailandia es un lugar interesante. Volveré pronto. Pero no regresé hasta como dieciocho años después.
Todos pueden criticar. Pero al final del día, uno sabe que las intenciones de Obama son las correctas.
Deberías haber hecho esto. Deberías haber defendido esto más que aquello. El presidente tiene que lidiar con eso todo el tiempo. Imaginate lo que debe ser tener que tratar con todas estas fuerzas que se te vienen encima, tener que transar, sopesar las consecuencias de cada decisión en relación a las otras. Es difícil. Si lo pensás un poco, es un poco como ser un director.
Siempre les digo a los actores que van a una audición: No temas hacer lo que indican tus instintos. Tal vez no consigas el papel, pero la gente va a tenerte en cuenta.

Me dicen que Jodie Foster dijo:
“Para el momento en que me dieron el papel en Taxi Driver, ya había hecho más cosas que De Niro o Martin Scorsese. Había estado trabajando desde los tres años. Así que aunque tenía sólo 12 años, sentía que era la veterana allí.
De Niro me llevó a un lugar aparte cuando empezamos a filmar. Me pasaba a buscar por mi hotel y me llevaba a diferentes restaurantes. La primera vez básicamente no dijo nada. Sólo murmuraba. La segunda vez comenzó a repasar las líneas conmigo, lo cual era bastante aburrido porque yo ya me las sabía. La tercera vez, repasó las líneas conmigo otra vez, y ahora estaba realmente aburrida. La cuarta vez, repasó las líneas conmigo, pero empezó a irse para otro lado, sobre ideas completamente diferentes dentro de la escena, hablando sobre cosas muy locas y pidiéndome que siguiera su improvisación.
Así que empezamos con el guión original y él luego se iba por una tangente y tenía que seguirlo, y entonces era mi trabajo encontrar eventualmente el espacio para devolverlo a las últimas tres líneas de texto que ya habíamos aprendido.
Fue una revelación enorme para mí, porque hasta ese momento yo creía que ser un actor era tan solo actuar naturalmente y pronunciar las líneas que había escrito otro. Nadie jamás me había pedido que construyera un personaje. Lo único que habían hecho para dirigirme era decir algo como “Decilo más rápido” o “Decilo más lento”. Así que era una sensación completamente nueva para mí, porque me di cuenta de que actuar no era un trabajo tonto. Yo creía que era un trabajo tonto: alguien escribía algo y vos lo repetías. ¿Qué tan tonto era eso?
Hubo un momento en algún restaurante, en algún lugar, en el que me di cuenta por primera vez de que era yo quien no había estado aportando demasiado a la mesa. Y sentí una excitación de esas en las que transpirás y no podés comer y no podés dormir.
Me cambió la vida.”

¿Jodie dijo eso? No, no me acuerdo. La gente tiene recuerdos de cosas que yo no recuerdo. ¿Ella tenía cuánto, doce? Increíble...

Si no lo hacés bien ahora, nunca será como debería ser; y se queda ahí para siempre.
Es la misma historia de siempre: la delgada línea entre el dinero y la calidad. ¿Tenemos que gastar todo esto para hacer esto? Bueno, sí, porque si no lo hacemos...
Si tomás un atajo, la gente se va a dar cuenta y se va a sentir engañada. Es como una película: acumulativamente, todos los atajos y los engaños restan algo de la textura.
En ocasiones, tener restricciones financieras te beneficia. Te obliga a inventar soluciones más creativas.
Simplemente voy al teatro. Nadie me molesta. Ni siquiera me reconocen. Lo hago de cierta manera.
No pude entrar a ver Avatar en el IMAX 3-D.
Mientras tengas hijos, siempre habrá algún problema.
No sé si mis hijos me han enseñado algo, pero se me han revelado cosas. Cosas que ocurren. Ahora sos un abuelo. Y tus hijos te están dando consejos.
Es interesante cuando tus hijos te dan consejos. El otro día tuve una conversación con mi hijo mayor. El me decía: “No debería hacer esto, y esto, y esto”. No es que estuviera de acuerdo con él en todo. Pero fue una buena sensación.
Envejecés y te volvés más cauteloso.
Aparecen situaciones por las que ya pasaste, y podés ver hacia dónde se dirigen.
Un buen consejo puede ahorrarte un pequeño fastidio.
Tuve a mis mellizos aquí. Tienen quince años. Cuando yo era adolescente, había menos restricciones que las que yo les impongo a mis hijos. Pero yo sé que esas restricciones son importantes. Aun así, tienen que tener su espacio. Es un equilibrio delicado. Te decís: yo sobreviví a eso. ¿Cómo lo harán ellos? Y sin embargo lo hacen. Con un poco de suerte.
Puedo reírme más ahora que cuando era más joven. Soy menos sentencioso.
Me cuesta mucho regalar una de las pinturas de mi padre.
He mantenido el estudio de mi padre por los últimos 17 años, desde que murió. Lo mantuve tal cual estaba. En un momento pensé en dejarlo ir. Luego tuve una reunión de amigos y familiares para verlo por última vez. Grabarlo en video. Pero me di cuenta de que es diferente en persona que en video. Es otra experiencia. Así que me lo quedé.
Sé valiente, pero no imprudente.
Sin importar lo que hiciera, Marlon siempre era interesante.
Para mostrar lo primitivas que solían ser las cosas: teníamos que disponer un trípode para pasar en video las escenas de Marlon en la sala de proyección de Paramount, para que yo pudiera estudiar sus movimientos. Lo interpretaba acto por acto.
Nunca hablé con Marlon sobre nuestras actuaciones en El Padrino. ¿Qué me iba a decir? Nos conocíamos. Pasé algún tiempo en su isla con él. Pero no hablás de actuación. Hablás de cualquier cosa menos de actuación. Supongo que la admiración no se expresa en palabras.
Sí, podés hacer nuevos amigos. Hace poco conocí a una pareja; son mucho más jóvenes que yo. Es agradable.
La realidad es este momento.
Alguna gente entiende lo que es crear algo especial, y otras piensan en qué es lo que pueden sacarle.
No voy a leer todos los libros que quiero leer.
Quizá me gustaría hacer cosas que fueran más como retirarse. Como sentarme en un lugar y simplemente disfrutar. Una buena caminata. Un café. Como retirarme, pero no retirarme. Mientras disfrute de lo que estoy haciendo, ¿por qué retirarme?
Atravesás muchas fases diferentes en la vida. Solía comer postres todo el tiempo de chico. Ahora no como mucho postre. Excepto cuando estoy en restaurantes especiales y me digo: Bueno, estoy acá, tengo que comer el postre.
Ahora es ahora. Entonces era entonces. Y el futuro será lo que el futuro sea. Así que disfrutá el momento mientras estás en él. Ahora es un gran momento.

Fernando pessoa

Me meto adentro, y cierro la ventana.

Traen el candelabro y dan las buenas noches.
Y mi voz contenta da las buenas noches.
Ojalá mi vida sea siempre esto:
el día lleno de sol, o suave de lluvia,
o tempestuoso como si se acabara el Mundo.

La tarde suave y las cuadrillas que pasan.
Miradas con interés desde la ventana,
la última ojeada amiga al sosiego de los árboles.
Y después, cerrada la ventana, el candelabro encendido,
sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
sentir la vida correr en mí como un río por su lecho.
Y allá fuera un gran silencio como un dios que duerme.
Fernando Pessoa 

martes, 26 de noviembre de 2013

Jorge Curinao



Se aprende, en el pueblito, a caminar despacio. Se aprende a hablar con las estrellas, con los muertos.
Escucha, cierra los ojos. Es la piedra que puse entre tus manos.

Jorge Curinao :la chispa adecuada

foto : Lago Kruger - Parque Nacional Los Alerces

The Cinematic Orchesta ( respira)


Hernan Casciari , el muerto que crece

Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.
Si hoy Pablo viviera posiblemente estaría casado. Era muy hermoso, tenía pestañas largas, los ojos verdes y cuando sonreía daba la impresión de que pidiera disculpas. Sin duda estaría casado... Y posiblemente sería feliz, o al menos creería ser feliz. Yo en cambio no estoy casado, nunca estuve con una mujer; esa diferencia ya habría agotado cualquier posible sobremesa, separado nuestras vidas para siempre.
Otra cosa es cierta, no seamos dramáticos: si Pablo estuviera vivo tampoco yo le dedicaría esta historia, no pensaría en él cada noche, no me angustiaría ver la foto que nos sacó el cura del campamento la noche anterior a su muerte.
Pablo murió la segunda noche del campamento. La Acción Católica nos mandaba cada tres meses a O'Higgins, un pueblo pequeño, cerca de Chacabuco, para que tuviéramos contacto con la naturaleza.
Durante el día hacíamos largas y aburridas caminatas; por la noche, largos y aburridos fogones. El cura contaba historias de terror y todos gritábamos como ardillas. A mí me gustaba ir a ese campamento únicamente para conversar con Pablo, dentro de la carpa, alumbrados con linternas, durante toda la madrugada. Sin decirlo nunca en voz alta, yo pensaba: estoy durmiendo con Pablo.
Eran pocas las veces en que podía conversar con mi amigo largamente, sin el asedio de las chicas. En la escuela él prefería dejarse halagar por la histeria femenina, o dejarse seducir por los deportes. En O'Higgins, el campamento de las mujeres estaba del otro lado del camping, y las monjas vigilaban que ellas no pasaran a nuestro sector. Las monjas eran guardaespaldas de Pablo: lo dejaban descansar de sus admiradoras secretas; lo dejaban todo para mí.
Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito personal. Yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que hay mitos grupales y mitos personales. Gardel, por ejemplo, es un mito colectivo que la muerte erige y alimenta cada día; el Che Guevara, Rimbaud: vidas tempranas que la muerte congela para siempre y hace únicas, como si no fueran también únicas las vidas de los que quedamos, como si la multiplicación de la especie no favoreciera el milagro, el cotidiano, de estar aquí, de padecer.
Gardel, Guevara, Rimbaud: mitos colectivos, mitos de grupo. Nadie pensaría en ellos si hubiesen muerto ancianos. Se piensa en ellos porque han muerto en la plenitud arrolladora, en medio del fervor, de la batalla, del amor. Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito secreto, mi ídolo personal. Yo no pensaría en él si estuviese vivo, pero murió tan joven, tan cerca de mí, tan mío, que la lejanía del tiempo lo agiganta y lo convierte en mi dolor.
Y es que la muerte de las vidas jóvenes, más cuando la joven vida ha sonreído mucho y ha sido bondadosa, se convierte en una muerte frágil, más indeseada que la muerte lógica, menos asimilable. En las guerras mueren, principalmente, los jóvenes, también en los terremotos y en los bombardeos que ocurren en los colegios, pero por alguna razón las muertes colectivas tienen una jerarquía baja, son de segundo orden en la conciencia mítica.
Cuando muere más de un joven sólo importa el principal, los otros son olvidados. No solamente murió Gardel en aquel avión, también murió el pobrecito Lepera, el mejor letrista de tangos. El mismo día, a la misma hora, del mismo fuego. Pero se lo recuerda sólo a Gardel.
Un mito debe morir joven, sin merecerlo, y debe en vida haber sonreído mucho, y haber hecho poco daño a otros. Pero también es necesario que el mito muera solo. Y si no muere solo, la historia borra los datos de sus compañeros, desdibuja a los guitarristas, se deshace de los que no han sido hermosos.
Pablo y sus quince años cumplían con toda aquella parafernalia del mito, y por eso desde entonces es mi leyenda privada, mi dolor placentero particular. El muerto que me crece adentro.
Si en aquella época fue mi mejor amigo, ya no importa que hoy yo tenga otros amigos, algunos muy buenos, algunos mejores; Pablo tendrá que ser siempre mi mejor amigo por dos razones tan ciertas como su risa: que él murió cuando era mi mejor amigo, y que antes de que muriera yo fui malo con él.
No tan malo como acabé siendo más tarde, no tan dañino como soy ahora, pero lo suficientemente malo y dañino para no poder decir que lo que ocurrió esa noche en O'Higgins fue del todo irracional, todo destino. Si la muerte de Pablo hubiera sido absolutamente accidental, al cien por cien una desgracia, no existiría este monólogo, ni mis otras muertes, ni la foto de Pablo en mi escritorio, ni mis pesadillas. Nada existiría.
Si todo esto ha existido y existe, si alguna de estas patologías existirán, además, durante los muchos años que me dure la deuda, el duelo, es porque no ha sido del todo accidental, es porque de algún modo quise, durante un segundo por lo menos, verlo caer. Verlo volar. Verlo pedir y rogar, y suplicar. Lo demás, lo que pasó después, sí fue el destino, o el castigo que recibí por querer ser malo.
Yo era un niño ofendido cuando le solté las manos en el puente. Digo bien: un niño. Mi rostro era el rostro de un niño. Yo era un niño que había recibido una bofetada después de un beso. Pero yo dejaba de ser un niño cuando se me soltó de las manos; y puedo jurar que cuando Pablo cayó al suelo, diez segundo después, o cinco, un siglo después, luego de volar como yo quería ingenuamente que volara, yo ya no era un niño, ni tampoco era un niño Pablo.
Ya no éramos dos niños que jugaban en el puente de O'Higgins, ni la vida y la muerte eran dos ideas. Cuando cayó, Pablo ya era un muerto, mi primer muerto. Y yo, arriba, desde la baranda, con los ojos serenos, con las manos crispadas, sin dejar de mirar el cuerpo pequeñito allí abajo, sin gritar ni hacer nada, sin pensar en lo que diría primero el cura, después mis padres, más tarde los padres de Pablo, yo, en ese momento, ya era un hombre.
Yo dejé de ser un niño mientras Pablo volaba del puente a la tierra, y de mis manos al vacío. Dejé de ser un niño para siempre, quizás para acompañar a Pablo en su descenso y durante sus últimos segundos de niño, porque él también dejaba de ser un niño en el viaje.
Pablo, mi mejor amigo de la infancia, el mito de ahora, el de la foto en mi escritorio, el de mis sueños, fue también mi primera maldad, la primera de una lista que después fue inmensa. Mi primer amor.
Cuando Pablo empezó a ser el chico muerto, yo empecé a ser el chico que había matado a Pablo. El cambio de colegio y el cambio de ciudad no alcanzaron para limpiarme. En el nuevo colegio de la nueva ciudad también fui el chico que había matado. Ya no a Pablo, sino a alguien, que era todavía más misterioso y peor.
Las siguientes crueldades eran esperables y esperadas por todos, menos por mí. Yo no esperaba nada, porque mi única gran crueldad, mi primera y mejor muerte, fue la muerte de Pablo, porque era mi mejor amigo y yo lo quería, y porque yo era un niño y porque los dos éramos buenos, y porque yo lo había besado y él no quiso recibir mi boca, mi beso de fan.
Después ya no. Después él fue un muerto más, el primero de mis muchos muertos. Porque, al revés de lo que suponemos, matar sin intención no nos convierte en más precavidos o mejores, sino que nos quita la opción de elegir. La diferencia es que ahora, con más experiencia, beso a los niños con más fuerza, los ato, los amo, los disfruto, antes de dejarlos caer por otros puentes

del libro: Charlas con mi hemisferio derecho

para leer màs:  http://editorialorsai.com

Forough Farrokhzad, "Al cuerpo de mi amado"

Mi amado
con su cuerpo desvergonzadamente desnudo
Se paró como la muerte
sobre sus piernas

Infatigables formas decididas
siguen los contornos
de la contracción combatiente
de su figura firme

Mi amado
es algo como las generaciones olvidadas
En los rabillos de sus ojos es
como si siempre estuviera montado
un gitano al anca de un jinete
Como un bárbaro,
fascinado de la sangre de la víctima,
brillan sus dientes

Mi amado
tiene un inalcanzable deseo,
como la naturaleza
El reafirma
la incombatible ley del poder

El es libre como un salvaje
como un instinto sano
en los adentros de una isla desabitada
El se saca el polvo de sus zapatos
con trapos de la carpa de Majnon

Mi amado
desde el comienzo de su
existencia ha estado ausente,
como un dios en el Templo de Nepal
El es un hombre de los milenarios recuerdos
de la verdadera belleza

Igual que el olor de un niño
despierta a su alrededor
constantemente inocentes recuerdos a la vida
El está lleno de violencia y desnudez
como una hermosa canción

Con sinceridad
él ama
la semilla de la vida,
el grano de la tierra,
el dolor del hombre,
dolores verdaderos

Con sinceridad
él ama
una calle,
un árbol,
una copa de helado,
un cordel de la ropa

Mi amado
es una simple persona
simple como yo
en el monstruoso país del mal,
escondido entre los montes
de mis senos
como los restos sobrevivientes de una curiosa religión 


  Forough Farrokhzad,

lunes, 25 de noviembre de 2013

David Gilmour


Jesus Lizano, mamìferos

Yo veo mamíferos.
Mamíferos con nombres extrañísimos.
Han olvidado que son mamíferos
y se creen obispos, fontaneros,
lecheros, diputados. ¿Diputados?
Yo veo mamíferos.
Policías, médicos, conserjes,
profesores, sastres, cantautores.
¿Cantautores?
Yo veo mamíferos…
Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores
¡Aparejadores!
¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero!
Miembros, sí, miembros, se creen miembros
del comité central, del colegio oficial de médicos…
académicos, reyes, coroneles.
Yo veo mamíferos.
Actrices, putas, asistentas, secretarias,
directoras, lesbianas, puericultoras…
La verdad, yo veo mamíferos.
Nadie ve mamíferos,
nadie, al parecer, recuerda que es mamífero.
¿Seré yo el último mamífero?
Demócratas, comunistas, ajedrecistas,
periodistas, soldados, campesinos.
Yo veo mamíferos.
Marqueses, ejecutivos, socios,
italianos, ingleses, catalanes.
¿Catalanes?
Yo veo mamíferos.
Cristianos, musulmanes, coptos,
inspectores, técnicos, benedictinos,
empresarios, cajeros, cosmonautas…
Yo veo mamíferos.
Jesus Lisano

Julio Cortàzar , narrativa

“Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo escribo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesitaba saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es su orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas.
Julio Cortàzar 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Dario Sztajnszrajber,( mentira la verdad) ( la Identidad )


Pescado Rabioso ( es mi espiritù que da mil vueltas)


Sam Shepard ( cada vez que oia pasar un avion)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.
A mí me parecía muy extraño que un hombre que amaba tanto el cielo pudiera amar también la tierra.
Sam Shepard 

Hugo Vera Miranda, recuerdo el tiempo

Recuerdo el tiempo cuando podía hacer el sexo
con un palo de luz.
Con un tonel. Con un semáforo.
Con la cuadratura del círculo.
¿Y ahora? Nada. Cada vez me vuelvo más exigente.
A medida que pasa el tiempo, me vuelvo más exigente.
La quiero así y asá. De cinco metros.
Modelo. Actriz. Ganadora del Nobel de Literatura.
Trabajando en la NASA. Me he vuelto exquisito,
me he vuelto un puto cabrón exquisito.
Ya no voy detrás de una poeta cualquiera.
De la más linda del pueblo. De la Señora Tetas Grandes.
De la Señorita Caderas Angostas.
Mis exigencias han crecido.
A medida que mis exigencias han crecido,
me veo más y más disminuido.
Viejo, hecho mierda. Será por eso
que no debo gastar pólvora en pajaritos.
Quiero algo grande. Algo magnífico. Tirar a matar.
Una de cinco metros. Modelo. Actriz.
Ganadora del Nobel de Literatura.
Trabajando en la NASA. Eso espero.
Lo espero sentado. Fumando. Tomando whisky.
Quedándome dormido mientras miro
un documental sobre asesinos seriales.
Hugo Vera Miranda

este poema fue extraìdo de : inmaculada decepciòn

sábado, 23 de noviembre de 2013

Radiohead ( fuegos artificiales y huracanes )


Onetti (homenaje a Onetti )




Cristina Peri Rossi, el arte de amar


 Y contándote historias
y diciéndote versos
me fui enamorando

de manera que las historias que te contaba
tejían una fina red
en torno a mí
en torno a ti

y los versos de otros que repetía
eran como las notas
de una antigua y nueva melodía

ya sabes, mi amor,
cuáles son los efectos de las músicas,
ya sabes, mi amor,
cuáles son los efectos de los sons
de las dulces e y las cálidas a

contándote historias
y dicéndote versos
me fui enamorando

y al cabo no supe
no supe bien
si me había enamorado de vos
de mí
o de la música

de ti de mí y de la historia del pulpo
que cambia de sexo

la historia del charcutero que salva al niño judío

la historia de la bomba que cayó y mató a todos
salvo al gato

la historia de la leona que amamantó a una gacela
y la del cuervo que no supo volar

y contándote historias volví a enamorarme
de las mujeres a las que antes amé

y diciéndote versos comuse melodías

de modo que ahora cuando digo que te amo
no sé bien a quién se lo digo

solo que tú me escuchas

y quizás
también me amas

porque te cuento historias,
porque te cito versos.

Fito Paez, ( En Buenos Aires, todo vuela...)



En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes,
en la esquina, inventan una solución.
En Buenos Aires todo vuela, la alegría,
la anarquía, la bondad, la desesperación.
Y Buenos Aires es un bicho que camina,
ensortijado entre los sueños y la confusión.
En Buenos Aires descubrí que el día
hace la guerra, la noche el amor.
En Buenos Aires leo, fumo, toco el piano
y me emborracho solo en una habitación.
En Buenos Aires casi todo ya ha pasado
de generación en degeneración.
Y Buenos Aires come todo lo que encuentra
como todo buen Narciso, nadie como yo.
Pero el espejo le devuelve una mirada
de misterio, de terror y de fascinación.
Buenos Aires, buenos aires,
buenos aires para vos.
En Buenos Aires toca Charly en un biloche
planetario, es alto y voluptuoso.
En Buenos Aires llega un punto en que ya
nada
vale nada y todo vale nada.
En Buenos Aires nos acechan los fantasmas
del pasado y cada tango es una confesión.
Cuando en el mundo ya no quede nada,
en Buenos Aires la imaginación.
Es una playa macedónica tan cierta
y tan absurda viven Borges, Dios y el rock and
roll.
En Buenos Aires viven muertos, muertos viven
y no quiero más tanta resignación.
Yo quiero un barrio bien canalla, bien sutil
y bien despierto, supersexy,
quiero una oración
que nos ayude a descorrer el velo
y que termine la desolación.
Buenos Aires, malos tiempos
para hacerte una canción.
En Buenos Aires los amigos acarician
y los enemigos tiran a matar.
En Buenos Aires, San Martín y Santa Evita
montan una agencia de publicidad.
En Buenos Aires, la política... que falta
de respeto, que atropello a la razón.
En Buenos Aires, el fantasma de la ópera
camina solo por Constitución.
En Buenos Aires tengo más de lo que quiero
pero lo que quiero nadie me lo da.
En Buenos Aires hay un Falcon pesadilla
en el museo de cera de la atrocidad.
En Buenos Aires falta guita pero sobran
corazones condenados a latir.
En Buenos Aires amanezco, resucito,
me defiendo a gritos, quiero ser feliz.
En Buenos Aires cuando hablamos de la luna
solo hay una: la del Luna Park.
En Buenos Aires he perdido mil batallas
pero hay una guerra que pienso ganar.
Buenos Aires.
En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes,
en la esquina, inventan una solución.
(cuando en el mundo ya no quede nada)
en Buenos Aires todo vuela, la alegría,
la anarquía, la bondad, la desesperación.
Todas las noches sale el sol
todos los días vuelve el sol.

Julio Cortàzar, After such pleasures


Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.


Julio Cortàzar 

Ernesto Sàbato, el tùnel ( fragmento)

"Miraba por la ventanilla, mientras el tren corría hacia Buenos Aires. Pasamos cerca de un rancho; una mujer, debajo del alero, miró el tren. Se me ocurrió un pensamiento estúpido: “A esta mujer la veo por primera y última vez. No volveré a verla en mi vida.” Mi pensamiento flotaba como un corcho en un río desconocido. Siguió por un momento flotando cerca de esa mujer bajo el alero. ¿Qué me importaba esa mujer? Pero no podía dejar de pensar que había existido un instante para mí y que nunca más volvería a existir: desde mi punto de vista era como si hubiera muerto: un pequeño retraso del tren, un llamado desde el interior del rancho, y esa mujer no habría existido nunca en mi vida."

E Sàbato 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Morphine,





Vinicius de Moraes


Fuera de mí, en el espacio, errante,
la música doliente de un vals;
en mí, profundamente en mi ser,
la música doliente de tu cuerpo;
y en todo, viviendo el instante de todas las cosas,
la música de la noche iluminada.
El ritmo de tu cuerpo en mi cuerpo...
El giro suave del vals lejano, indeciso...
Mis ojos bebiendo tus ojos, tu rostro.
Y el deseo de llorar que viene de todas las cosas.


Vinicius de Moraes 

Juan Rulfo , La noche que lo dejaron solo (fragmento)

"-¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?
-Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.

Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. Pero de eso se acordaría después, al día siguiente.

Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche.

"Es mejor que esté oscuro. Así no nos verán." También habían dicho eso, un poco antes, o quizá la noche anterior. No se acordaba. El sueño le nublaba el pensamiento.

Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su espalda, donde llevaba terciados los rifles.

Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. Al comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía balanceando su cabeza dormida.

Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba.

Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que habían venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: "De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al menos hubiéramos dormido de día". Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos -dijeron-. Y eso sería lo peor.

-¿Lo peor para quién?

Ahora el sueño le hacía hablar. "Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar. Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr. Puede darse el caso."

Juan Rulfo
(Fragmento de "La Noche que lo dejaron solo".

jueves, 21 de noviembre de 2013

U2 ( eres un accidente esperando suceder )


Martìn Santos, tiempo de silencio, ( fragmento)

...ella misma pegada, golpeada, una noche, otra noche, pegada con la mano, con el puño, con una vara, con un alambre largo, pegada por él cuando su mueca se contraía más de prisa por efecto del alcohol, pegada, pegada, pero sin sentirlo casi porque la comida antigua y la comida nueva, la comida que es casi como tierra que ella come y que ha buscado por los estercoleros, la ha ido poniendo redonda, hinchada en la menguada extensión que media de su pie pequeño a su moño ya menos alto, arrebujada, sucia, bajo las telas que no despega de su piel, puede sentir los golpes y adivinar por su ritmo la proximidad del momento en que el alfeñique caerá a su lado y roncará sin que el dolor pueda significar para ella otra cosa que medida del tiempo que la separa del reposo y no dolor verdadero dolor como el que pueda sentir quien sea persona, sino sólo señal de la proximidad de su marido, de que es de noche, de que éste ha podido traer dinero hoy y que por eso ha bebido y por tanto, si ha habido suerte y no ha bebido todo, mañana podrán comer, pero no dolor como cosa que molesta o hiere, sino sólo señal de su proximidad
 Martìn Santos

José María Parreño, geografìa

Los hombres sabios aman los ríos profundos,
Los hombres generosos aman las altas montañas.
Ignorante, egoísta,
Amo la minúscula corriente de su sangre,
Su pecho casi llano.


 José María Parreño

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Dario Sztajnszrajber, mentira la verdad ( la verdad )


Charlie Parker, Sumertime


Jack Kerouac, Charlie Parker

Charlie Parker se parecía a un Buda.
Charlie Parker que murió hace poco mientras se reía con un
juglar de la TV,
luego de semanas de tensión y enfermedad,
fue llamado el músico perfecto
y la expresión en su rostro
era tan serena, hermosa y profunda
como la imagen de Buda
que se ve en el Oriente; los ojos entrecerrados,
la expresión que dice: todo está bien.
Eso era lo que decía Charlie Parker cuando tocaba:
todo está bien.
Uno tenía la sensación de la mañana temprana
como la dicha de un ermitaño
o como el grito de una pandilla frenética en una “jam session”
¡Wail! ¡Wap!
Charlie reventaba sus pulmones para alcanzar la velocidad
que sus fanáticos deseaban
y su eterno arrastrarse era lo que ellos querían.
Un gran músico
y un gran creador de formas
que finalmente encuentran expresión
en más y lo que quieras.
Aunque musicalmente tan importante como Beethoven
no era considerado como tal
un gentil director de orquestas de cuerdas
frente a los cuales él se erguía orgulloso y calmo
como un conductor de música en la histórica gran noche
mundial
y hacía sollozar a su pequeño saxofón
el alto
con claro y desgarrador lamento
en perfecto todo y brillante armonía
¡Tut!
Los oyentes reaccionaban
sin demostrarlo
y comenzaban a hablar
y pronto todo el tugurio se balancea y habla
y todos hablan;
y Charlie Parker
silbándoles hasta el borde de la eternidad
con su irlandés St. Patrick Patootlestick
Y como en las nieblas sagradas
Pataleamos y chapoteamos
En las aguas de la matanza y la carne blanca;
Y morimos
Una tras otra
En el Tiempo.
Y qué tierna historia es
cuando se la oye contar a charlie parker
sea en disco o en sessions
o en reuniones oficiales en clubes
(inyecciones en el brazo para la billetera).
Jubilosamente soplaba la corneta perfecta
de todos modos no importaba nada…
Charlie Parker perdóname.
Perdóname por no responder ante tus ojos.
Por no haber hecho una demostración
de lo que eres capaz de inventar.
Charlie Parker ruega por mí.
Ruega por mí y por todos.
En los Nirvanas de tu cerebro
donde te escondes-
indulgente y enorme-
ya no Charlie Parker
sino el impronunciable Nombre secreto
que lleva aparejado
desde aquí hasta el este o el oeste
un premio sin medida.
Charlie Parker:
aleja la perdición de mí
…y de todos.

Ambrose Bierce , aceite de perro

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. “Después de todo”, me dije, “no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente”. En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.