N. KAZANTZAKIS, Prefacio de la Ultima tentacion de Cristo
La doble sustancia de Cristo siempre fue para mí un misterio profundo eimpenetrable: el deseo apasionado de los hombres, tan humano, tan sobrehumano,de llegar hasta Dios o, más exactamente, de retornar a Dios para identificarse conél. Esta nostalgia, a la vez tan misteriosa y tan real, ha abierto en mí hondasheridas y también fluyentes y profundos manantiales.Desde mi juventud, mi angustia primera, la fuente de todas mis alegrías yamarguras ha sido ésta: la lucha incesante e implacable entre la carne y el espíritu.Llevo en mí las fuerzas tenebrosas del Maligno, antiguas, tan viejas como elhombre y aun más viejas que éste; llevo en mí las fuerzas luminosas de Dios,antiguas, tan viejas como el hombre y más viejas que éste. Y mi alma es el campode batalla donde se enfrentaban ambos ejércitos.La angustia ha sido abrumadora. Amaba mi cuerpo y no deseaba que se perdiera;amaba mi alma y no quería verla envilecida. He luchado para reconciliar estas dosfuerzas cósmicas antagónicas, para hacerles comprender que no son enemigas sinoque, por el contrario, están asociadas, de manera que pueden reconciliarse deforma armoniosa, y de este modo yo podré, reconciliarme con ellas.Todo hombre participa de la divina naturaleza, tanto en su carne como en suespíritu. Por ello el misterio de Cristo no es sólo el misterio de un culto particular,sino que alcanza a todos los hombres. En cada hombre estalla la lucha entre Diosy el hombre, inseparable del deseo de reconciliación. Casi siempre esta lucha esinconsciente y dura poco, pues un alma débil carece de fuerzas para resistir porlargo tiempo a la carne; el alma pierde entonces levedad, acaba por transformarseen carne y la lucha toca a su fin. Pero en los hombres responsables, quemantienen día y noche los ojos fijos en el Deber supremo, tal lucha entre la carne yel espíritu estalla sin misericordia y puede perdurar hasta la muerte.Cuanto más potentes son el alma y la carne, más fecunda es la lucha y más rica laarmonía final. Dios no ama las almas débiles ni los cuerpos sin consistencia. Elespíritu ansia luchar con una carne potente, llena de resistencia. Es un avecarnívora que nunca deja de tener hambre, que devora la carne y la hacedesaparecer asimilándosela.Lucha entre la carne y el espíritu, rebelión y resistencia, reconciliación y sumisión,y, en suma, lo que constituye el fin supremo de la lucha, es decir, la unión conDios; tal es la ascensión seguida por Cristo, el cual nos invita a seguirle marchandotras las huellas sangrientas de sus pasos.Este es el Deber supremo del hombre que lucha: alcanzar el elevado pináculo queCristo, el primogénito de la salvación, coronó. ¿Cómo podemos iniciar el ascenso?.Para poder seguirle es preciso que poseamos un conocimiento profundo de sulucha, que vivamos su angustia, que sepamos cómo venció las celadas floridas de latierra, cómo sacrificó las pequeñas y las grandes alegrías del hombre y cómoascendió, de sacrificio en sacrificio, de hazaña en hazaña, hasta la cima de sumartirio: la Cruz.Jamás seguí con tanto terror su marcha sangrienta hacia el Gólgota, jamás viví contanta intensidad, con tanta comprensión y amor, la Vida y la Pasión de Cristo comodurante los días y las noches en que escribí La última tentación. Mientras escribíaesta confesión de la angustia y de la gran esperanza de la humanidad, estaba tanemocionado que mis ojos se arrasaban de lágrimas. Jamás había sentido caergota a gota la sangre de Cristo en mi corazón con tanta dulzura, con tanto dolor.Porque para ascender a la cima del sacrificio, a la Cruz, a la cima de lainmaterialidad, a Dios, Cristo pasó por todas las pruebas que debe pasar el hombreque lucha. Esta es la razón por la cual su sufrimiento nos resulta tan familiar, ypor la que su victoria final se nos antoja nuestra propia victoria futura. Esta partede la naturaleza de Cristo, tan profundamente humana, nos ayuda a comprenderlo,a amarlo y a seguir su Pasión como si se tratara de nuestra propia pasión. Si noposeyera dentro de él el calor de este elemento humano, jamás podría conmovernuestro corazón con tanta seguridad y ternura, jamás podría convertirse en unmodelo para nuestra vida. Luchamos, lo vemos luchar como nosotros y cobramosvalor. Vemos que nos encontramos solos en el mundo y que él, sea como fuere,lucha a nuestro lado.Cada instante de la vida de Cristo es una lucha y una victoria. Triunfó delirresistible encanto de las sencillas alegrías humanas, triunfó de la tentación;transformó incesantemente la carne en espíritu y continuó su ascensión; llegó a lacima del Gólgota, subió a la Cruz.Pero ni siquiera aquí acabó su combate. En la Cruz le esperaba otra tentación, laúltima tentación. Como en un relámpago, el espíritu del Maligno desplegó ante losojos desfallecientes del Crucificado la engañosa visión de una vida apacible ydichosa: había seguido —así creyó— el sendero suave y fácil del hombre; se habíacasado, había tenido hijos, los hombres lo amaban y respetaban; y ahora, ya viejo,estaba sentado a la puerta de su casa, recordaba las pasiones de su juventud ysonreía satisfecho. ¡Qué bien había procedido! ¡Qué sabiduría haber seguido elsendero del hombre y qué insensatez era querer salvar el mundo! ¡Qué alegríahaber escapado a las tribulaciones, al martirio y a la Cruz!Esta fue la última tentación que durante los segundos de un relámpago turbó losinstantes finales del Salvador. Pero bruscamente Jesús sacudió la cabeza, abriólos ojos. Vio: no, no era un traidor, ¡alabado sea Dios!, no había desertado, habíacumplido la misión que Dios le había confiado. No se había casado, no había vividodichoso, había llegado a la cima del sacrificio: estaba clavado en la Cruz.Cerró los ojos, satisfecho. Entonces se oyó el grito triunfal: ¡Todo se haconsumado! Es decir, terminé mi misión, fui crucificado, no sucumbí a la tentación.Escribí este libro para ofrecer un ejemplo supremo al hombre que lucha, paramostrarle que no debe temer el sufrimiento, la tentación ni la muerte, porque todoello puede ser vencido y ya ha sido vencido. Cristo sufrió, y desde entonces elsufrimiento quedó santificado; la Tentación luchó hasta el último instante paraextraviarlo, y la Tentación fue vencida. Cristo murió en la Cruz, y en ese mismoinstante la muerte fue por siempre vencida.Cada obstáculo interpuesto en su marcha se transformaba en hito y ocasión defutura victoria. Ante nosotros tenemos ahora un ejemplo que nos abre el camino ynos infunde valor.Este libro no es una biografía, sino la confesión de todos los hombres que luchan.Al escribirlo, cumplí con mi deber. El deber de un hombre que luchó mucho, quese ha sentido muy atormentado en su vida y que ha esperado mucho.Estoy seguro de que todo hombre libre que lea este libro rebosante de amor amarámás que nunca, más intensamente que nunca, a Cristo. N. KAZANTZAKIS para los que quieran leer la novela: grupos.emagister.com/documento/nikos_kazantzakis__la_ultima_tentacion_de_cristo/1038-92678
Excelente libro. Sólo las mentes maduras pueden entenderlo sin caer en fanatismos. Saludos desde Venezuela
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