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sábado, 11 de diciembre de 2010

Eduardo Galeano, el diablo es pobre

Se relamen mientras usted come, espían mientras usted duerme: los pobres acechan. En cada uno se esconde un delincuente, quizás un terrorista.
Los bienes de pocos sufren la amenaza de los males de muchos. Nada de nuevo. Así ha sido desde que dueños de todo no consiguen dormir y los dueños de nada no consiguen comer.
Sometidas a un acoso de miles de años, las islas de la decencia están acorraladas por los turbulentos mares de la mala vida. Ruge el oleaje, que obliga a vivir en alarma perpetua. En las ciudades de nuestro tiempo, inmensas cárceles que encierran a los prisioneros del miedo, las fortalezas dicen ser casas y las armaduras simulan ser trajes.
Estado de sitio. No se distraiga, no baje la guardia, no se confíe: usted está estadísticamente marcado, y a la corta o a la larga tendrá que sufrir algún asalto, secuestro, violación o crimen.
En los barrios malditos esperan, agazapados, mordiendo envidias, tragando rencores, los autores de su próxima desgracia. Son vagonetas, pelagatos, borrachos, drogadictos, carne de cárcel o bala, gentes sin dientes, ni camino, ni destino.
Nadie los aplaude, pero estos ladrones de gallinas hacen lo que pueden imitando, modestamente, a los maestros que enseñan al mundo las fórmulas del éxito. Nadie los comprende, pero ellos aspiran a ser ciudadanos ejemplares, como esos héroes de nuestro tiempo que violan la tierra, envenenan el aire y el agua, estrangulan salarios, asesinan empleos y secuestran países
Eduardo Galeano

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