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domingo, 24 de febrero de 2013

Tom Yorke, Lo que sè

Si vas a ser vegetariano, realmente te tienen que gustar las lentejas. Si no, estás jodido.
Todas las paredes son fantásticas mientras el techo no se caiga.
Mi padre siempre me enseñó a esperar que alguien viniera en la curva por el carril incorrecto de la ruta, directo hacia mí. Siempre tenía que asumir que ésa iba a ser la situación. Trataba de enseñarme a ser muy desconfiado de la gente –a no confiar–. Creo que lo llevó demasiado lejos cuando era chico. Eso es algo que tuve que desaprender.
Es mucho más fácil confiar en la gente hasta que te prueban que estás equivocado.
Empecé a cantar porque no pude encontrar a ningún otro. Todos a los que se lo pedí eran unos malditos idiotas.
Cuando empezamos a ser soporte de R.E.M eran shows en los que a veces la gente pedía sólo pollo para la cena y eso medio me jodió la cabeza.
Estuve mucho en el hospital cuando era chico porque nací con el ojo izquierdo cerrado y tuvieron que sacarme músculo del culo para armar un párpado que se abriera. Así que pasé cuatro o cinco operaciones, desde muy joven. Creo que empecé a protestar cuando cumplí 5 años. “Mirá, tenés que hacerlo –dijeron mis padres–. Si vas, te compramos lo que quieras, ¿sí? ¿Qué querés de regalo?.” Y les pedí un enterito rojo. Y me compraron un enterito rojo y me fui contento al hospital inclusive sabiendo que iba a estar bajo anestesia general, despertarme y vomitar por todos lados. Amaba ese enterito rojo. Lo usé hasta que me quedó demasiado chico y resultaba ridículo.
El respeto es, cuando uno está teniendo una discusión política con alguien, justo antes de decirle fascista, dar un paso atrás y preguntarse cómo puede ser que haya llegado a ese punto de completa ignorancia y estupidez.
Cuando era estudiante, el banco solía cortarme la tarjeta de crédito todo el tiempo. Mis cheques se la pasaban rebotando. Siempre estaba llamando por teléfono al banco. Fue muy satisfactorio, después de firmar un contrato discográfico, ir al banco y pagar toda mi deuda. El banquero vino del otro lado del mostrador a darme la mano y lo mandé a la mierda. ¿Cómo reaccionó? Creo que estaba acostumbrado.
Cada vez que voy al cajero automático y me pregunta cuánto dinero quiero, pienso, “todo el que me pueda dar”.
Me voy a la librería del pueblo, compro tres o cuatro libros de poesía, me siento en un café y leo un rato. Es como estirar los músculos antes de entrenar.
Mi abuelo venía a nuestra casa en el campo, agarraba una de las bicicletas y desaparecía. Venía cuando oscurecía y no teníamos idea de adónde había ido. Si se encontraba con alguien, le preguntaba dónde quedaba el mejor nightclub. Hizo eso hasta que cumplió noventa años.
Ya no me siento decepcionado. Pero siento la presión del tiempo que pasa.
Los chicos te enseñan a alegrarte, lo que me vino muy bien porque yo no era muy alegre en ese tiempo. Para mi humor fueron una bendición.
Creo que lo que enferma a la gente muchas veces es la creencia de que los pensamientos son concretos y de que uno es responsable por ellos. Cuando la verdad, por lo menos lo veo así, los pensamientos son lo que el viento sopla dentro de la mente.
Al público le cuesta mucho relajarse las noches de lunes.
Hay que construir vacíos en la vida. Pausas. Pausas reales.
Conseguir todo lo que uno quiere no tiene nada que ver con nada.
Si saliera a tocar solamente los hits, me sentiría muy distinto respecto de muchas cosas. Pero estamos tocando cosas buenas, y algunas son muy difíciles de tocar, la verdad. La idea de que veinte mil personas vienen a escucharnos tocar música que es bastante demencial y que ciertamente no pasan por la radio... Eso es algo bueno. Tocamos en Phoenix y Ed y yo salimos del escenario y nos quedamos mirándonos, asombrados. No lo podíamos creer.
No puedo imaginarme en veinte años porque estoy muy en el aquí y ahora.
*Estas son las respuestas que Thom Yorke, el líder Radiohead, dio a la revista norteamericana Esquire para su extraordinaria sección “Lo que sé”.

este texto fue extraìdo del diaro Pàgina 12, suplemento radar del domingo 24 de febrero 2013

martes, 22 de mayo de 2012

Lo que sè, por Maurice Sendak


Yo no escribo para chicos. Yo escribo. Y alguien más dice: “Esto es para chicos”.
Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.
Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.
El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.
Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.
Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.
No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años ‘50, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los ‘50.
Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.
Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.
Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.
No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.
Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.
Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.
No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Mellvile, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Mellvile es, para mí, un dios.
Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.
Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.
La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.
La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.
La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.
Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Pensá en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.
Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Eramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.
Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.
Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.

Maurice Sendak fue uno de los autores más extraordinarios en pintar el paisaje emocional de la infancia: sus libros, en general considerados para niños por unir de manera muy sintética e imaginativa sus dibujos y las palabras, saben llevar a ese lugar al que sólo puede ir la inteligencia de un chico, donde lo terrorífico, la inocencia y el amor bailan una danza juguetona y macabra a la vez. Hace un par de años, Spike Jonze adaptó impecablemente para el cine su clásico Donde viven los monstruos, de 1963.

* este artìculo fue publicado en el dìario pàgina 12 del domingo 13 de mayo 2012

lunes, 5 de marzo de 2012

Morrisey, lo que sè

Soy capaz de ver el lado bueno. Sólo que no lo hago con mucha frecuencia.
Estoy en el negocio de la música porque implica comunicarse con la gente sin necesidad de llamar a nadie por teléfono.
Pienso que es peligroso intentar darle al público lo que quiere. Creo que es más interesante darle a la gente algo que no quiere.
Es importante para los artistas, músicos y cantantes de mi generación hacer algo diferente. Y no hacerse fotografiar en un backstage con Yoko Ono y Art Garfunkel. Cosas así. Es muy importante que no caigan en las trampas usuales del rock n’ roll.
El reggae para mí es la música más racista del mundo. Es la absoluta glorificación de la supremacía negra.
Cuando empecé con The Smiths era muy importante que yo dejara de ser ese horrible, estúpido y torpe Steven. Mi nombre verdadero, mi identidad previa. Steven tenía que ser encerrado en una caja y puesto sobre un armario. Necesitaba sentirme diferente y en vez de adoptar un nombre de estrella pop, erradiqué a Steven lo que me parecía que tenía sentido. Y de repente fui una persona muy diferente. Ahora, cuando me encuentro con gente que conozco desde antes de The Smiths que me llama Steven me siento y me pregunto de qué están hablando. Siempre odié el nombre Steven, aunque que se escribiera con “v” y no con “ph” lo hacía apenas más tolerable. Pero era muy importante que Steven fuera ahogado de todas maneras.
La vida podría ser colorida si tuviera un problema con la bebida.
Lo más de sentido común que podemos hacer por el futuro es intentar preservar el pasado hasta donde sea posible.
No soy especialmente paranoico pero la gente severamente normal me pone paranoico. Porque pueden ejercer ese poder. Es difícil salir porque incluso si no le gustás a la gente o no quiere hablar con vos, igual te miran con curiosidad desvergonzada. Que te miren fijo constantemente es una gran carga. No soy una persona increíblemente glamorosa que valga la pena mirar.
Sufro mucha intolerancia. Mucha gente me tiene celos –muchos artistas están celosos de mí. Porque aunque no soy tolerado por los grandes medios, a los otros artistas justamente les molesta eso.
Comer carne está al mismo nivel que el abuso infantil. Es lo mismo. Los animales son como niños, nos buscan para que les demos su protección y deberíamos protegerlos. Creo que los animales necesitan toda la ayuda que puedan tener porque no tienen derechos. No tienen protección. Buscan a los humanos para protección y son llevados a mataderos, que para mí es igual a la idea de llevar niños a un matadero. No hay diferencia. Es un mundo muy cruel.
Creo que todo se fue a la mierda el momento en que McDonalds obtuvo la licencia para invadir Inglaterra. Para mí fue una acción de guerra y no entiendo por qué no se usaron las tropas. La americanización de Inglaterra es una enfermedad terminal. Creo que Inglaterra debe ser inglesa y los norteamericanos deberían arruinar su propio país.
Para mí la familia real no es Inglaterra, no es la bandera. La reina es la epítome del dictador. Y es una dictadura. El pueblo británico está obligado a aceptarla. Y si el pueblo británico decide mañana que la reina se debe ir, la reina no dudaría en pasarle por encima con sus tanques. Sucedería de verdad. Porque la policía tiene el deber de proteger a la reina en contra del pueblo inglés. Esa es su misión. Yo encuentro esto absolutamente absurdo.
No soy un anarquista, soy una persona muy callada y compuesta. Pero la verdad, ¿no es llamativo que nadie en la música pop se atreva a hacer una declaración social? Y hay una masiva estupidización en Inglaterra ahora, que imita a la que sufrió Estados Unidos en los ’90, donde todo quedaba intelectualmente reducido. Es prevalente en la televisión, donde sólo pueden expresarse puntos de vista convencionales. Todo el que tenga otro punto de vista es censurado.
El pelo largo es una ofensa que debería ser penalizada con la muerte.
Tengo una gran capacidad de encontrarme vagamente ridículo. No pretendo ser un profeta, por Dios. Creo que todos tenemos que sentarnos, mirarnos al espejo y pensar, ¿qué es esta monstruosidad absurda?
Me siento muy cómodo en tres o cuatro lugares. Cuando el mundo era un lugar más pequeño, Manchester era mi límite. Pero es un alivio sentirse relajado en más lugares. Conozco Los Angeles muy bien, pero es un estado policial. Frecuento Roma y cierta parte de Suiza. Y conozco Londres muy bien.
Creo que soy realista. Mucha gente que no me entiende me considera pesimista. Pero no es pesimismo para nada. Si fuera un pesimista no me levantaría, no me afeitaría, no vería Batman a las 7 de la mañana. Los pesimistas no hacen cosas como esas.
Es difícil ser un hombre. No sé por qué. Creo que es más fácil ser una mujer. El movimiento de mujeres ha sido tan exitoso, el movimiento de hombres nunca ha sido aceptado. Creo que nadie lo quiere, que es rechazado. Creo que la expectativa de que los hombres sean estoicos y fuertes es tan enorme que finalmente deciden que esa es la manera atractiva de ser. Hay mucho más en la vida que ser macho, una palabra tan horrible, algo de lo que di cuenta desde muy chico.
No tengo relaciones. Está fuera de cuestión. En parte porque siempre me sentí atraído por hombres y mujeres que nunca se sintieron atraídos por mí. Y nunca me sentí atraído por hombres o mujeres que gustaran de mí. Eso es un problema. Nunca encontré a la persona adecuada.
Siempre pensé que mis genitales eran el resultado de una broma cruel.


Stephen Patrick Morrissey, ex líder de The Smiths, finaliza esta noche en Buenos Aires una gira por Argentina, que incluyó Mendoza, Córdoba y Rosario. Estas declaraciones fueron extraídas de diversas entrevistas.


esta nota fue publicada en el suplemento radar de pàgina 12 del domingo 4 de marzo de 2012

domingo, 26 de junio de 2011

Peter Falk, lo que sè

Cuando tenía tres años me mandaban a uno de esos jardines maternales en el Bronx, porque mi madre estaba trabajando en el local de mi padre y no había nadie en casa para cuidarme. Un día mi maestra llamó a mi madre y le dijo que tenía que hacerme examinar los ojos, porque estaba moviendo siempre la cabeza hacia un lado cuando trataba de mirar algo. Así que mi madre me llevó al médico, que me revisó y encontró una cosa maligna en el ojo derecho. Se llevó a mi madre aparte y le dijo que me lo tenían que sacar de inmediato. Uno o días después me internaron en el hospital. Recuerdo estar parado frente a las puertas abiertas de un ascensor del hospital con mi madre y el médico. No estaba seguro de lo que me estaba pasando. De pronto mi madre me dijo: “Subí al ascensor, hijo. Yo tengo que volver a tu habitación a buscar mi cartera”. Entonces el médico me tomó de la mano y entramos al ascensor. Recuerdo que le dije: “Espere un minuto, mi madre fue a buscar su cartera; enseguida viene”. Lo siguiente que supe, estaba dormido, y ya había pasado todo.
Al principio usé un parche, pero cuando me hice más grande me dieron un ojo de vidrio. Los ojos de vidrio no son como los de plástico, mucho más prácticos, que salieron poco después. Cuando hace calor, el ojo de vidrio tiende a pegarse. Recuerdo que me dijeron que todas las noches debía ponerlo en un vaso con agua. A veces lo hacía, y a veces, de descuidado, lo dejaba sobre mi mesa de luz nomás. Con el tiempo, el ojo de vidrio se empieza a rayar, y hay que reemplazarlo si no querés que parezca que tenés una terrible resaca.
Cuando el ejército me rechazó por mi ojo de vidrio -estaba llegando a su fin la Segunda Guerra- me alisté en la marina, donde trabajé como cocinero y mensajero. Ahí parece que no les importa si sos ciego o no.
Un año en el agua fue suficiente para mí, así que volví a la universidad. No me quedé demasiado. ¿Qué podía hacer después? Me alisté para ir a Israel a pelear la guerra con Egipto. Lo único que quería era más excitación. De cualquier modo, la guerra -para sorpresa de todos se había terminado en un abrir y cerrar de ojos.
Llega un momento en tu vida en que te das cuenta de que a nadie le importa un carajo si tenés un ojo o dos. Me ayudó un poco practicar deportes con los muchachos.
Recibido con un título en Administración Pública, conseguí un trabajo en el Departamento del Tesoro de Hartford, Connecticut, como un experto en eficiencia. Era tan experto en eficiencia que mi primer día de trabajo no podía encontrar el edificio en el que tenía que presentarme. Irónicamente, fue mi tendencia a llegar tarde me inició como actor profesional.
Cuando le dije a mi padre “Voy a convertirme en actor”, me preguntó: “¿Te vas a pintar la cara y quedar como un boludo el resto de tu vida?”. Le contesté: así es. El me tendió la mano y me dijo: Buena suerte.
Cuando filmábamos con Capra Milagro por un día (1961), una vez nos hizo volver a filmar una escena aunque ya había gritado “corte” y “se imprime”, lo que indicaba que la escena estaba terminada. Cuando le pregunté por qué quería hacer otra toma, se río y nos dijo que le había gustado tanto la escena que quería vernos hacerla de nuevo. ¿Qué tal eso como apoyo del director?
Soy un judío de Virgo, lo que significa que soy un meticuloso obsesivo. Me han acusado de perfeccionismo. Cuando el jefe de los estudios Universal, Lew Wasserman, dijo “Falk es un perfeccionista”, no sé si lo hizo por afecto o porque yo le parecía un rompehuevos monumental.
Eva La Gallienne era una mujer formidable, pero tenía muy poca paciencia para las excusas en su grupo de actuación. Una noche llegué tarde a una clase, me miró y me dijo: “¿Joven, por qué siempre llega tarde?”. Le dije que porque había tenido que manejar desde Hartford. Así que miró hacia abajo y preguntó: “¿Y qué hace en Hartford? No hay teatros ahí. ¿Cómo hace para vivir de la actuación?” Tuve que confesarle que no era un actor profesional. Me miró fijo y me dijo: “Bueno, debería serlo”. Esa es todo lo que un aspirante a actor necesita escuchar.
En una puesta del Don Juan de Molière que hicimos en el Off Broadway, pasaron varios directores, el último de los cuales era un director de Método, del Actors’ Studio, que nos dijo: “El problema con esta obra es que todo el mundo está posando. Tienen que dejar de actuar y decir las líneas sin más. Sin acento. Si los agarro actuando, los despido.”
A mediados de los ‘50 mi agente y yo tuvimos una entrevista con Harry Cohn en Columbia Pictures. A Cohn no lo convencía. Dijo algo que al principio no entendí: Joven, estoy preocupado por tu deficiencia. Yo no entendía. Tras un par de indirectas más, lo puso en palabras: “Tu ojo, joven, tu ojo. Me preocupa tu ojo. Señor Falk, por el mismo precio puedo conseguir un actor con dos ojos.”
La industria del entretenimiento está llena de gente extraordinariamente talentosa, pero los verdaderos, genuinos originales, son muy pocos. Cassavetes era uno. El introdujo un nuevo estándar de espontaneidad en la actuación que no se había visto nunca antes. Creo que la gente no sabe el maravilloso camarógrafo que era John: se ponía la máquina al hombro y se movía como un pez en el agua. Y creo que no aprecian el hecho de que era un director no político, ni ideológico, sin agenda. A John le interesaba mayormente la gente y el comportamiento.
Creo que lo que John quería en el set era evitar que pensaras. Quería reacciones emocionales espontáneas. Creo que no confiaba en el pensamiento.
A mi mujer le encantan las fiestas. Yo las odio y odio vestirme. Cuando era joven pensaba que la única razón para ir a una fiesta era levantarse chicas. Pero una vez que te casaste, no sé para qué sirven. Prefiero quedarme en casa y practicar mi hobby: dibujar mujeres desnudas, en carbonilla. Las dibujo con su pelo para arriba. Tengo un número de mujeres que posan para mi cada vez que las llamo. Aprecio la forma femenina. El cuerpo humano es una cosa fantástica. No puedo dibujar paisajes ni botes. A veces me obsesiono y dibujo 12 o 13 horas seguidas. Shera se lo toma con muy buen humor. No sé cómo se siente acerca de mis modelos, pero en cuanto a mi trabajo me dice: ¿no irás a traer esa porquería a la casa, no?
Me gusta dibujar, la idea de trabajar totalmente solo, solo vos y una modelo, en silencio. El mundo se ha vuelto muy ruidoso. Tengo dos momentos de concentración en mi vida. Uno es cuando el camarero describe los “especiales”, porque es muy difícil oírlo, y porque lo que describe es algo que no existía cuando yo era chico. ¡Las combinaciones son tan complejas! ¡Y el salón es tan ruidoso! El otro momento de concentración es cuando trato de capturar la actitud y la forma de una mujer desnuda o semidesnuda. Es tan satisfactorio tratar de dibujar eso. Y voy a mencionar lo que Michelangelo de dijo al Papa. Cuando el Papa felicitó a Michelangelo por la Capilla Sixtina, la respuesta de Michelangelo fue: “Está todo en el dibujo. El resto lo consigo meándole encima.”
Me crié en Ossining, Nueva York, pero llevo mil años viviendo en Los Angeles y nunca me sentí cómodo. La primera vez que vi Beverly Hills pensé que lo habían armado esa misma mañana. Tenés que empacar agua para ir hasta la farmacia. Así que creo que vivo en una especie de limbo.
A los 70 me sentía más viejo que cualquier persona a la que conocía. Todos mis perros estaba muertos. Media docena de gatos, periquitos... todo se había ido. Probablemente también cada mujer con la que me acosté, excepto mi esposa. Pero cuando me preguntan cómo me siento por haber envejecido, y si los 70 me sorprendieron, digo que no, no me sorprende. ¿Qué imaginabas que iba a pasar? Según lo veo yo, es la mejor de las dos alternativas.
 Peter Falk 
esta nota fue publicada en el dìario Pàgina 12 del dia domingo 26 de junio 20011 en el suplemento radar 

sábado, 18 de junio de 2011

Lo que sè, Jorge Semprum



No soy un auténtico español, ni un auténtico francés; no soy un escritor, ni soy un político. Soy sólo un superviviente de Buchenwald.
He visto cómo algunos de mis compañeros en el campo se extinguían poco a poco. A las cuatro de la mañana suena la sirena. Ha pasado la noche. Te levantas, vas al baño, te lavas con agua fría. Después ves al camarada que desde hace seis meses duerme a tres filas de distancia. Lo observas, y su mirada ha cambiado durante la noche: mira como un musulmán. Yo sobreviví. Por casualidad. Era fuerte y bastante resistente. Llegué al límite de la extenuación, pero me quedé a este lado. Unos meses más y no sé qué habría sido de mí.
Sobreviví, entre otras razones, por la curiosidad natural de los veinte años. Por la curiosidad de saber qué universo era ése, kafkiano, complicado, con leyes no escritas, pero absurdamente imperativas. La curiosidad es la condición de supervivencia que tanto subraya Primo Levi.
La escritura y los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. Si no se apoderan ellos de la memoria de los campos de concentración, si no la hacen revivir y sobrevivir mediante su imaginación creadora, se apagará con los últimos testigos, dejará de ser un recuerdo en carne y hueso de la experiencia de la muerte.
En español hay un hermoso verbo que no existe en francés: ensimismarse, entrar en sí mismo. Ortega y Gasset desarrolló toda una teoría al respecto: quien no es capaz de estar consigo mismo, no puede comunicarse con su entorno. En mí eso puede durar veinte segundos, puede ser una cadena de asociaciones que aparece de repente. Puede estar provocada por un recuerdo triste o un miedo repentino. Y entonces me pierdo. No es inquietante recluirse en sí mismo. Esa capacidad, incluso, me ayudó a soportar el campo de concentración.
Hago hacer a mis personajes cosas que yo no pude hacer, pero que podría haber hecho y que podrían haber sucedido. También cosas que me habría gustado vivir. Modifico lo vivido, lo prolongo, escribiéndolo. Coloreo una realidad que apenas era un boceto. ¿Esto es novelesco o un recuerdo? No lo sé, se confunde.
Durante veinte años he intentado ser comunista. Pero no de salón: comunista en lo práctico y en lo teórico, con cargos de responsabilidad, no para presumir de haber estado en los salones de Louis Aragon. Luego, gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo eso. No traicionarlo sino destruirlo, en el sentido de dejar de ser un buen comunista para ser un demócrata y un anticapitalista radical.
El capitalismo vive en la crisis y se nutre de la crisis. Las aprovecha para seguir desarrollándose. Ninguna manifestación ni ninguna revolución podrá eliminarlo. Eso sólo podría conseguirlo el propio capitalismo.
La sociedad europea, incluso la mundial, necesita de la izquierda. Las organizaciones y las ideas tradicionales de la izquierda están agotadas, es claro. Pero la posición de izquierda es una necesidad moral, política, casi me atrevería a decir ontológica. Ser de izquierda es para mí el conocimiento de que la sociedad es digna y capaz de mejorar, y la apasionada voluntad de llevar a la práctica ese conocimiento. No se puede cimentar una sociedad exclusivamente sobre la libertad de los consumidores.
Hay que considerar el reformismo una revolución permanente. No es un juego de palabras.
Creemos que la democracia está arraigada en nuestro entorno. Pero si repasamos la historia del siglo XX, vemos que la democracia es algo combatido a diestra y siniestra como el enemigo principal. Y hoy tiene problemas nuevos. La democracia es frágil, capituladora. Se salvó de milagro en Europa.
El amor, es decir, el esforzarse por un diálogo, es más bien cosa de mujeres; los hombres están más bien a solas consigo mismos.
El mal no desaparecerá mientras haya humanidad. El mal es una de las posibilidades que le da al hombre el ser libre, es un subproducto de la libertad humana. Mientras el hombre sea libre, también será libre para hacer el mal. Esta es, para mí, una certeza metafísica.
Yo creo que hay valores por los cuales hay que dar la vida, y la libertad es uno de ellos. Si no arriesgamos la vida por la libertad, seremos esclavos. Si ningún pueblo, sociedad, grupo, minoría, hubiera arriesgado la vida por la libertad, la justicia o la fraternidad, seguiríamos en una sociedad esclavista o no habríamos salido del despotismo oriental.
A mi vida sólo la puedo contar yo. Quizá diga esto por vanidad, orgullo o engreimiento. Pero así es: sólo puedo escribirla yo.
El tiempo transcurre mucho más deprisa cuando eres viejo. Y no me queda mucho. Cuando tienes veinte años y crees que sólo tienes cinco por delante, es casi toda una vida. A mi edad, cinco años no son nada. Y por otro lado, hoy ya no veo los signos de la muerte. Esto genera inseguridad. Antes me encontré con la muerte y pude evitarla. En Madrid, por ejemplo, cuando acudía a una cita, tenía a veces la sensación: podría ocurrir ahora, te va a echar el guante. Ahora la muerte ya no se me muestra. Esa puta se ha enmascarado. Se ha hecho invisible.

Jorge Semprún nació en Madrid en 1923, se exilió con la Guerra Civil y formó parte de la Resistencia francesa hasta que fue detenido por la Gestapo y deportado al campo de Buchenwald, donde sobrevivió dos años hasta la liberación. Militó clandestinamente en España en el Partido Comunista hasta que fue expulsado, en 1964. Por entonces comenzó su carrera literaria. El largo viaje, La escritura o la vida, La montaña blanca, son algunos títulos de entre la veintena de libros que escribió, originalmente en francés. Fue, además, ministro de Cultura de Felipe González y guionista cinematográfico de Resnais y Costa-Gravas, entre otros. Murió el martes pasado en París, a los 87 años.
Las citas están tomadas de diversas entrevistas y artículos, así como de Lealtad y traición, la biografía de Franziska Augstein (Tusquets).

-*este artìculo fue publicado por el suplemento radar de pàgina 12 el domingo 12 de Junio de 2011

domingo, 1 de mayo de 2011

Lo que sè , por David Bowie


Con un traje, hay que usar siempre zapatos ingleses. No hay nada peor que esos delicados trabajos italianos al final de la raya del pantalón.
Hay que enfrentar un cadáver al menos una vez. La ausencia absoluta de vida es uno de los enfrentamientos más perturbadores y desafiantes que se puede tener.
Cuando no sé cómo terminar la letra de una canción, siempre apelo a mi último recurso: una falta de lógica abrumadora.
Lester Bangs, el feroz crítico de rock de los ‘70, ofreció su mayor elogio a una banda diciendo: “Me hacen sentir como un soberano hijo de puta del infierno”. En ese momento me di cuenta de que vivíamos en planetas diferentes.

No espero que la raza humana progrese en demasiadas áreas. De todos modos, cuando uno tiene un chico con una infección en el oído, se siente profundamente agradecido por la existencia de los antibióticos.
Siempre lamenté no haber podido hablar abiertamente con mis padres, especialmente con mi padre. Escuché y leí tantas cosas acerca de mi familia que ya no puedo creer en ninguna; cada familiar al que le pregunto me da una versión diferente. Siento que tengo media docena de historias familiares.
La fama puede tomar a hombres interesantes y vertir la mediocridad sobre ellos.
De no haber aprendido a ser músico y escritor, nada de lo que hubiese hecho me habría importado.
Nunca conocí a mucha gente dentro del rock. Llegaba a un lugar, un club o algo así, veía a todos esos rockeros famosos charlando y recuerdo sentirme completamente ajeno a eso. A veces lo lamento.
Estoy asombrado por el universo, pero no por eso creo en una inteligencia o agente detrás. Tengo una pasión por el aspecto visual de los ritos religiosos, aunque puedan estar vacíos y carentes de todo sentido. El incienso es poderoso y provocativo, ya sea budista o cristiano.
Lo deprimente de esta época es que preguntas como “¿Tenía razón Nietzsche con respecto a Dios?” se han transformado en “¿Cuán grande era su pija?”.
Hay que hacer lo mejor de cada momento. No estamos evolucionando. No estamos yendo a ningún lado.
Nunca sos quien pensás que sos. En algún momento de los ‘80, una señora mayor se me acercó y me dijo: “Señor Elton, ¿no me daría un autógrafo?”. Le dije que yo no era Elton John sino David Bowie. Me dijo: “Ay, menos mal. Nunca aguanté el pelo rojo y todo ese maquillaje que él usa”.
Nunca son quienes pensás que son. La primera vez que viajé a Estados Unidos, en 1971, mi guía neoyorquina me dijo un día que la Velvet Underground iba a tocar esa noche en el Electric Circus. Yo era su fan número 1 en Inglaterra, creo. Llegué temprano y me ubiqué en primera fila, sobre el borde del escenario. El show fue increíble, y me aseguré de que Lou Reed notara que yo era un verdadero fan cantando todas las canciones. Después del recital, me moví hacia el costado del escenario, donde estaba la puerta que daba a los camarines. Golpeé, y un miembro de la banda me abrió. Después de derramar algunos elogios, le pregunté si podía hablar unas palabras con Lou. Pareció confundido, pero me pidió que esperara un segundo. Instantes después, apareció Lou, y nos sentamos y hablamos sobre componer canciones unos diez minutos. Salí del club flotando en una nube: había alcanzado una ambición adolescente. Al día siguiente le conté a mi guía lo alucinante que había sido ver a los Velvet en vivo y conocer a Lou Reed. Me miró de un modo muy gracioso durante un segundo y después estalló en una carcajada. “Lou dejó la banda hace un tiempo”, me dijo. “Estuviste hablando con su reemplazante: Doug Yule.”
Siempre me confundió que me llamaran el camaleón del rock. ¿Acaso los camaleones no gastan cantidades tremendas de energía para ser indistinguibles de su entorno?
No confíes en nada excepto en tu propia experiencia.

esta nota fue publicada por el dìario pàgina 12 el domingo 12 de diciembre del 2004