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viernes, 12 de octubre de 2012

Pablo Neruda, las palabras (12 de octubre)

Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan.
Me posterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo todas las palabras. Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen…

Vocablos amados. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras…
Son tan hermosas que las quiero poner en mi poema. Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces, las revuelvo, las agito, me las bebo, las trituro, las libero, las emperejilo…
Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola.
Todo está en la palabra. Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se colocó dentro de una frase que no la esperaba…
Tienen sombra, transparencia, peso, plumas. Tienen todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas. Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada…
Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, tabaco negro, oro, maíz con un apetito voraz.
Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… Pero a los conquistadores se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí, resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… salimos ganando. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se llevaron mucho y nos dejaron mucho…
Nos dejaron las palabras.

jueves, 11 de octubre de 2012

The Beatles , (porque el cielo es azul)


Pablo Ramos, Historia del cuento por que el cielo es azul

Historia del cuento:

El cuento se me ocurrió hace mucho tiempo, tal vez cuando yo tenía 21 años, más o menos, y ni soñaba con ser escritor (sí soñaba con cuentos que escribía en mi cabeza y listo). En aquel tiempo había sido padre y trabajaba más de quince horas por día. Me salvaba escuchar música. Estaba obsesionado con este tema de Los Beatles, había transcripto la partitura y lo tocabatdo el tiempo, buscaba y busco aún una similitud con pasajes de Beethowen. Estaba maravillado, también, con esa manera de expresar la angustia leve, la tristeza casi imperceptible pero tan mía (pensaba yo en aquellos tiempos) que me producela belleza: la conciencia de la belleza, es lo que quiero decir.
Pero no se me ocurrió el cuento como cuento, se me ocurrió como situación.
algo así; "Qué bueno sería si alguien, luego de un malentendido doloroso, saliera del paso por la tangente, y que esa tangente fuera hablar de “Because“ de Los Beatles. Pensé que el final de mi historia sería: “Qué tontería esa, que tontería más grande”. Tenía que ser genial. ¿Por qué? Porque iba a impactar exactamente al revés en el lector. El lector iba a sentir: “No, te equivocaste hermano, ¿no lo ves? no hay cosa en el mundo más importante que esta, qué lejos que está todo esto de ser una tontería”.
Mucho tiempo después lo escribí. Pero cometí un error de principiante distraído, un error que nunca saltó en el taller, porque no era de principiante-principiante, sino que era de Ramos principiante de Ramos. O sea, cuando aún no tenía claro lo que busco en una historia. Y escribí el cuento y le puse ese final… pero la frase la decía él. ¡Qué estúpido! El, que sabía inglés; él, que sabía lo que eso era y que había ido ahí a perturbar a alguien casi porque sí, alguien a priori más humilde, más vulnerable. El día que me di cuenta de que Ella era quien tenía que decir eso, llamé por teléfono a Inés Gardland y salté de acá para allá en una pata. Era ESO, lo que yo buscaba, lo que iba a buscar de ahí en más, todos los días de mi vida: más de eso, más de lo mismo.
Parece una tontería ¿no?

El cuento:

—Es así —me dice de espaldas, con la cabeza metida en la pileta de la cocina, mientras

termina de enjuagarse el pelo—, ni te das cuenta de que el tiempo pasa.
Se hace un turbante con la toalla, se da vuelta, toma el mate de arriba de la mesada y
chupa de la bombilla hasta que el ruido le avisa que debe volver a cebar. Ceba otro, me lo
da y soy cuidadoso de no tocarle la mano, de no romper el hechizo sin el cual, tal vez, no
habría llegado nunca hasta su casa.

—Qué vergüenza, agarrarme justo cuando me lavaba el pelo —me dice—. Con la que

me veo a veces es con la santiagueña. ¿Te acordás de la santiagueña? Andaba con el Turco.
¿Qué se habrá hecho del Turco?

Se sienta. Supongo que mientras habla de cosas sin importancia trata de encontrar al

pibe que debo haber sido hace más de quince años. Seguro piensa que algo debe quedar:
una señal, un resto de luz oculto en alguna parte. O puede simplemente que esté tratando
de acomodarse, de amortiguar el impacto de mi visita. Yo estoy sentado y sigo sin saber
cómo llegué hasta acá. Cómo fue que esta tarde me subí al tren, recorrí las cuadras desde
la estación hasta su casa con un paquete defacturas, golpeé la puerta —después de tantos
años— y le dije que venía a tomar unos mates.

Tiene un vestido floreado y suelto, humedecido en el escote, con botones en el frente

y completamente abrochado. Está nerviosa. Sentada en la otra punta de la mesa no ha parado
un instante de hablar, y ahora se inclina hacia delante y busca una factura en el paquete
abierto. Puedo ver la forma de sus pechos porque la luz que entra por la ventana le vuelve
trasparente el vestido. Pienso que pudo haber sido mi madre, que en una época deseé que
fuera mi madre y hasta se lo dije.

—Madre Teresa —digo. Pero ella no escucha, o hace que no escucha.


—Mirá que seguís siendo loco, eh —dice.


Después me pregunta qué bicho me picó, por dónde anduve. Querrá saber qué fue de la vida de un chico de catorce años quevpensaba que una puta era una especie de diosavdel Olimpo.


—El tiempo vuela —dice—. Queríasvser músico y doctor. No tenés cara de ningunavde las dos cosas. Querías ser chulo también.vCómo me hacías reír, ¿te acordás? Siempre fuiste tan gracioso.


—Me casé. Me separé —digo—. Tengo un hijo que se llama Alejandro.


Ahora me pasa la pava para que yo cebe. Vuelco un poco de yerba sobre un costado del papel de las facturas y acomodo la bombilla. En silencio, la miro frotarse la cabeza con la toalla. Sacudir el pelo rubio para los dos lados, peinarse con la mano abriendo los dedos para formar una peineta. Teresa hace estas cosas con una energía desmedida, como si los movimientos bruscos la ayudaran a pensar

mejor, a concebir la pregunta que contenga todos los interrogantes que le deben estar pasando
por la mente. Se detiene. Suspira con un dejo de cansancio y se para.

—Estarás necesitando mujer —dice.

Yo pienso que debería irme. No sé a que vine pero seguro que no a humillarme, ni a
humillarla a ella. De golpe me siento asustado, me siento triste.

—Me voy al sur; a laburarla de verdad, sabés —digo.


Teresa recorta el pedazo de papel donde el poquito de yerba húmeda hizo una aureola

verde, envuelve la yerba, va hasta el cesto de basura que está cerca de la pileta y la tira.

—Contame algo del pibe, che. ¿Alejandro dijiste que se llama? Contame, ¿se parece a

vos?

—Es igual a la madre —digo, y el silencio de ella debe tener que ver con el tono suave

de mi voz, con las palabras comunes y corrientes que acabo de pronunciar. Tal vez ya se dio
cuenta de que siento desprecio por mí, por mi manera mezquina de pensar, de relacionarme
con el mundo; porque soy incapaz de confiar, de no sentir que el otro oculta siempre intenciones
secretas que no se atreve a sacar a la luz.

—Vos eras hermoso, sabés —dice Teresa—, me refiero a lo que eras, a la persona que eras, a las cosas que decías.


Se acerca por detrás, me rodea el cuello con los brazos y me pasa las manos por el pecho. Se apoya contra mi espalda, me tira el cuerpo encima. Me quedo sentado. La siento

alejarse y giro sobre la silla. Está desabrochándose el vestido. No rápidamente, tampoco con una lentitud que deje espacio a alguna duda. Está por desprender el último botón y yo temo que ese solo acto logre entristecer el mundo para siempre. No digo nada y ella debe interpretar mal ese silencio. Se lleva las manos a la cintura y, abriéndose el vestido, me deja ver sus pechos desnudos, una bombacha ajustada y negra, sus piernas todavía hermosas. Ahí está Teresa y ahí se queda ahora, parada cerca
de mí, ofreciéndose, un fantasma en la penumbra.

—Teresa —digo.


No quiero mirar su cuerpo y busco sus ojos cuando el sol, desde atrás del paredón del baldío de enfrente, colorea la cocina de un naranja irreal, ilumina su pelo húmedo que huele a champú de manzanas, su cara de polaca, de judía, una mueca feroz bajo los delicados rasgos de su nariz. Yo sigo inmóvil, con losbrazos caídos a los costados. Ella desvía definitivamentela mirada.


—¿Te acordás del disco que me regalaste?


—Se ha dado vuelta; se está cerrando el vestido.


—¿Te acordás o no? —dice de espaldas—.Todavía lo tengo, en un sobre. Fue cuando empezaste con el inglés. Estabas meta traducir canciones. A veces quiero acordarme. Es como tener una espina, esto de no poder acordarse.


Se mete en la pieza y, lo sé, está juntando fuerzas para poder mirarme a la cara cuando vuelva. No puedo dejar de reconocer su oficio en eso. Ahora sale, con un sobre, con el disco simple adentro, la mirada clavada en el aire.


—Hablaba de alguien que lloraba por una tontería —dice—, me acuerdo de eso: un

tipo que lloraba por una gran tontería.

—Porque el cielo es azul me hace llorar —digo.


—Eso, sí, ¿qué alivio es acordarse, no? Porque el cielo es azul, me hace llorar —dice

    Teresa—. Qué tipo más raro. Qué tontería más grande.
*este cuento fue tomado del blog del Maestro Pablo Ramos:http://laarquitecturadelamentira.blogspot.com.ar/ 

Olga Orozco, para hacer un talisman

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.

Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco
cuadro Giorgio De Chirico

Chocolate Genius, Julia


Silvina Ocampo, envejecer

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se ol

vida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.

Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.

Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.

Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Silvina Ocampo 

Georges Bataille, Madame Edwarda (fragmento)



En medio de un enjambre de muchachas, desnuda Madame Edwarda sacaba la lengua. Ella era, para mi gusto, encantadora. La elegí: ella se sentó cerca de mí. Apenas tuve tiempo de responder al mozo: tomé a Edwarda que se abandonó: nuestras bocas se juntaron en un beso enfermo. La sala estaba abarrotada de hombres y de mujeres y tal fue el desierto donde el juego se prolongó. Un instante su mano se deslizó, y yo me quebré de pronto como un vidrio, y temblé en mis pantalones; sentí a Madame Edwarda, de quien mis manos contenían las nalgas, ella misma al mismo tiempo desgarrada; y en sus ojos más grandes, dados vueltas, el terror, en su garganta un largo estrangulamiento. Me acordé que había deseado ser infame o, más bien, que hubiera sido necesario, de toda fuerza, que eso ocurriera. Adivinaba risas a través del tumulto de las voces, las luces, el humo. Pero nada contaba ya. Apreté a Edwarda en mis brazos, ella me sonrió: enseguida, transido, volví a sentir en mí un nuevo choque, una suerte de silencio cayó sobre mí de lo alto y me heló. Era elevado en un vuelo de ángeles, que no tenían cuerpos ni cabezas, hechos de deslizamientos de alas, pero era simple: me volví desgraciado y me sentí abandonado como lo estás en presencia de Dios. Era peor y más loco que la embriaguez. Y ante todo sentí una tristeza ante la idea de que esta grandeza, que caía sobre mí, me robaba los placeres que yo contaba con Edwarda. Me encontré absurdo: Edwarda y yo habíamos cambiado dos palabras. Experimenté un instante de gran malestar. No hubiera podido decir nada de mi estado: ¡en el tumulto y las luces, la noche caía sobre mí! Quise atropellar la mesa, tirarlo todo: la mesa estaba empotrada, fijada en el suelo. Un hombre no pudo soportar nada más cómico. Todo había desaparecido, la sala y Madame Edwarda. Sólo la noche..