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jueves, 11 de octubre de 2012

Silvina Ocampo, envejecer

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se ol

vida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.

Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.

Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.

Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Silvina Ocampo 

viernes, 29 de julio de 2011

Silvina Ocampo





"Escribo para que otros amen lo que yo también amo. Escribo para no olvidarme del amor y de la amistad, de la sabiduría y del arte. Escribo para cambiar el destino, para que la vida prevalezca. Pero sobre todo escribo para no tener que hablar."
Silvina Ocampo

jueves, 28 de julio de 2011

Silvina Ocampo, èl para otra





Esperaba verlo pero no inmediatamente, porque hubiera sido demasiado grande
mi perturbación. Siempre postergaba nuestro encuentro, por algún motivo que
él entendía o no. Un simple pretexto para no verlo o para verlo otro día. Y así
pasaron los años, sin que el tiempo se hiciera sentir, salvo en la piel de la cara,
en la forma de las rodillas, del cuello, del mentón, de las piernas, en la
inflexión de la voz, en el modo de caminar, de escuchar, de colocar una mano
en la mejilla, de repetir una frase, en el énfasis, en la impaciencia, en lo que
nadie se fija, en el talón que aumenta de volumen, en las comisuras de los
labios, en el iris de los ojos, en las pupilas, en los brazos, en la oreja
escondida detrás del pelo, en el pelo, en las uñas, en el codo, ¡ay, en el codo!,
en la manera de decir ¿qué tal? o realmente o puede ser o ¿a qué horas? o no
le conozco. No, Brahms no, Beethoven, bueno, algunos libros. El silencio, que
era más importante que la presencia, tejía sus intrigas.


Ningún encuentro, que no fuera totalmente absurdo, se producía: un montón de
paquetes me cubría y él, comiendo pan y empuñando una botella de vino y una
de Coca-cola, pretendía estrecharme la mano. Invariablemente alguien 
tropezaba y el adiós resultaba anterior al ¿qué tal?. El teléfono llamaba,
equivocado siempre, pero la respiración de alguien correspondía exactamente a
su respiración, y surgían entonces, en la oscuridad del cuarto, los ojos de él,
en el color aparecía el timbre de aquella voz sin fondo, una voz que la
comunicaba con el desierto o con algunas ramificaciones de un río que corre
entre las piedras sin llegar jamás a su desembocadura, un río cuyo nacimiento,
en las más altas montañas, atraía a los pumas o a los fotógrafos que venían
de muy lejos a ver esas maravillas. Me agradaba ver a personas parecidas a él.
Algunas que tenían mirada casi idéntica, si entrecerraban los ojos; o un modo
de cerrar totalmente los párpados, como si algo doliera.

Me agradaba también hablar con personas que solían hablar con él o que lo
conocían mucho o que irían a verlo en esos días. Pero ya el tiempo corría, como
un tren que tiene que llegar a destino, cuando el guarda golpea la puerta del
pasajero que está durmiendo o anuncia la estación próxima, el término del
viaje. Teníamos que encontrarnos. Tan acostumbrados a no vernos estábamos
que no nos vimos. Aunque no estoy segura de no haberlo visto, siquiera por la
ventana. En aquella luz tenebrosa de la tarde, sentí que algo me faltaba.

Pasé frente a un espejo y me busqué. No vi dentro del espejo sino el armario
del cuarto y la estatua de una Diana Cazadora que jamás había visto en ese
lugar. Era un espejo que fingía ser un espejo, como yo inútilmente fingía ser
yo misma.

Entonces sintió miedo de que se abriera la puerta y que él apareciera en 
cualquier momento y que terminaran las postergaciones que mantenían vivo su
amor. Se echó al suelo sobre la rosa de una alfombra y esperó, esperó a que
dejara de sonar el timbre de la puerta de la calle, esperó, esperó y esperó.
Esperó que se fuera la última luz del día, entonces abrió la puerta y entró el
que no esperaba. Se tomaron de la mano. Se echaron sobre la rosa de la
alfombra, rodaron como una rueda, unidos por otro deseo, por otros brazos,
por otros ojos, por otros suspiros. Fue en ese momento cuando la alfombra
empezó a volar silenciosamente sobre la ciudad, de calle en calle, de barrio en
barrio, de plaza en plaza, hasta que llegó a los confines del horizonte, donde
empezaba el río, en una playa árida, donde crecían las totoras y volaban las
cigüeñas. Amaneció lentamente, tan lentamente que no advirtieron el día ni
la falta de noche, ni la falta de amor, ni la falta de todo por lo que habían
vivido esperando ese momento. Se perdieron en la imaginación de un olvido
-él para otra, para otro ella- y se reconciliaron.
Silvina Ocampo
foto: Sonya Jach  

viernes, 8 de julio de 2011

Silvina Ocampo, Anamnesis

Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante, un organismo con memoria, una sensibilidad, una presciencia infatigables.

Preparada desde la más tierna infancia para el contagio absorbe gérmenes y contaminaciones a velocidades incontrolables. Mejor sería no hablarle de incestos.

Un rencor ancestral duerme, más bien, vela, en sus entrañas. Séquitos de materias inalienables cuyos orígenes oscuros se desconocen hacen abortar sus mejores planes. No puede abrir un cajón para buscar un lápiz violeta. ¿Por qué violeta?.

Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho.

Si interrogo extrañado: —¿Violetas? —protesta. —No. No son violetas.

Si insisto en preguntarle: —Entonces ¿por qué dice que son violetas?.

Responde: —Son como si fueran violetas.

No puede tapar el pomo de la pasta de dientes, ni recordar la fecha del cumpleaños de una persona que ofende el olvido. Cualquier pluma la mortifica severamente salvo las del pavo real que colecciona y guarda en una enorme caja de bombones. El incumplimiento variado de sucesivos suicidios (saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen) modifican el esquema interior de su esqueleto.

Quien no la oyó reír no conoce la emoción de su fragilidad capilar.

Una aguja viajó por su cuerpo durante muchas horas.

Antes de llegar al pecho se detuvo: con un brillo helado cambió de rumbo y se clavó sobre la rosa artificial que sostenía en ese momento la mano delicada de mi paciente creyendo que formaba parte de la mano. Amó hasta el delirio una voz, una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos, una frase que una persona jamás llegó a decir pero que tal vez habría pensado sin expresarla con un leve suspiro pensando en otras cosas. Teme la giba de la ancianidad, el insomnio de la hipertensión en los espejos de tres cuerpos. Presiente la incongruencia de los espasmos abdominales el servilismo del riñón flotante en la epidermis de una fotografía de pasaporte, que no fue aceptada en el departamento central de policía. El pelo sufre las más extremas transformaciones: de noche sobre la almohada suena como la cuerda de un arpa.

Pasa del rosa al verde asomado a la ventana del día, eléctrico, estremece a quien lo toca. He oído decir a mi paciente que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad.

—Mi pelo tiene orejitas tiene también ojos (como la cola del pavo real).

Teme ver a una persona que desea ver con ansias; en cambio se apresura a ver a las que le son desagradables.

Como usted.

Un hombre que la mira mata a mi paciente. Un perro que la sigue la esclaviza.

Un niño que la busca la obnubila.

Un durazno maduro la hipnotiza.

Una tumbergia en flor la vuelve loca. Convendría no perturbarla. Transcribo nuestro diálogo:

—Los médicos me nutren de enfermedades numerosas para distraerme de las mías. Los caramelos sirven para esos fines: me convidan con microbios seleccionados porque me creen golosa y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo. —¿Defraudar a quién?. ¿A los caramelos o a los médicos?. A esta pregunta capciosa invariablemente contesta:

—A los caramelos porque los médicos no existen. Llego a una triste conclusión: Mi paciente es mentirosa.

Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira?. Si existe una verdad.

Mejor sería no ofrecerle caramelos sino comerlos en su presencia para despertarle el apetito. Mi paciente ama con el páncreas con el plexo solar y con la médula. Espera con la garganta y con las rodillas. Teme con las recónditas venas. Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar. Oye con los pies y las axilas (aunque mienta diciendo que es con la boca). Aborrece con las arterias y con el riñón derecho (el izquierdo lo ha donado). Arbitraria, muerde con los omóplatos, operación difícil pero posible. Ningún cromosoma es tan sutil, ninguna fístula tan corrosiva, ningún virus tan arcano como su corazón, único órgano perfectible del cuerpo.

Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados sobre almohadones de damasco amarillo. De un examen de fondo de ojo logré extraer sin modificaciones aparentes el diminuto cairel de una araña y un dije de plata minúsculo, con una figura grabada que no descifró ni pudo descifrar ninguno de mis colegas. Irritadas amebas, prestigiosos virus le anularon insustituibles años que ningún médico por competente que sea le devolvió.

Los movimientos del colon dibujaron graciosas figuras televisadas en blanco y negro parecidas al fondo del mar.

—En cada ser está el universo —exclamó con indiferencia—.

Sus excrementos olieron a jazmín cosa que no es frecuente, aunque el jazmín llegue a tener olor a excremento.

Masticó lentamente en un cerebro ilusorio los nombres propios que molestan la memoria de cualquier ser humano capaz de escribir una palabra sobre un papel de seda.

Huyó del escorbuto y del carbunclo con las alas que da el tiempo.

Huyó de la malaria en sucesivas reencarnaciones sin contar la viruela la lepra y la fiebre amarilla que buscó entre las rosas de un jardín oriental en las orillas crecientes de la putrefacción.

Y todo eso para seguir viviendo, muriendo, ignorando a veces que la voluntad del alma es una sola.

Heredó la barriga de una ninfa de bronce que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera los celos incontenibles de la cocinera por toda voz telefónica la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo la afición por los caramelos ácidos del consabido portero que le enseñó a jugar al truco a los cinco años con naipes húmedos y bolitas de vidrio la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos de urraca o de paloma a la hora de la siesta.

Heredó y esto parece una utopía el cutis de las magnolias que en los floreros daban con su perfume dolor de cabeza para el resto del día. Heredó con toda reserva el ímpetu avasallador de algunos adornos encerrados en la vitrina de una sala: un tigre de marfil rodeado por una serpiente con flores perversas.

Heredó la belleza ¡quisiera saber de quién! ella dice que la heredó de un plato sopero donde en el fondo de la sopa de tapioca, brillaba siempre Diana Cazadora.

De las consecutivas mañanas de primavera la mentira.

De un gato la entrega aparente de sí misma a cualquiera o a nadie. De Narciso en un libro de mitología amarse por sobre todas las cosas. Heredó del lebrel la elasticidad y la dulzura el color de los dientes y de la lengua y ese apetito incontenible frente a cualquier plato de carne condimentada.

Heredó el vaivén de la mecedora y del columpio de la plaza donde grabó en la madera del asiento sus iniciales.

De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse como las noches de Alcmena.

Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista como era su vocación sus articulaciones tan flojas podían desmembrarse, lo he comprobado, en pocos minutos, sin instrumentos quirúrgicos ni la habilidad técnica que ya he olvidado pero que inspiraba la admiración de mis condiscípulos.
Silvina Ocampo 
foto Édouard  Boubat 

martes, 28 de junio de 2011

Silvina Ocampo, el mal

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía." Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban. En sus delirios tenía presencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.
Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal. El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.
Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. El no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle.
Silvina Ocampo 

martes, 12 de abril de 2011

Silvina Ocampo , el arrepentido

La rama que acariciaba mi cabeza, me deleitaba cuando salía del sueño. El amor me seducía en momentos inesperados, y lo que prefería era triturar un pedazo de carne entre mis dientes y después beber agua helada entre las piedras que bajan de la vertiente. Dicen que me parezco al hambre, a la violencia, al infierno; fui feliz como un rey hasta que la conocí. Si fuera un niño estaría llorando, si fuera un santo los silicios hubieran consumido mi cuerpo, si fuera una hiena devoraría mis propias entrañas. Si fuera Dios volvería a crearla. El mundo es antiguo y no sé lo que tendría que envidiar, pero este instante es mi eternidad. Los días pasan tan lentamente que esperar la luz por la noche se vuelve intolerable, sin esperanzas. ¿Cómo es el sol? Olvido su forma, su color, la impresión que me causa. Al verlo caigo desvanecido, y luego el lento aprendizaje del día, de la luz que no sirve para iluminar algo que valga la pena me mata y me hace esperar la noche que tampoco llega y que tampoco recuerdo. ¿Qué es la noche? ¿Cómo es su faz? Caigo desvanecido cuando llega y advierto que no oculta nada en su oscuridad, ni un tesoro. A veces cuando llueve y no me preocupan ni la oscuridad ni la luz, algo que descansa más que el sueño me ocurre, me deslizo sobre el barro a una velocidad increíble, mi piel se desgarra y caigo al pie de las montañas como una piedra, con las mandíbulas cerradas, cubierto de barro y escarcha. Cuando me volvía para mirar hacia atrás a veces me faltaba una oreja, otras veces una pata o la cola, otras veces la lengua que es tan necesaria. No me lo confesaba a mí mismo. Me daba vergüenza. Me preocupaba. Tardé en darme cuenta de lo que ocurría: soy un sueño, estoy en el sueño de alguien, de un ser humano. Busqué a la persona que soñaba conmigo: era una niña dormida. De un zarpazo la maté, jugué con ella, con su vestido bordado y sus trenzas largas, atadas con nueve cintas rojas. La escondí en un lugar del bosque sobre las altas matas de pasto porque no tenía hambre. Cuando volví a buscarla ya no estaba. Mirando la luna aullé toda la noche esperando que algo me la devolviera. Sobre la tierra quedaba su olor y el gusto de su sangre. Los pájaros se burlan de mí y las hembras de mi estirpe me fastidian siguiéndome a todas horas, queriendo adivinar un secreto que no pueden comprender. Pude morir en un incendio, pero atravesé las llamas como las piedras, apenas chamuscado; pude morir despeñándome por una montaña, pero llegué al fondo de un precipicio sin una herida para relamer; pude morir en un pueblo donde entré para devorar a un hombre, pero huí entre los balazos como en los días de tormenta bajo el granizo.
Los días son monótonos, sin peligro. ¡Por qué no devoré a esa niña que soñaba conmigo! Hubiera cumplido con un deber de tigre; ya que soy inmortal, por lo menos quisiera tener una conciencia pura.
Silvina Ocampo  
pintura  E Munch 

jueves, 31 de marzo de 2011

Silvina Ocampo, la nube


Íbamos a cazar una nube. No es fácil, cualquiera lo sabe. Era una nube blanca, rodeada de pasto y de flores. Cazarla era imposible. ¿Cuál era la nube? Esto era lo difícil. Las nubes estaban en el horizonte, muy lejos; había que alcanzarlas en coche, en automóvil, en avión. ¿Pero quién dispone de un avión, de un automóvil, de un coche? Más fácil sería ir a caballo, galopando, o en bicicleta. Pero todo era imposible. Una vez llegados al horizonte, ¿qué hacíamos? Nos quedamos mirando la nube que no había cambiado de forma, aunque sus compañeras fueran bastante distintas y fáciles de confundir entre ellas. Nos quedamos mirando aquella nube hasta que cayó la noche azul, azul como el interior de uno de los juguetes, el más importante y seductor de todos; un juguete vulgar, si se quiere, pero raro. El juguete era extraño, no puedo describirlo pero se trataba de una bolsa de material plástico, que no existe en este mundo, en forma de raqueta; contenía un mar azul, tan azul que no parecía cierto como el azul de la noche. Cuando el mar se agitaba surgían otros paisajes, de países distintos. El agua que llevaba la bolsa era de mar, tal vez, y los paisajes nunca se repetían, y eran preciosos.

—Soy propietaria de la nube —dijo la más tonta de mis amigas— y es mía. Yo me quedaré hasta que desaparezca.

Lo dijo con tanta seriedad que todo el mundo la creyó.

—Nunca desaparecerá —dijo una señora cubierta de plumas, como si quisiera imitar a los indios.

—Entonces me quedaré para siempre —declaró la niña.

Y quedó para siempre en aquel lugar, que no sé muy bien dónde se encuentra. Nadie lo conoce. Se llama la Nube o se llama Descubrimiento de Otro Mundo; pero nadie sabe dónde está, ni en qué estación aparece. A veces la nube se transforma en un lecho donde cruza el cielo, un lecho rosado y mullido, que no tienen las lluvias ni los temporales, y duerme durante horas hasta que el sol la despierta y ella, ágil como una liebre, salta de su lecho y baja a la tierra; alguien la espera, alguien que no sabemos quién es. Este es el misterio que hay que descubrir. ¿Quién la espera? ¿Un joven hermoso, un perro, un animal feroz? Nunca lo sabremos. Cuando baja y aterriza, me aseguran que oye un gruñido que la asusta. ¿Una nube que gruñe? En los primeros tiempos creyó que sería la tormenta... Una tormenta nunca gruñe. Después empezó a dudar; el gruñido era acaso de una bestia antediluviana. Rápidamente optó por averiguar de dónde provenía. Lo buscó desesperadamente y olvidó los libros que tenía que revisar y recuperar porque le pertenecían, porque ella los había descubierto. Buscó a todas horas, en todas partes, olvidando lo que tenía cerca de su mano. Ya no comía, ni dormía ni descansaba. El mundo ya no era el mismo. Se arrodilló finalmente sobre el pasto e inventó una oración. Cerró los ojos y la dijo noche y día, día y noche, hasta que recuperó la quietud.

Nunca supo cuál era el animal que gruñía. ¿Un lobo, un zorro, un jaguar, un tigre? Como estaba tan cerca de las nubes, no podía distinguirlas. Vistas de cerca, las nubes eran enormes... Nunca supo cuál era la bestia, pero sí que esa bestia la mataría si no abandonaba la nube de su invención. Y ésta es la única verdad de este cuento

domingo, 12 de diciembre de 2010

Silvina Ocampo, informe del cielo y el infierno


  A  ejemplo de las grandes casa de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad. Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vestido de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos y no Dios, los creó así.
Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de tu vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos, llamada también silla de reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.
Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.
Silvina Ocampo