Translate

viernes, 19 de noviembre de 2010

Paco Urondo

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.

Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad, como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha
hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,
a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973
 
Paco Urondo

Chico Buarque

Chico Buarque, Construccion

Amó aquella vez como si fuese última,
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.
Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrima.
Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pobre arroz como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
danzó y se rió como si oyese música
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto fláccido,
y agonizó en el medio del paseo público.
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.

Amó aquella vez como si fuese el último,

besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.
Subió a la construcción como si fuese sólida,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.
Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pobre arroz como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rió como si fuese el próximo
y tropezó en el cielo cual si oyese música.
Y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en el medio del paseo náufrago.
Murió a contramano entorpeciendo el público.

Amó aquella vez como si fuese máquina,

besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes fláccidas,
Sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
Y flotó en el aire cual si fuese un príncipe,
Y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.
Chico Buarque

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Giorgio De Chirico

Paco Urondo, Muchas gracias


Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
– convengamos–, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a menos de cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
 Paco Urondo

Red Hot Chili Pepers, Californication

Rodolfo Walsh , Los oficios terrestres/ (fragmento)


Era el día siguiente al de Corpus Christi, el año 1939, cuando como es sabido el sol se alzó sin obstáculos ni interrupciones a partir de las 6.59, cosas que ellos no vieron, ni les importaba, ni resultaba creíble, porque esa luz enferma yacía desparramada sobre los campos en jirones lechosos o flotaba entre los árboles en espectros y penitentes de niebla.
En amaneceres más claros, un horizonte de vascos lecheros, negros, ágiles y vociferantes detrás de las grandes vacas y su aterida cría, se recortaba contra el cielo en los fondos del campo que la caritativa Sociedad de Damas de San José nunca se resignaba a vender -aunque cada año recibía una oferta más ventajosa- porque en su centro se alzaba alto y desnudo el edificio que ellas mismas construyeron en los años diez para el colegio de pupilos descendientes de irlandeses.
La caritativa Sociedad nos amaba, un poco abstractamente es cierto, pero eso es porque nosotros éramos muchos, indiferenciados y grises, nuestros padres anónimos y dispersos, y en fin, porque nadie sino ella pagaba por nosotros. Pero el amor existió, y de ahí que las Damas en persona vinieran a celebrar con nosotros el día del Cuerpo de Cristo, trayendo consigo al auténtico obispo Usher, que era un hombre santo, gordo y violeta, y ojalá siga siéndolo si no fue sometido contra su voluntad a una de esas raras calamidades que ocurren justamente a cada muerte de un obispo.
El obispo Usher celebró los oficios divinos y después gozamos de un día de afecto casi personal con las Damas, que se desparramaron por el edificio como una banda de cotorras alegres y parlanchínas, queriendo ver todo al mismo tiempo, acariciando tiernamente la cabeza más pelirroja o más rubia y haciendo preguntas extrañas, verbigracia quién construyó el palacio de Emania en qué siglo y qué le ocurrió finalmente a Brian Boru por rezar de espaldas al combate. Curiosidad que originó ese pintoresco pareado de Mullahy, que conocía las reglas del arte poética:
Oh Brian Boru I shit on you!
Pero estas preguntas que sólo el padre Ham podía responder, y no respondió, mientras se ponía cada vez más colorado y sus ojos perforaban su propia máscara de sonriente compromiso, disparando sobre nosotros una oscura promesa de justicia que vendría apenas las Damas dejaran de ser tan encantadoramente tontas y entrometidas, es decir mañana, queridos hijos míos. Aquellas piadosas señoras, sin embargo, no tomaron nuestra ignorancia a mal, sino como excusable condición de nuestra tierna edad. Y apenas el padre Ham restableció su prestigio demostrando que alguno de nosotros podía sumar quebrados en el pizarrón, ellas recordaron que la fiesta era de guardar, y declarándose enteramente satisfechas de nuestra educación, propusieron suspender la clase, a lo que el padre Ham accedió enseguida aunque sin apagar los fuegos de la mirada: esa pequeña peste de fastidio puesta en cada ojo. Salimos pues, vestidos de azul dominical, al patio de piedra cuyos muros crecían altos hacia el cielo, y jugamos al dinenti y la bolita bajo la mirada cariñosa de las Damas hasta que llegó la hora del almuerzo y entramos en fila al comedor donde dimos gracias al Señor por éstos tus dones y nos sentamos a las mesas de mármol.
Allí ocurrió el milagro. 
Rodolfo Walsh 
para leer el cuento completo: 
//www.taringa.net/posts/arte/871630/Los-Oficios-Terrestres_Rodolfo-Walsh-_cuento_.html