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domingo, 13 de febrero de 2011

Jorge Curinao , para More y Leòn









Yo quisiera un día de estos
encontrarme con more y león
salir a pasear por el mismo lugar
donde alguna vez
la niña más triste del mundo me miró
y volaron mariposas.

Jorge Curinao
(no se pierdan a este poeta )


Bon Iver,

Samuel Becket, (esperando a Godot, fragmento )

ESTRAGÓN.- ¡Hermoso lugar! (Se vuelve, avanza hasta la batería y mira hacia el público.) Rostros sonrientes. (Se vuelve hacia Vladimir.) Vámonos.

VLADIMIR.- No podemos.

ESTRAGÓN.- ¿Por qué?

VLADIMIR.- Esperamos a Godot.

ESTRAGÓN.- Es verdad. (Pausa.) ¿Estás seguro de que es aquí?

VLADIMIR.- ¿El qué?

ESTRAGÓN.- Donde hay que esperar.

VLADIMIR.- Dijo delante del árbol. (Miran el árbol.) ¿Ves algún otro?

ESTRAGÓN.- ¿Qué es?

VLADIMIR.- Yo diría que un sauce llorón.

ESTRAGÓN.- ¿Dónde están las hojas?

VLADIMIR.- Debe de haber muerto.

ESTRAGÓN.- Se acabó su llanto.

VLADIMIR.- A menos que no sea tiempo.

ESTRAGÓN.- ¿Y no sería más bien un arbolillo?

VLADIMIR.- Un arbusto.

ESTRAGÓN.- Un arbolillo.

VLADIMIR.- Un... (Se contiene.) ¿Qué quieres insinuar? ¿Que nos hemos equivocado de sitio?

ESTRAGÓN.- Ya tendría que estar aquí.

VLADIMIR.- No aseguró que viniera.

ESTRAGÓN.- ¿Y si no viene?

VLADIMIR.- Volveremos mañana.

ESTRAGÓN.- Y, después, pasado mañana.

VLADIMIR.- Quizá.

ESTRAGÓN.- Y así sucesivamente.

VLADIMIR.- Es decir...

ESTRAGÓN.- Hasta que venga.

VLADIMIR.- Eres inhumano.

ESTRAGÓN.- Ya vinimos ayer.

VLADIMIR.- ¡Ah, no! En eso te equivocas.

ESTRAGÓN.- ¿Qué hicimos ayer?

VLADIMIR.- ¿Que qué hicimos ayer?

ESTRAGÓN.- Sí.

VLADIMIR.- Pues, pues... (Enojándose.) Nadie como tú para no entenderse.
 Samuel Beckett 
fragmento de esperando a Godot  
pintura:  Antonio Calvo Carriòn  
blog vivencias plàsticas http://goyo-vigil.blogspot.com/search?updated-max=2011-01-19T01%3A31%3A00-08%3A00&max-results=10 

sábado, 12 de febrero de 2011

Del maestro Sabina

Joaquin Sabina: de la pàgina en cinta en el vientre de un bloc trotamundos

Yo  tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una hispano olivetti con caries, un tren con retraso,
un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,

un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,

una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cúmulo, un cirro, un strato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato,

mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero,

mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas,
el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.

Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,

una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.

Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,

al padrino que me apadrinó en la legión extranjera,
a mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante,
a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante,

al putón de mi prima Carlota y su perro salchicha,

a mi chupa de cota de mallas contra la desdicha,
mariposas que cazan en sueños los niños con granos
cuando sueñan que abrazan a Venus de Milo sin manos.

Me libré de los tontos por ciento, del cuento del bisnes,

dando clases en una academia de cantos de cisne,
con Simón de Cirene hice un tour por el monte Calvario,
¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?

Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera,

si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera,
heredé una botella de ron de un clochard moribundo,
olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.

Nunca pude cantar de un tirón

la canción de las babas del mar, del relámpago en vena,
de las lágrimas para llorar cuando valga la pena,
de la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos,
de la gota de tinta en el himno de los iracundos.

Yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.
Joaquin Sabina

Gustav Klimt

Gonzalo Rojas, los còmplices

Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso no necesita escribirse.
Gonzalo Rojas