Translate

Mostrando entradas con la etiqueta narrativa; Casciari. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa; Casciari. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2014

Hernan Casciari, El tipo aburrido de la mesa del fondo

En las fiestas de casamiento yo soy el que se queda solo, sentado a un costado de la mesa, mientras los demás bailan fingiendo que son un trencito. Yo soy ése porque en la vida hay roles que debemos cumplir. Alguien debe ser el borracho que da vergüenza ajena, y alguien tiene que ser la yegua omnipresente con el vestido rojo, y alguien tiene que ser el novio, y alguien tiene que ser la bisabuela que fuma, y alguien tiene que ser un primo que vino desde Boston especialmente a la boda. Yo soy el aburrido de la mesa del fondo. Y no me quejo.
En realidad sí me quejo, pero no en ese momento, sino cuando me llega la invitación, unas semanas antes. En general mi vida es tranquila, previsible y cómoda. También solitaria. La llegada de una invitación indeclinable a lo que sea funciona en mi cabeza como si me echaran encima una bolsa de mierda. Me tambalea cualquier invitación. Pero las que tienen que ver con una fiesta, y de casamiento, me desmoronan.
Hay personas que tenemos una enorme dependencia del futuro inmediato, que vivimos gracias a la certeza de que ocurrirán pequeñas maravillas en poco tiempo. Por ejemplo: yo sé que en menos de once meses hay un Mundial, y muchas veces me levanto de la cama sólo por eso. O porque mi hija en cualquier momento conversará conmigo. Son detalles luminosos. Tener que ir a una fiesta de casamiento dentro de dos semanas me predispone en sentido contrario. Me amarga la vida, la llena de tormenta.
No me preocupa la idea de conseguir un traje, ni de tener que hacer un regalo. Ni siquiera pienso en eso porque ya alguien lo hará por mí. Me agobia saber que tendré que estar allí esas cuatro horas. Es únicamente eso: la sensación de pánico que me produce ver tan de cerca al ser humano convertido en trencito.
Intentaré ser claro: las tres deformaciones humanas que más miedo me dan en todo el mundo son los borrachos que te agarran, la gente grande que te cuenta chistes y los parientes lejanos.
Las fiestas de casamiento son un lugar en el que, por alguna razón misteriosa, se juntan estos tópicos nefastos. Incluso tengo un tío segundo que, él solito, cumple los tres roles maléficos de ser borracho, sospecharse gracioso y llevar mi ADN, todo al mismo tiempo.
Después de días de masticar la impotencia de tener que ir, cuando finalmente llego a la fiesta toda mi angustia se desvanece. Como dije, funciono a base de futuros felices. Y una vez que estoy ahí, con un traje horrible, con una sonrisa falsa, descubro que al día siguiente todo habrá pasado y volveré a mi vida de serenidad. Eso me alivia mucho, y desarrollo mi rol con cierta dignidad apresurada.
Mi rol en los casamientos, como dije al principio, es convertirme inmediatamente en el aburrido de la fiesta. Esto consiste, principalmente, en no reírle los chistes a nadie, en no emborracharme, en no participar en las conversaciones masculinas que giran en torno a cogerse una prima de la novia, y en no bailar ni a punta de pistola. También consiste en mirar con los párpados entrecerrados los ritos que ocurren a cada hora: el vals, la liga, la torta, el ramo, el saca la mano antonio, el cuñado gracioso y la invitación a tomar merca de un tipo que en la vida diurna te parecía respetable. Yo nada. Impertérrito. Mi función consiste en fingir que no estoy allí.
Como todo el mundo sabe, cada rol tiene un antagonista. Por ejemplo: la señorita que ocupa el rol "yegua omnipresente con vestido rojo", que por lo general es una separada joven que, mires para donde mires, la ves bailando; tiene su antagonista en el tipo grande que cumple el rol de "baboso con corbata en la cabeza que se sospecha inmortal" y que está siempre con un vaso de wisky porque asegura que le ha pagado al mozo para que le sirva del bueno.
Por tanto, y al igual que en la dramaturgia clásica, hay roles pasivos y roles activos. La yegua de rojo y yo somos pasivos: estamos ahí para ser vistos y que los demás no intuyan que falta algo. Los roles activos, en cambio, están en las fiestas para ser sentidos y padecidos.
El baboso es un antagonista activo y debe molestar a la yegua. Está escrito. Su consigna secreta, su tarjetita del TEG, dice: "Ocupá seis países de Asia o cogéte a la de rojo en un ligustro". Y el baboso con corbata en la cabeza va hacia donde lo manda el instinto natural.
Yo también tengo un antagonista activo, y lo digo con pesar. Se trata de la simpaticona medio borracha que quiere sacar a bailar al aburrido. Ésa es su consigna en la fiesta. Sacarme a bailar; a toda costa.
Las chicas que cumplen el rol de "simpaticonas" no tienen ganas de bailar conmigo, ni de bailar a secas: ellas lo que quieren es convertirse en la que logró un imposible a base de simpatía. La simpaticona quiere demostrarle al mundo que yo no bailé con la yegua, ni con la novia, ni con nadie más que con ella. Y usará todas sus armas, que en general son siempre las tetas y su premeditado vaivén, para conseguirlo.
No habrá excusa válida, no habrá argumento lógico, no habrá nada que la detenga durante toda la reputísima noche. La chica que quiere sacarte a bailar es capaz de sacrificar su orgullo, es capaz de malgastar cuatro horas de su vida diciendo la palabra "dale", con tal de hacerte la vida imposible.
Debo decir, con cierta vanidad, que hasta el día de hoy ninguna simpaticona lo ha logrado. Y conste que en ocasiones simpaticona y yegua conviven dentro de un mismo cuerpo físico. Pero mi voluntad en los casamientos es de hierro; es lo que tengo. Nunca he bailado. Nunca he sonreido. Sólo he fumado como un escuerzo, he bebido cocacola y he mirado el reloj hasta que alguien me ha dicho la frase redentora: "Voy para el centro, si querés te acerco".
Otro antagonista directo de mi rol es el "denso al que todo el mundo le escapa". Este papel infame suelen desarrollarlo mucho los cuñados, los funcionarios administrativos y los maridos cornudos. Son tipos normales hasta que promedia la cena, pero se conoce que el vino tinto los desquicia. Una vez que el tipo descubre que nadie más le ríe los chistes, y que por donde él pasa se hace un hueco, ve en el fondo del salón a la única presa sentada. Soy yo. Entonces viene, se invita, y empieza.
El denso generalmente está erecto. Me cuenta chistes sexuales, me saca un cigarro del paquete, me pega palmadas amistosas. Yo aprieto los dientes y miro la hora, porque sé que falta poco para que la simpaticona vuelva a intentar llevarme al baile. Es lo que llamo, en términos científicos, "simplificación de antagonistas".
Cuando llega la simpaticona y yo le digo que no por enésima vez, el denso erecto borracho le enfoca las tetas vaivén, le dice groserías de albañil en hora punta y me la espanta. Una vez que la simpaticona se ha ido, miro al baboso como si fuéramos amigos de toda la vida y pronuncio la frase salvadora: "Esa mina está con vos, ¿viste cómo te miraba?", y entonces él también se va a buscarla, y así los dos antagonistas naturales me dejan por fin solo, con mi sufrimiento ancestral. Sé muchísimos trucos como ése.
Y también hay muchos otros roles. Y todo el mundo tiene su antagonista pasivo o activo. Y podría seguir hasta que me caiga desmayado de dolor. Pero yo creo que, en el fondo, no elegimos estos papeles secundarios, sino que nos vienen de fábrica. Incluso el rol "novio" y el rol "novia" forman parte de un staff de personajes involuntarios. Incluso el rol "discjokey". Todos.
Están allí, riendo, y ya son casi las cinco de la mañana... Siguen haciendo el trencito, beben, gritan, sospechan que se divierten. Cientos de personas oyendo una música que jamás pondrían en su propio tocadisco, bailando de una manera que no tiene gollete, brindando por cosas que no son la verdad.
Todos ellos, y yo también, estamos allí componiendo la coreografía del caos. Tenemos un mandato y lo cumplimos. A la yegua le ha tocado sacar a pasear un lomo, al consuegro le ha sido dada un chaleco enorme con reloj de oro, a los niños los han vestido idénticos y les han dicho troten alrededor de las mesas pegando alaridos, a una gorda le han dicho que llore porque no ha conseguido el ramo, a un morocho le han dicho vos poné el toque étnico, a un tarado le han propuesto que no lleve traje sino vaqueros para demostrar algo... Y a mí me dijeron andá a ese casamiento que necesitamos un aburrido; andá, sentate al fondo y pensá con resignación en quiénes somos y por qué vivimos.
Y no me quejo, porque alguien tiene que hacerlo: la vida sería un disparate si todos, absolutamente todos, fingiéramos al mismo tiempo que somos un trencito de imbéciles bailando la conga; si nadie se quedara quieto en la oscuridad, con gesto incrédulo, sintiendo fascinación por la condición humana.

Hernàn Casciari http://editorialorsai.com/blog

jueves, 6 de febrero de 2014

Hernàn Casciari, La desgracia venía en sobres papel madera

Desde los tres años de edad empecé a desarrollar una patología muy extraña, casi perversa, fruto de tic, pero no lo era. Podría excusarse como una gracia infantil, pero tampoco era eso. Me pasó durante años, y lo sufrí en silencio hasta hoy, que lo diré en público, a pesar de que todavía me causa un poco de vergüenza recordarlo: en la infancia yo arruinaba las fotos. Todas las fotos. Y nada ni nadie podían detenerme.
algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué hacía aquello. Nunca lo supe, pero tampoco era capaz de evitarlo. Lo que me ocurría podría definirse como un
Cada vez que veía a alguien a punto de hacerme una fotografía (individual o de grupo, casual o pautada) una fuerza más poderosa que cien caballos me obligaba a poner un determinado gesto histriónico. Siempre el mismo gesto, durante dolorosísimos años. En mi casa de Mercedes hay cantidad de fotos mías, que van desde que tengo uso de razón y hasta la primavera de 1978, en donde aparezco inmortalizado con esa cara de idiota. Burlándome del buen gusto y despreciando la posteridad de los álbumes familiares.
La mueca, técnicamente hablando, era un involuntario homenaje a cuatro celebridades. Un segundo antes del flash, yo inflaba las mejillas como el actor mexicano Carlos Villagrán, ponía la trompa como el cómico argentino José Marrone, y los ojos bizcos como Susana Giménez. A la vez, ladeaba un poco el cogote para la derecha, como el científico americano Stefan Hawking. El resultado era de un brutal patetismo.
Las primeras ocho o doce veces que lo hice me festejaron la gracia. Según mis estudios posteriores, comencé a desarrollar esta enfermedad en Mar del Plata, en el verano del 74. La primera foto que arruiné todavía existe, descolorida, en algún cajón de mi casa. En toda la serie de fotografías de aquellas vacaciones tengo ese gesto infame. Pero mis padres no captaron entonces la gravedad del suceso.
Al principio se reían, creyéndome un gordito extravagante. Con el tiempo le restaron importancia al asunto con una frase que usaban mucho conmigo para casi cualquier cosa:
—Dejálo, que está llamando la atención.
Sin embargo, los años y las fotos se sucedían y yo no lograba quitarme esa mueca de la cara cada vez que oía el clic de una cámara. En la intimidad de mi habitación, y aún siendo muy niño para traumatizarme por algo, yo sabía que tenía un problema grave. Los demás, en cambio, seguían pensando que aquello era normal y pasajero.
Marcos, mi abuelo materno, fue el primero en darle importancia al asunto. Durante la Navidad de 1976 llamó a mi madre aparte y le dijo que yo era un pelotudo, que había que hacer algo con urgencia, que no podía ser que me burlase de toda la familia y le arruinara, sistemáticamente, las fotos de las Fiestas y las Pascuas, y que si alguien no me encarrilaba a tiempo, yo de grande iba a terminar muy mal: o muerto apuñalado en una zanja o, lo que es peor, dijo mi abuelo tocando madera, haciendo rutinas cómicas en los programas de los hermanos Sofovich.
El regreso a casa en coche resultó ser la primera confrontación pública con mi enfermedad secreta. Mi madre, un poco cortada, me dijo que dejara de hacer monerías en las fotos. Me lo dijo con calma, pero dolorida por el sermón de su padre, al que respetaba mucho. Y sobre todo, me lo dijo como si esas muecas fuesen algo manejable para mí, como si yo, realmente, pudiese controlar el problema. Me aconsejó dejar de hacerlo, y se quedó tranquila.
En marzo del 77 comencé la escuela primaria. Yo ya no era un chico de jardín de infantes, ya no se me perdonaba todo: comenzaba a usar guardapolvos blanco, bléizer, e iba engominado al Colegio. Ya sabía leer, y ya sabía escribir. A las dos semanas de clase nos sacaron a todos al patio para hacernos la típica foto de grupo. Las maestras me colocaron en la primera fila, a la izquierda de la pizzarra negra que ponía "Primer Grado, 1977. Escuela Nº 1".

Hernàn Casciari: http://editorialorsai.com/blog/

lunes, 23 de diciembre de 2013

Hernan Caciari, Cucarachas con termòmetro

Dos veces a la semana suena el teléfono en casa, o el timbre, y del otro lado aparece un encuestador. NO. Saben minimizar las excusas y están por todas partes, mendigando quince minutos de nuestras vidas. Si un día la Tierra padeciera un conflicto químico que aniquilase todo —plantas, animales, gente— seguirían sonando los teléfonos por la mañana. El encuestador es la nueva cucaracha del mundo.
Cada vez hay más y se presentan mejor preparados. Con el tiempo, han aprendido a ser inmunes al
Quieren saber qué periódicos leemos, qué champú usamos, a qué partido político respondemos; quieren saber si hacemos deporte y, en caso afirmativo, cuál o cuáles. Desean conocer si hay niños en casa y cuántos, si tenemos televisión por cable, cuál es la última publicidad que podemos recordar. Si fuimos o somos infieles.
Más tarde los periódicos nos informan sobre los resultados de estos estudios. Es decir, la prensa nos comunica cómo somos.
Nos dicen los diarios, por ejemplo (y escojo titulares reales de este mes) que cada vez más adolescentes consumen tranquilizantes, que los chilenos piensan que las Cataratas son brasileñas, que los italianos son fogosos y las francesas liberales, que los hombres hablan más de fútbol que de mujeres, y que tres de cada cuatro españoles se fue de putas este año.
Todos los días, en la prensa, en la radio y en los informativos de la tele, hay por lo menos una afirmación categórica generada por el método de la encuesta. A razón de trescientas afirmaciones por año, nos vamos enterando cuántas veces nos masturbamos en promedio, descubrimos que nuestras esposas ya son casi tan infieles como nosotros, y averiguamos un sinfín de cuestiones sobre nuestras costumbres. ¿Todas? No señor, todas menos una.
Hay un estudio sociológico que nunca nos fue revelado, que guardan bajo siete llaves, que esconden como un diamante. Los encuestadores poseen un dato sobre nosotros, un solo dato, que jamás publicarán ni darán a conocer a los medios de comunicación. Tras cartón, es el resultado más exacto que podrían conseguir sobre una costumbre humana, porque es la única pregunta que siempre hemos respondido todos. Absolutamente todos. La pregunta, con variantes de cortesía, es ésta:
—¿Me permite usted que le haga unas preguntas?
En esa disyuntiva no hay opción para el no sabe, ni tampoco para el no contesta. No hay dudas. No existe la posibilidad de la mentira ni de la excusa. En todos los casos, los miles de millones de humanos interceptados en el último año, en cualquier parte del mundo, por teléfono o en persona, hemos dicho o hemos dicho NO. Y los encuestadores conocen los porcentajes exactos de esta tendencia.
Pasa lo mismo con los móviles callejeros de la televisión. Los informativos le ponen el micrófono a las personas y les preguntan, por ejemplo, si el sueldo les alcanza, o si son felices. Pero no explican los informativos, ni siquiera en letra pequeña sobreimpresa, que la enorme mayoría de los consultados pasa de largo, que sólo hay una minúscula porción de la humanidad que adora ponerse frente a una cámara para responder cualquier cosa, ni tampoco informan que esa raza suele llamarse, técnicamente, los imbéciles.
Es increíble, y también fascinante, que casi nadie distinga esta verdad tan sencilla en el momento de creer o descreer lo que aseguran los medidores de las costumbres humanas.
Los encuestadores conocen, sin margen de error, un guarismo exacto sobre nuestro hábito de responder. De hecho, es el único resultado que poseen sobre nosotros como conjunto absoluto. Todos los demás estudios que publican hasta el hartazgo, día a día, están limitados al pequeño grupo de gente aburrida —o que justo esta tarde estaba drogada— que ha contestado a la primera pregunta. Y estos serán, como mucho, un 11% de la población mundial (estoy dejando propina).
Ya tenemos un dato revelador, entonces. Todo lo que sabemos sobre nuestras costumbres, fobias, manías y emergencias es el resultado de los hábitos de gente aburrida o que, justo esta tarde, estaba dispersa y con ganas de conversar. Anoten esto en sus cuadernos y sigamos adelante.
Fijémonos ahora cómo cambia un enunciado cuando le agregamos esta evidencia: "Los hombres drogados hablan más de fútbol que de mujeres". O cómo se modifica el sentido de este otro titular: "Las señoras que no tienen nada que hacer a la tarde son casi tan infieles como sus esposos aburridos". E incluso de éste: "Los adolescentes que se pasan veinte minutos contestando encuestas, en lugar de hacer algo mejor con su tarde, consumen cada vez más tranquilizantes".
¿Pero qué pasa con los demás, con los que contestan siempre NO a la invitación de ser acribillados con preguntas? Son el 90% de la población mundial y poco o nada sabemos sobre sus quehaceres.
¿Qué champú usan los que no tienen tiempo para contestar boludeces? ¿Son infieles los matrimonios que no conversan por teléfono con extraños? ¿Practican deporte habitualmente aquellos que prefieren esquivar un micrófono por la calle? ¿Qué opinión tienen los tímidos y los sensatos sobre el conflicto del campo en Argentina? ¿Utilizan videojuegos violentos los jóvenes que a la hora que suena el teléfono del encuestador están en la hemeroteca estudiando? Nadie, absolutamente nadie lo sabe. Porque la enorme mayoría de la gente está en sus cosas.
Hay, además, una segunda certeza brutal, que involucra a las minorías que responde siempre, una certeza que empaña incluso los resultados parciales del grupo. Es sabido que la gente aburrida y la gente que se droga a la tarde tiende a mentir; los primeros como escape a una realidad insípida, y los otros por dispersión y anacronismo. Con esto generamos una nueva evidencia: el 96% de los que responden a encuestas, miente; a veces queriendo y otras veces sin querer.
Conseguimos así un segundo dato revelador. Todo lo que sabemos sobre nosotros como sociedad es el resultado de compilar las mentiras que dicen los drogados y los aburridos. Apunten esto también en sus cuadernos.
Vivimos dos realidades. Por una parte sabemos quiénes somos en casa, y por la otra creemos intuir qué representamos como sociedad. Pero casi nunca reconocemos, ni en el hogar ni en la calle, que nos gobiernan unos parámetros que están dictados por el absurdo y la mala interpretación.
Yo, por ejemplo, uso champú Sedal. Lo hago porque su envase dice que es el champú más usado del mundo. Sospecho se ha llegado a esta conclusión haciendo una encuesta que solamente han respondido los aburridos y los drogados. Uso, entonces, el champú que dicen usar los que no tienen nada que hacer con sus vidas. Esto puede resultar inofensivo en algunos casos, puesto que a nadie se le cae el pelo con ningún champú. Pero otras veces, no sé, salimos a la calle con dos cacerolas, convencidos de que afuera están haciendo ruido los que son como nosotros.
Deberíamos tener más presente, y sin embargo olvidamos el dato con frecuencia, que el objetivo de las encuestas es idéntico al de un termómetro: hundirse en el recto de la sociedad para conocer la temperatura de nuestras emergencias y hábitos. Pero atención. Solamente unos pocos culos sucios se prestan a una vejación tan estúpida, y las cifras del termómetro, cuando emerge, suelen estar salpicadas de mierda.
 Hernan Caciari : http://editorialorsai.com/

martes, 26 de noviembre de 2013

Hernan Casciari , el muerto que crece

Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.
Si hoy Pablo viviera posiblemente estaría casado. Era muy hermoso, tenía pestañas largas, los ojos verdes y cuando sonreía daba la impresión de que pidiera disculpas. Sin duda estaría casado... Y posiblemente sería feliz, o al menos creería ser feliz. Yo en cambio no estoy casado, nunca estuve con una mujer; esa diferencia ya habría agotado cualquier posible sobremesa, separado nuestras vidas para siempre.
Otra cosa es cierta, no seamos dramáticos: si Pablo estuviera vivo tampoco yo le dedicaría esta historia, no pensaría en él cada noche, no me angustiaría ver la foto que nos sacó el cura del campamento la noche anterior a su muerte.
Pablo murió la segunda noche del campamento. La Acción Católica nos mandaba cada tres meses a O'Higgins, un pueblo pequeño, cerca de Chacabuco, para que tuviéramos contacto con la naturaleza.
Durante el día hacíamos largas y aburridas caminatas; por la noche, largos y aburridos fogones. El cura contaba historias de terror y todos gritábamos como ardillas. A mí me gustaba ir a ese campamento únicamente para conversar con Pablo, dentro de la carpa, alumbrados con linternas, durante toda la madrugada. Sin decirlo nunca en voz alta, yo pensaba: estoy durmiendo con Pablo.
Eran pocas las veces en que podía conversar con mi amigo largamente, sin el asedio de las chicas. En la escuela él prefería dejarse halagar por la histeria femenina, o dejarse seducir por los deportes. En O'Higgins, el campamento de las mujeres estaba del otro lado del camping, y las monjas vigilaban que ellas no pasaran a nuestro sector. Las monjas eran guardaespaldas de Pablo: lo dejaban descansar de sus admiradoras secretas; lo dejaban todo para mí.
Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito personal. Yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que hay mitos grupales y mitos personales. Gardel, por ejemplo, es un mito colectivo que la muerte erige y alimenta cada día; el Che Guevara, Rimbaud: vidas tempranas que la muerte congela para siempre y hace únicas, como si no fueran también únicas las vidas de los que quedamos, como si la multiplicación de la especie no favoreciera el milagro, el cotidiano, de estar aquí, de padecer.
Gardel, Guevara, Rimbaud: mitos colectivos, mitos de grupo. Nadie pensaría en ellos si hubiesen muerto ancianos. Se piensa en ellos porque han muerto en la plenitud arrolladora, en medio del fervor, de la batalla, del amor. Pablo es, desde hace muchos años, desde su muerte, mi mito secreto, mi ídolo personal. Yo no pensaría en él si estuviese vivo, pero murió tan joven, tan cerca de mí, tan mío, que la lejanía del tiempo lo agiganta y lo convierte en mi dolor.
Y es que la muerte de las vidas jóvenes, más cuando la joven vida ha sonreído mucho y ha sido bondadosa, se convierte en una muerte frágil, más indeseada que la muerte lógica, menos asimilable. En las guerras mueren, principalmente, los jóvenes, también en los terremotos y en los bombardeos que ocurren en los colegios, pero por alguna razón las muertes colectivas tienen una jerarquía baja, son de segundo orden en la conciencia mítica.
Cuando muere más de un joven sólo importa el principal, los otros son olvidados. No solamente murió Gardel en aquel avión, también murió el pobrecito Lepera, el mejor letrista de tangos. El mismo día, a la misma hora, del mismo fuego. Pero se lo recuerda sólo a Gardel.
Un mito debe morir joven, sin merecerlo, y debe en vida haber sonreído mucho, y haber hecho poco daño a otros. Pero también es necesario que el mito muera solo. Y si no muere solo, la historia borra los datos de sus compañeros, desdibuja a los guitarristas, se deshace de los que no han sido hermosos.
Pablo y sus quince años cumplían con toda aquella parafernalia del mito, y por eso desde entonces es mi leyenda privada, mi dolor placentero particular. El muerto que me crece adentro.
Si en aquella época fue mi mejor amigo, ya no importa que hoy yo tenga otros amigos, algunos muy buenos, algunos mejores; Pablo tendrá que ser siempre mi mejor amigo por dos razones tan ciertas como su risa: que él murió cuando era mi mejor amigo, y que antes de que muriera yo fui malo con él.
No tan malo como acabé siendo más tarde, no tan dañino como soy ahora, pero lo suficientemente malo y dañino para no poder decir que lo que ocurrió esa noche en O'Higgins fue del todo irracional, todo destino. Si la muerte de Pablo hubiera sido absolutamente accidental, al cien por cien una desgracia, no existiría este monólogo, ni mis otras muertes, ni la foto de Pablo en mi escritorio, ni mis pesadillas. Nada existiría.
Si todo esto ha existido y existe, si alguna de estas patologías existirán, además, durante los muchos años que me dure la deuda, el duelo, es porque no ha sido del todo accidental, es porque de algún modo quise, durante un segundo por lo menos, verlo caer. Verlo volar. Verlo pedir y rogar, y suplicar. Lo demás, lo que pasó después, sí fue el destino, o el castigo que recibí por querer ser malo.
Yo era un niño ofendido cuando le solté las manos en el puente. Digo bien: un niño. Mi rostro era el rostro de un niño. Yo era un niño que había recibido una bofetada después de un beso. Pero yo dejaba de ser un niño cuando se me soltó de las manos; y puedo jurar que cuando Pablo cayó al suelo, diez segundo después, o cinco, un siglo después, luego de volar como yo quería ingenuamente que volara, yo ya no era un niño, ni tampoco era un niño Pablo.
Ya no éramos dos niños que jugaban en el puente de O'Higgins, ni la vida y la muerte eran dos ideas. Cuando cayó, Pablo ya era un muerto, mi primer muerto. Y yo, arriba, desde la baranda, con los ojos serenos, con las manos crispadas, sin dejar de mirar el cuerpo pequeñito allí abajo, sin gritar ni hacer nada, sin pensar en lo que diría primero el cura, después mis padres, más tarde los padres de Pablo, yo, en ese momento, ya era un hombre.
Yo dejé de ser un niño mientras Pablo volaba del puente a la tierra, y de mis manos al vacío. Dejé de ser un niño para siempre, quizás para acompañar a Pablo en su descenso y durante sus últimos segundos de niño, porque él también dejaba de ser un niño en el viaje.
Pablo, mi mejor amigo de la infancia, el mito de ahora, el de la foto en mi escritorio, el de mis sueños, fue también mi primera maldad, la primera de una lista que después fue inmensa. Mi primer amor.
Cuando Pablo empezó a ser el chico muerto, yo empecé a ser el chico que había matado a Pablo. El cambio de colegio y el cambio de ciudad no alcanzaron para limpiarme. En el nuevo colegio de la nueva ciudad también fui el chico que había matado. Ya no a Pablo, sino a alguien, que era todavía más misterioso y peor.
Las siguientes crueldades eran esperables y esperadas por todos, menos por mí. Yo no esperaba nada, porque mi única gran crueldad, mi primera y mejor muerte, fue la muerte de Pablo, porque era mi mejor amigo y yo lo quería, y porque yo era un niño y porque los dos éramos buenos, y porque yo lo había besado y él no quiso recibir mi boca, mi beso de fan.
Después ya no. Después él fue un muerto más, el primero de mis muchos muertos. Porque, al revés de lo que suponemos, matar sin intención no nos convierte en más precavidos o mejores, sino que nos quita la opción de elegir. La diferencia es que ahora, con más experiencia, beso a los niños con más fuerza, los ato, los amo, los disfruto, antes de dejarlos caer por otros puentes

del libro: Charlas con mi hemisferio derecho

para leer màs:  http://editorialorsai.com