La primera vez había sido un hotel de la rue Valette, andaban por ahí vagando y
parándose en los portales, la llovizna después del almuerzo es siempre amarga y
había que hacer algo contra ese polvo helado, contra esos impermeables que olían
a goma, de golpe la Maga se apretó contra Oliveira y se miraron como tontos,
HOTEL, la vieja detrás del roñoso escritorio los saludó compasivamente y qué
otra cosa se podía hacer con ese sucio tiempo. Arrastraba una pierna, era
angustioso verla subir parándose en cada escalón para remontar la pierna enferma
mucho más gruesa que la otra, repetir la maniobra hasta el cuarto piso.
Olía a blando, a sopa, en la alfombra del pasillo alguien había tirado un
líquido azul que dibujaba como un par de alas. La pieza tenía dos ventanas con
cortinas rojas, zurcidas y llenas de retazos; una luz húmeda se filtraba como un
ángel hasta la cama de acolchado amarillo.
La Maga había pretendido inocentemente hacer literatura, quedarse al lado de la
ventana fingiendo mirar la calle mientras Oliveira verificaba la falleba de la
puerta. Debía tener un esquema prefabricado de esas cosas, o quizá le sucedían
siempre de la misma manera, primero se dejaba la cartera en la mesa, se buscaban
los cigarrillos, se miraba la calle, se fumaba aspirando a fondo el humo, se
hacía un comentario sobre el empapelado, se esperaba, se cumplían todos los
gestos necesarios para darle al hombre su mejor papel, dejarle todo el tiempo
necesario la iniciativa. En algún momento se habían puesto a reír, era demasiado
tonto. Tirado en un rincón, el acolchado amarillo quedó como un muñeco informe
contra la pared.
Se acostumbraron a comparar los acolchados, las puertas, las lámparas, las
cortinas; las piezas de los hoteles del cinquième arrodissement eran mejores que
las del sixième para ellos, en el septième no tenían suerte, siempre pasaba
algo, golpes en la pieza de al lado o los caños hacían un ruido lúgubre, ya por
entonces Oliveira le había contado a la Maga la historia de Troppmann, la Maga
escuchaba pegándose contra él, tendría que leer el relato de Turguéniev, era
increíble todo lo que tendría que leer en esos dos años (no se sabía porqué eran
dos), otro día fue Petiot, otra vez Weidmann, otra vez Christie, el hotel
acababa casi siempre por darles ganas de hablar de crímenes, pero también a la
Maga la invadía de golpe una marea de seriedad, preguntaba con los ojos fijos en
el cielo raso si la pintura sienesa era tan enorme como afirmaba Etienne, si no
sería necesario hacer economías para comprarse un tocadiscos y las obras de Hugo
Wolf, que a veces canturreaba interrumpiéndose a la mitad, olvidada y furiosa.
A Oliveira le gustaba hacer el amor con la Maga porque nada podía ser más
importante para ella y al mismo tiempo, de una manera difícilmente comprensible,
estaba como por debajo de su placer, se alcanzaba en él un momento y por eso se
adhería desesperadamente y lo prolongaba, era como un despertar y conocer su
verdadero nombre, y después recaía en una zona siempre un poco crepuscular que
encantaba a Oliveira temeroso de perfecciones, pero la Maga sufría de verdad
cuando regresaba a sus recuerdos y a todo lo que oscuramente necesitaba pensar y
no podía pensar, entonces había que besarla profundamente, incitarla a nuevos
juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo de él y lo arrebataba, se daba
entonces como una bestia frenética, los ojos perdidos y las manos torcidas hacia
adentro, mítica y atroz como una estatua rodando por una montaña, arrancando el
tiempo con las uñas, entre hipos y un ronquido quejumbroso que duraba
interminablemente. Una noche le clavó los dientes, le mordió el hombro hasta
sacarle sangre porque él se dejaba ir de lado, un poco perdido ya, y hubo un
confuso pacto sin palabras, Oliveira sintió como si la Maga esperara de él la
muerte, algo en ella que no era su yo despierto, una oscura forma reclamando una
aniquilación, la lenta cuchillada boca arriba que rompe las estrellas de la
noche y devuelve el espacio a las preguntas y a los terrores. Sólo esa vez,
descentrado como un matador mítico para quien matar es devolver el toro al mar y
el mar al cielo, vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron
luego, la hizo Pasifae, la dobló y la usó como un adolescente, la conoció y le
exigió las servidumbres de la más triste puta, la magnificó a constelación, la
tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber el semen que corre por la
boca como desafío al Logos, le chupó la sombra del vientre y de la grupa y se la
alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa última operación de
conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la exasperó con piel y
pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza magnífica, la tiró
contra una almohada y la sábana y la sintió llorar de felicidad contra su cara
que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel.
Más tarde a Oliveira le preocupó que ella se creyera colmada, que los juegos
buscaran ascender a sacrificio. Temía sobre todo la forma más sutil de la
gratitud que se vuelve cariño canino; no quería que la libertad, única ropa que
le caía bien a la Maga, se perdiera en una feminidad diligente. Se tranquilizó
porque la vuelta de la Maga al plano del café negro y la visita al bidé se vio
señalada por la recaída en la peor de las confusiones,maltratada de absoluto
durante esa noche, abierta a una porosidad de espacio que late y se expande, sus
primeras palabras de este lado tenían que azotarla como látigos, y su vuelta al
borde de la cama, imagen de una consternación progresiva que busca neutralizarse
con sonrisas y una vaga esperanza, dejó particularmente satisfecho a Oliveira.
Puesto que no la amaba, puesto que el deseo cesaría (porque no la amaba, y el
deseo cesaría), evitar como la peste toda sacralización de los juegos. Durante
días, durante semanas, durante algunos meses, cada cuarto de hotel y cada plaza,
cada postura amorosa y cada amanecer en un café de los mercados: circo feroz,
operación sutil y balance lúcido. Se llegó así a saber que la Maga esperaba
verdaderamente que Horacio la matara, y que esa muerte debía ser de fénix, el
ingreso al concilio de los filósofos, es decir a las charlas del Club de la
Serpiente: la Maga quería aprender, quería ins-truir-se.
Horacio era exaltado, llamado, concitado a la función del sacrificador lustral,
y puesto que casi nunca se alcanzaban porque en pleno diálogo eran tan distintos
y andaban por tan opuestas cosas (y eso ella lo sabía, lo comprendía muy bien),
entonces la única posibilidad de encuentro estaba en que Horacio la matara en el
amor donde ella podía conseguir encontrarse con él, en el cielo de los cuartos
de hotel se enfrentaban iguales y desnudos y allí podía consumarse la
resurrección del fénix después que él la hubiera estrangulado deliciosamente,
dejándole caer un hilo de baba en la boca abierta, mirándola extático como si
empezara a reconocerla, a hacerla de verdad suya, a traerla de su lado.