Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Galeano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galeano. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de febrero de 2014

Eduardo Galeano, la creaciòn

La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.

Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo
de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de
comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran
huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho
alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de
Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los
creaba, y cantando decía:
—Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y
morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán.
Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.
Eduardo Galeano
pintura: Salvador Dalì 

jueves, 4 de abril de 2013

Eduardo Galeano, la inundaciòn

Las calles eran obras de florería; las iglesias, delicias de confitería; los palacios, regalos de juguetería.
Pero la bella Antigua, la capital de Guatemala, vivía con el corazón en la boca, entre los vómitos y los sacudones de la tierra enojada. Los volcanes la condenaban a zozobra perpetua. Lo que no gastaba en lágrimas, se le iba en suspiros.
En 1773, la tierra corcoveó como nunca. Y lo peor fue que el río se salió de cauce y ahogó a las gentes y a las casas. Y los que sobrevivieron a la inundación no tuvieron más remedio que huir a la disparada para fundar, lejos, otra ciudad.
El río que se desbordó se llamaba, se llama, Pensativo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Eduardo Galeano, ( Estamos Ciegos)

-En lugar de pensar en medos, en persas, en egipcios, pensemos en los indios. Más cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio. Emprenda su escuela con indios, señor rector.
Simón Rodríguez ofrece sus consejos al colegio del pueblo de Latacunga, en
Ecuador: que una cátedra de lengua quéchua sustituya a la de latín y que se
enseñe física en lugar de teología. Que el colegio levante una fábrica de loza y otra de vidrio. Que se implanten maestranzas de albañilería, carpintería y herrería.
Por las costas del Pacífico y las montañas de los Andes, de pueblo en pueblo,
peregrina don Simón. El nunca quiso ser árbol, sino viento. Lleva un cuarto de
siglo levantando polvo por los caminos de América. Desde que Sucre lo echó de  Chiquisaca, ha fundado muchas escuelas, fábricas de velas y ha publicado un par de libros que nadie leyó. Con sus propias manos compuso los libros, letra a letra, porque no hay tipógrafo que pueda con tantas llaves y cuadros sinópticos. Este viejo vagabundo, calvo y feo y barrigón, curtido por los soles, lleva a cuestas un baúl lleno de manuscritos condenados por la absoluta falta de dinero y de lectores.
Ropa no carga. No tiene más que la puesta.
Bolívar le decía mi maestro, mi Sócratas. Le decía: Usted ha moldeado mi
corazón para lo grande y lo hermoso. La gente aprieta los dientes, por no reirse,cuando el loco Rodríguez lanza sus peroratas sobre el trágico destino de estas tierras hispanoamericanas:
-¡Estamos ciegos! ¡Ciegos!
Casi nadie lo escucha, nadie le cree. Lo tienen por judío, porque va regando hijos por donde pasa y no los bautiza con nombres de santos, sino que los llama Choclo, Zapallo y Zanahoria y otras herejías. Ha cambiado tres veces de apellido y dice que nació en Caracas, pero también dice que nació en Filadelfia y en Sanlúcar de Barrameda. Se rumorea que una de sus escuelas, la de Concepción, en Chile, fue arrasada por un terremoto que Dios envió cuando supo que don Simóm enseñaba anatomía paseándose en cueros ante los alumnos.
Cada día está más sólo don Simón. El más audaz, el más querible de los
pensadores de América, cada día más sólo.
A los ochenta años escribe:-Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.

Eduardo galeano,
ando errante y desnudo
 memorias del fuego II 

martes, 12 de febrero de 2013

Eduardo Galeano, esos aplausos( lo vivo que estas)

Desde que Federico García Lorca había caído, acribillado a balazos en los albores de la guerra española, La zapatera prodigiosa no aparecía en los escenarios de su país.
Muchos años habían pasado cuando los teatreros del Uruguay llevaron esa obra a Madrid.
Actuaron con alma y vida.
Al final, no recibieron aplausos.
El público se puso a patear el suelo, a toda furia; y los actores no entendían nada.
China Zorrilla lo contó:
Nos quedamos pasmados.
Un desastre.
Era para ponerse a llorar.
Pero después estallo la ovación. Larga, agradecida. Y los actores seguían sin entender.
Quizás aquel primer aplauso con los pies, aquel trueno sobre la tierra, había sido para el autor. Para el autor, fusilado por rojo, por marica, por raro.
Quizás había sido una manera de decirle: Para que sepas Federico, lo vivo que estás.
Eduardo Galeano

viernes, 8 de febrero de 2013

Eduardo Galeano, el origen del mundo

  Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa Beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.
  Mucho tiempo después, Joseph Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo conto: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, y el muy ateo, muy tozudo, no entendía razones.
- Pero papá -le dijo Joseph, llorando-. Si dios no existe ¿quién hizo el mundo?
- Tonto -dijo el obrero cabizbajo, casi en secreto- Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.