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sábado, 21 de diciembre de 2013

Hernan Casciari, la culpa la tiene Dustin Hoffman

Sí. Yo escribía poesía en mi adolescencia. Sonetos y verso libre. Escribía muchísimos poemas de
diversa índole, y los escondía con habilidad para que mi papá no me pensara poco hombre. Siempre tuve mucho cuidado de que Roberto Casciari no sospechara, por eso hice rugby, básquet, tenis, voley y cualquier cosa con pelota, durante sacrificados años.
Pero igual, entre los torneos provinciales y los viajes a otros clubes bonaerenses, yo seguía escribiendo poesía. Y también miraba novelas en la tele: Rosa de Lejos, Los Ricos También Lloran, Herencia de Amor, Un Mundo de Veinte Asientos e incluso —ya más para este lado— Café Con Aroma de Mujer.
En mi casa había que cuidarse mucho de lo que veías, porque la ficción también era síntoma incontrastable de ser redondamente puto. En la tele, para ser hombre, había que ver fútbol, fórmula uno, básquet, tenis y turismo carretera. Mi mamá y mi hermana tenían derecho a las artes menores, pero no yo.
Una tarde de domingo, sin embargo, mi papá me descubrió en un descuido tan grande, que desde entonces dejé de escribir versos y la vergüenza me dura hasta hoy.
Jugaban Boca-Rácing, en directo por TyC Sport. Yo ya no era tan chico, ni siquiera vivía en Mercedes. Pero me gustaba ir los fines de semana a ver el fútbol. El partido empezaba a las 18:10. Mi papá tenía un campeonato de tenis en La Liga y llegaría muy sobre el partido. Invité a mi mejor amigo el Chiri a ver el clásico a casa, pero antes nos alquilamos "La Muerte de un Viajante"; la de Dustin Hoffman.
Hicimos las cuentas, y decidimos que la peli acabaría antes de que empezara el superclásico (y sobre todo antes de que llegara Roberto, que no debía vernos mirando cosas de mujeres). No teníamos en cuenta que la cinta era una versión para televisión, y duraba 130 minutos. ¡Ay, qué error!
El partido empezó puntual, y nosotros todavía estábamos en la escena en donde Willy Loman, ya viudo, hace el monólogo final frente a la tumba de su esposa. Para peor, Roberto Casciari venía a cien por hora en el auto, porque el Turco García había metido un gol en el minuto cuatro. Venía enloquecido, escuchándolo por radio a las puteadas (odia llegar tarde al fútbol), y deseoso de poder verlo junto a su hijo, su único vástago varón, su orgullo.
Cuando mi papá llegó a casa y entró al comedor, dando por hecho que nos encontraría al Chiri y a mí con dos cervezas en la mano, con cara de camioneros, mirando el partido a los gritos, encontró a dos pelotudos ya grandes llorando a moco tendido, en la semi penumbra, posiblemente abrazados, con los ojos en compota porque había muerto Linda Loman (Kate Reid, espectacular), y envueltos en una música tristísima, compuesta por Alex North, que invadía con ritmo amariconado toda la casa.
Se quedó seco Casciari, estaqueado abajo del marco de la puerta. No sé qué pensó. Nunca se lo pregunté. Creo que desde entonces nunca más hablamos, mi padre y yo. Le tembló un poco el labio, el de abajo:
—¿Qué haaacen? —dijo casi para sí, alargando la "a" como un lamento, como si le estuviesen dando una puñalada en el medio del árbol genealógico.
Nosotros, el Chiri y yo, llenos de vergüenza, pusimos rapidito TyC Sport y nos quedamos chito, con el clima asfixiante de Arthur Miller todavía retumbándonos en la cabeza y aplastándonos de tristeza el corazón, con las lágrimas que no podían dejar de brotar, viendo de repente en la tele a gente que se llamaba Borelli, Ortega Sánchez o Rúben Paz, corriendo como locos atrás de una pelotita.
(Cuando escribo este recuerdo, les juro, me tiemblan las manos y un sudor ominoso me recorre el cogote.)
Todos los años de haber escondido las poesías, de haber puesto cara de hombre frente al dolor, de haber ido a rugby los sábados por la mañana a que me pegaran patadas en la cabeza sin motivos, de haber tomado vino tinto y haber aprendido chistes verdes para repetir delante de Roberto, ¡todo ese esfuerzo, Dios mío!, lo acababa de tirar a la basura, así, como una rosa deshecha por el viento... Así, como una hoja reseca por el sol. Así, como se arroja de costado un papel viejo...
Esa tarde de domingo, aciaga e iniciática, dejé de escribir poesía para siempre.

Hernàn Casciari 

martes, 10 de diciembre de 2013

Hernàn Casciari, Nueva teorìa sobre los horòscopos

Pertenezco al selecto grupo de varones que han sido concebidos durante un Mundial de Fútbol. Esto
significa que el padre macho, mientras engendra a su señora, está pensando en otra cosa, y provoca que el feto se inicie en la vida con capacidades psíquicas diferentes. Los Mundiales ocurren cada cuatro años, entre junio y julio, por lo tanto padecemos este síntoma los varones nacidos entre febrero y marzo del año siguiente a un Mundial. A mí me tocó llegar al mundo a mediados de marzo del 1971. Es decir que, astrológicamente hablando, soy México 70 con ascendente en Pelé.
Los concebidos bajo el signo de México 70 somos personas calladas, con un gran mundo interior, y nos llevamos muy bien con los Suecia 66 y con los Alemania 74. No debemos hacer negocios con un Argentina 78 ni viajar en un avión pilotado por un Chile 62.
Las mujeres, en cambio, se rigen bajo los poderes astrológicos de los Juegos Olímpicos, que son unas competencias más afeminada (por contar con deportes como el nado sincronizado, la gimnasia rítmica y el voley playa). Según mis estudios, los varones que somos México 70 nos enamoramos muy fácilmente de las chicas Montreal 76 (mujeres nacidas a mediados de 1977), que son unas chicas generalmente equilibradas, modositas, bastante altas y con una clara tendencia al comunismo, dado que Alemania de Este ganó cuarenta medallas de oro en esa competición.
Las mujeres Munich 72 pueden llega a ser muy buenas madres, pero tienen en contra una personalidad un tanto explosiva. Las Seúl 88 son pizpiretas, alocadas y sexualmente sumisas. Mientras que las Helsinki 52 suelen ser sobreprotectoras y algo frías, además un poco viejas para mi gusto.
La astrología tradicional intenta hacernos creer que nuestro comportamiento en la vida, nuestros gustos, obsesiones y traumas, tienen una relación directa con la posición de los astros en el momento de nuestra llegada al mundo. A mí me parece muy agarrado de los pelos este sistema: demasiado facilón y desactualizado. Prefiero mil veces entender nuestro temperamento desde un dato básico: qué programa de televisión estaban mirando papá y mamá mientras nos concebían.
Me resulta mucho más probable que un ser humano sea "introvertido, sereno y soñador" por culpa de que su padre estaba escuchando en un gol de Platini durante el coito, y no a raíz de que el planeta Júpiter haya pasado justo en ese momento por la órbita de Mercurio, tapando a la luna. ¿Qué tienen que ver los planetas con nuestra vida? ¿De repente somos todos astronautas?
Mi teoría es sencilla. Desde siempre, los matrimonios engendran a sus hijos en sus habitaciones. Pero desde la segunda mitad del siglo veinte, en las habitaciones matrimoniales hay un televisor. Este dato —sistemáticamente obviado por los astrólogos occidentales y los gurúes del horóscopo chino— me parece fundamental y revolucionario para los tiempos que corren.
¿Qué tienen que ver los perros, las serpientes y los monos con nuestra vida? Según la torpe visión de los chinos, yo vendría a ser un Chancho de Madera. ¿Qué me quieren decir con eso? ¿Es un chiste? ¿Es una ironía oriental? "Chancho de madera" es un insulto de tribuna, es lo que los hinchas del Real Madrid le dicen a Ronaldo cuando erra un gol:
—¡Chancho, sos de madera, dejá los postres!
¿Qué tiene que ver eso con el temperamento de las personas? Nada. Los chinos están todos desquiciados y lo peor es que nosotros (la gente normal) les hacemos caso. Pero si nos paramos a pensar, en occidente somos todavía peor: los astrólogos nos dicen cosas como cáncer, escorpio, leo, virgo... Parecen insultos de gente vieja que no se anima a decir cosas más graves.
La vida ha cambiado mucho, pero los brujos y chamanes parecen no haberse dado cuenta de nada, porque sus supersticiones siguen siendo antiquísimas. Posiblemente en aquellas épocas estaba todo el mundo mirando el cielo, las estrellas, los cometas. Y es lógico, porque no había otra cosa para mirar. Los occidentales miraban los planetas, y los orientales miraban a sus animalitos. Hoy, en cambio, miramos el Mundial, las Olimpíadas, el Festival de la OTI y otros eventos internacionales de gran calibre.
La mayoría de las veces, las parejas modernas conciben a sus hijos con la televisión encendida. Por eso, las mujeres nacidas en noviembre de cualquier año casi siempre son muy agradecidas y visten con corrección. El motivo es claro: la madre fue inseminada a finales de febrero, que es cuando en la tele pasan la ceremonia de los Oscars. Por tanto la desconcentración sexual materna, a raíz del premio a mejor actriz secundaria, es detonante del temperamento futuro de la hija.
Mi esposa, sin ir más lejos, nació a finales de 1974. Esto quiere decir que es Oscar 73 con ascendente en Glenda Jackson. Según su carta astral, debería haberse casado con un Goya 69 con ascendente en Carlos Saura (se hubieran llevado muy bien), pero se casó conmigo, que soy México 70 —¡para peor con ascendente en Pelé!—, y por esa causa a veces tenemos algunas diferencias irremediables, sobre todo a la hora de decidir quién se queda con el control remoto a la noche.
Mi hija, nacida a mediados de abril de 2004, fue concebida a principios de julio del año anterior. La pobre Nina carga con el estigma horrible de ser Copa Toyota 2003, con ascendente en Carlitos Tévez, porque mientras su padre la concebía (es decir yo) no podía dejar de pensar en que el Milan podría haber ganado esa final del mundo. Por eso la chica ahora es tan díscola y con una leve tendencia a hablar en japonés y despertarse por la madrugada pidiendo la hora.
Es necesario que dejemos de ser piscis y sagitarios, conejos y monos, libras y colibríes, renacuajos y cánceres. Es hora de que dejemos de sentirnos orgullosos de eso, de hablar del tema en las sobremesas, de preguntarle el signo a las mujeres tetonas para empezar una charla en la discoteque... La temática de los horóscopos parece una broma de mal gusto urdida por nuestros antepasados con el fin de saber hasta cuándo sus descendientes podían ser tan pelotudos. Y la pelotudez nos está durando un par de miles de años.
Ya es hora, queridos contemporáneos, de que las supersticiones se rijan por una astrología moderna y utilitaria, tan absurda como aquélla, pero por lo menos con un mínimo de sentido común.

martes, 3 de diciembre de 2013

Hernàn Casciari, Gente ecològica

La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una Balay, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten: ficción publicitaria, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.
campana extractora de la marca
El hombre ecológico defiende al animal que grita y al animal que gesticula. Pero le importa muy poco el sufrimiento salvaje que no se oye o no se percibe. No hemos matado a este canario, dice la televisión, porque no es nuestra costumbre matar canarios. Pero hervimos vivo a los cangrejos, y también a los calamares, porque estamos habituados a hacerlo. Y porque además no chillan. Y porque su carne es rica.
Nos aterra el animal que se alborota cuando muere o cuando sufre. Sobre todo si su sabor no es un sabor exquisito. Un perro que muere, incluso en el cine, nos hace llorar. También el sacrificio del pura sangre que se ha quebrado una pata. Ah, cómo nos desgarra el alma la muerte del caballo, cuántas canciones folklóricas hemos compuesto sobre el tema. Y qué pocas canciones le hicimos a la palometa, al bagre, al pejerrey.
Si los peces de río gritaran como grita un chancho, menos gente le arrancaría de un tirón el anzuelo a las mojarras. Menos chicos pescarían, menos mujeres. Y existiría la chacarera de río:
Cómo pretenden que yo
que lo pesqué a cielo abierto
lo meta al horno cubierto
con salsa de roquefort...
Muy pocos hombres matan a los pollos, en el campo. Son las mujeres las que realizan, aunque parezca mentira, esta actividad de verdugo menor. Mi abuela Chola, en la quinta, tenía un método enérgico que impedía que el pollo condenado a muerte tuviese tiempo de gritar. La ausencia de grito le quitaba al acto todo remordimiento.
Cuando mi abuela Chola tomaba la decisión de cocinar un pollo, yo la seguía hasta el gallinero para presenciar la muerte silenciosa. A mis seis años, aquel era un momento crucial. La mujer primero acorralaba al pájaro hasta que conseguía agarrarlo por el pescuezo. Después, ya con el animal en el aire, le daba cuatro vueltas sobre su propio eje hasta que el cogote le sonaba como una matraca de carnaval. El ruido era trac, trac, trac, muy rápido, y el pollo dejaba de moverse, con los ojos abiertos; volaban algunas plumas, pero no había gritos ni había cacareos. Nada indicaba, tampoco, que aquello fuese una ficción publicitaria.
También me acuerdo de Nilda. Era una mujer robusta, compacta, que trabajó en casa como mucama durante más de quince años. Tenía mucho temperamento y se había convertido en una ayuda imprescindible, en una gestora del hogar. Nilda vivía en una casa con fondo y gallinero, en Luján, y viajaba hasta Mercedes de madrugada: nunca llegó a casa más tarde de las ocho. Nos vestía, nos mandaba al colegio y empezaba a limpiar la casa con la convicción de una locomotora.
Un buen día encontró un perro lastimado y lo adoptó, pero el perro era rebelde y le mataba los pollos. Nilda lo subió a la camioneta y lo abandonó lejos. Pero el perro volvió. Lo subió otra vez y lo llevó más lejos. El perro volvía siempre, y siempre le mataba los pollos. Cansada de la persistencia del animal, una tarde Nilda lo ató a una correa, anudó la otra punta a la camioneta y aceleró. El perro aulló un rato largo hasta que murió ahorcado; lo enterró en el fondo.
Cuando contó la anécdota en casa, Chichita la despidió. No quiso que esa mujer siguiera trabajando en la familia, con mi hermana todavía chica.
—Nadie mata a un perro para salvar a un pollo —dijo mi madre, aterrada.
Así descubrí que había escalas de valores en la sensibilidad humana, a la hora de salvar o mandar al muere a los bichos de poco entendimiento. Perro vale más que pollo, lince ibérico cotiza mejor que ratón de alcantarilla.
Las asociaciones de defensa del animal reaccionan igual que mi madre: defienden al animal grandote (la ballena, el elefante, el gorila), defienden al amistoso (el perro, el gato siamés, el potrillo), al animal que es bello (el tigre de bengala, el oso polar) y sobre todo luchan por la defensa del animal blanco y negro (el pingüino, la orca, el oso panda). Los ecologistas están enamorados de los animales blancos y negros. Si los osos panda fueran verdes con pintitas amarillas les tendrían asco, los pisarían en la ruta. Pero en cambio viajan kilómetros para sacarle las manchas de petróleo a un pingüino, no sea cosa que les cambie el color.
Hay otros animales a los que no les dan tanta importancia: su muerte no les preocupa. Su sufrimiento, muchísimo menos. No sienten sensibilidad por los animales sin huesos (la mosca, la medusa, el bicho bolita), tampoco por los que son ricos después del fuego (la ternera, el chancho, el pollo), y mucho menos por los que no gritan cuando se están muriendo o los están matando (el pez, la cucaracha, la culebra).
Cuanto más culto el hombre, más sensible. Y cuanto más sensible, más estúpido y obcecado. En los últimos años, la población de hombres y mujeres preocupados por los derechos de los animales ha crecido bastante. Se conocen como gente ecológica. Son los que le tiran pintura roja a las señoras que van por la calle con abrigos de piel; y los que aplauden. Son los que protestan con su propia desnudez en los San Fermines, o en las corridas de toros; y los que lo festejan. Son los que viajan en avión a Oceanía para detener la caza del canguro, y quienes auspician estos viajes (el avión, durante el vuelo, pasa por encima de África, pero va tan alto que los negritos muertos de hambre no se ven).
La persona más cruel que conocí en la vida se llama Meana. Cruel con los animales, quiero decir. Una vez su hermana melliza había conseguido unos gatitos. Estaban recién nacidos y dormían en una canasta. Meana y otros chicos jugábamos en la vereda cuando la hermana vino a mostrarnos los cachorros; traía uno en la mano. Él se adelanto con los ojos tiernos:
—Ay, qué lindo —dijo—, dameló.
Agarró al cachorro minúsculo con la mano derecha y, sin transición, sin cambiar el gesto amoroso, lo estampó contra la pared de enfrente como si fuera una piedra llena de pelos. La hermana de Meana pegó un gritito seco mientras el gato, ya muerto, reventado, con las cuatro patas abiertas como una alfombra, se despegaba de la pared lentamente y comenzaba a caer despacio. Sangre y gatito, gatito y sangre: igual que cae de la pared al suelo un baldazo de pintura.
Los judíos y los musulmanes, siempre en guerra, tienen una manía que los une: sólo comen la carne de animales que han muerto sin corriente eléctrica y con ciertos rituales de desangrado. No se ponen de acuerdo en nada más que en ese asunto ecológico. El Corán y el Talmud comparten criterio únicamente en esa utopía de matadero feliz. Es muy interesante cómo estas dos razas humanas, que asesinan diariamente a chicos de nueve años que pertenecen al otro bando en la Franja de Gaza, se preocupen tanto por el dolor de la vaca, del conejo, del cordero.
—Nadie mata a un chico y salva de la picana a una vaca —diría mi madre, y despediría a las sirvientas judías y musulmanas de nuestra casa.
Pero a veces da la impresión de que todos los progres ecologistas son como Nilda, o como los que pelean en Palestina. Se desesperan por la salud y el bienestar de algunos seres vivos (delfines, elefantes, cóndores), mientras otros seres parecidos son pisoteados y olvidados (arañas pollito, etíopes de cuatro años, lombrices).
¿Qué tiene un tigre de bengala que no tenga una paloma? ¿Por qué el dolor de una perra nos destroza el corazón, y no el sufrimiento de la comadreja?
Una vez matamos una, y con esto acabo. Fue en el parque de Mercedes, y gracias a eso tengo uno de los mejores recuerdos visuales más intensos de mi vida (los otros son mujeres desnudas). Ocurrió una noche en que hacíamos un asado nocturno al aire libre. La comadreja parecía enferma y no corría demasiado. Parecía atontada y se dejó apedrear. Corrimos para verla morir.
Cuando llegamos hicimos una ronda curiosa y la alumbramos con encendedores. La vimos hinchada, con la boca abierta, agonizante. Estaba el Negro Sánchez, estaba Meana, también el Chiri. Había otro más que no me acuerdo. Uno de nosotros la levantó de la cola y la subió a la mesa de piedra. Ahora la veíamos mejor, boca arriba.
Le empezamos a poner brasas en la panza para que se quemara viva. Y entonces pasó algo increíble: la barriga se abrió y empezaron a salir fetos rosados; eran cinco, de un tamaño minúsculo pero convincente. Eran tan frágiles que, cuando les dábamos luz, podíamos ver los órganos internos, traslúcidos, azules y rosados, sin un solo pelo.
Las crías de comadreja caminaban por la mesada, arrastrándose entre los líquidos de la madre muerta. Parecían ciegas, se topaban entre ellas y abrían la boca para dar gritos invisibles. Nosotros también estábamos mudos: la imagen era increíble, repulsiva y al mismo tiempo milagrosa.
La ausencia capilar de los fetos los hacía parecer humanos. No habíamos visto jamás nada parecido. Eran bebés en miniatura rodeando a un dinosaurio con pelos. Era la vida emergiendo de la muerte.
Cada uno de nosotros tomó un feto vivo en la palma de la mano. El mío me hizo cosquillas, quería escapar. Lo pude ver de cerca, los ojitos como cabezas de alfiler, las pezuñas formadas, el principio de la cola. Los bautizamos a todos: el mío se llamó Ramón durante los pocos minutos que consiguió estar vivo, no me acuerdo el nombre de los otros.
Después de jugar con ellos un rato los llevamos a la parrilla. Los pusimos al lado de los chorizos, que ya estaban casi hechos, y vimos asarse a los cinco hermanos, soltar jugos, dejar de moverse. Ramón se murió segundo.
A Meana le pareció que estaban ricos, a los demás la carne de comadreja nos pareció nerviosa y con un sabor sin gracia. Los chorizos, en cambio, estaban buenísimos, y nunca nos preocupó cuánto había podido sufrir el chancho. En esa época no éramos gente ecológica.
Hernan Casciari
este texto fue extraìdo de la maravillosa orsai http://editorialorsai.com

martes, 19 de noviembre de 2013

Hernan Casciari , la noche de los manies

Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro.
Si lo hubiera sabido, si lo hubiera sospechado, le habría prestado atención, hubiera pedido silencio a los demás:
—Silencio, amigos, el que pide la palabra es Salas, un escritor que amaré dentro de quince años y por el resto de mi vida —hubiera dicho.
Me habría convertido en un defensor de su futuro poema o de lo que estuviera a punto de leernos (era un librito verde). Ahora sé qué libro, lo intuyo: pero entonces no. Todos éramos muy jóvenes.
Yo también le tiré maníes a Salas, quizá yo comencé, bien puede ser, a tirarle maníes. También lo blasfemé y le dije viejo de mierda, cerrá el orto, viejo puto decrépito, sorete, chanta, sacáte el peluquín. Yo le digo aquello en la memoria, todavía hoy, y me resulta insoportable.
Y Salas hace silencio, ya no golpea la mesa, se queda mudo, sentado, mientras los demás reímos, y luego se levanta y se va. Nadie ve esto, nadie nota que se ha ido. Yo tampoco, porque me estoy riendo y gritando.
Pasan diez años y lo encuentro en una mesa de Eudeba. Yo no me acuerdo de nada, pero él sí.
Me dice:
—Vos estabas una noche en las tertulias de los jueves del Tortoni, y fuiste uno de los que me tiraban maníes.
Los demás se quedan en silencio en la mesa, me miran, esperan algo. Yo, rojo de vergüenza digo:
—No puede ser.
Pero Salas asiente, como si no le diera mayor importancia. Dice que me recuerda. Yo no lo recuerdo a él, pero sí recuerdo haberle tirado maníes a un viejo que podía ser cualquiera. ¿Era él, era Salas? Ahora estábamos sentados en la misma mesa del jurado, diez años después; qué memoria. Lo dice en voz alta, pero no como un reproche, sino como una casualidad del destino, para compartir una casualidad con los demás componentes del jurado. De todos modos me avergüenza.
Días después se lo digo, en la entrega de premios:
—Me ha avergonzado en la mesa la otra tarde, cuando dijo que yo le había tirado maníes.
—No haber tirado maníes —me dice—. Haberlo pensado mejor.
—Sí, pero yo no sabía que se trataba de usted.
—Ah —me dice— mala suerte.
Y sonríe y ya no nos vemos más durante otros seis años porque yo me voy del país, me caso, tengo dos hijos, me divorcio, muere mi padre, regreso y entonces una tarde lo encuentro en un bar de Rivadavia y Junín. Él dentro del bar; yo pasaba por ahí.
Nos saludamos a través de la ventana, después entro, me siento, él parece contento de verme, yo estoy un poco arrepentido de haberlo saludado. Conversamos y recordamos la anécdota de los maníes, el encuentro en la mesa del jurado, le cuento mi viaje, mi desastre familiar, él me dice que ha escrito tres libros, yo dos, él me dice que ha leído mis dos libros, me sonrojo, me dice que uno está muy bien, que el anterior es pretencioso. Tiene razón.
Miro el reloj; me están esperando.
Yo no he leído sus tres nuevos libros, me excuso, porque recién he llegado de Londres y allí, claro, sus libros no se han editado. Y entonces me dice que me los enviará. Y comienza a contarme algo que ha ocurrido la noche de los maníes. Luego, después de irse del Tortoni. Lo interrumpo.
—Me encantaría quedarme —le digo— pero me esperan.
Me pide una dirección. Intercambiamos teléfonos y datos. Nos despedimos. Pasan seis años más y me entero de la muerte de su hija por los diarios. Pasan otros tres años y le dan el Cervantes en Madrid. Otros dos años y me mudo a esta casa.
Entonces, un día, toca a la puerta. Está muy viejo, lo hago pasar.
—Es un honor recibirlo, Salas.
Él tose, parece agotadísimo, me dice que el aire está contaminado, habla del tiempo, elogia unos cuadros de la sala, acepta un té. Le digo que he sido muy irrespetuoso con él. Menciona los maníes. Le digo sí, eso también, pero en realidad lo digo por no haberme comunicado con usted para felicitarlo por el Cervantes, o antes, para darle el pésame por lo de su hija. Me dice que lo peor ha sido lo de los maníes.
También me dice que necesita contarme algo que ocurrió luego de la noche de los maníes, algo que le había cambiado la vida para siempre y que directa, no indirectamente, había sido a causa de aquella noche en que algunos de mis amigos y yo le habíamos tirado maníes y no lo habíamos dejado recitar su poemario en el subsuelo del Tortoni. Pienso que está bromeando. Le digo:
—No me hablará en serio, Salas.
Me dice que sí, que es muy serio lo que tiene para decirme, que no es una recriminación pero que sí es muy grave y fundamental para su vida, para lo que fue su vida después de esa noche.
Tiembla. Tose. Se le humedecen los ojos. Descubro que habla en serio. El agua del té hierve en la cocina.
—Voy a buscar el té y me lo cuenta —le digo.
¿Cuánto tiempo lo dejo solo? No más de dos minutos: lo que se tarda en llenar dos tazas, encontrar una bandeja, sonreír por la ocurrencia y por la visita, por aquello que espero escuchar enseguida, poner dos terrones de azúcar y regresar al salón. Dos minutos, tres minutos. No más que eso.
Entonces regreso y Salas tiene la boca entreabierta, está sentado en el sofá donde acabo de dejarlo, el sombrero en la mano, el bastón a un costado, erguido, los ojos abiertos, con una mueca extraña, como si todo lo que tenía pensado decirme ya lo hubiera dicho; un gesto de haber concluido, o quizás un gesto de haber muerto donde quería, como si hubiera llegado a mi casa a morir (excusa lo otro) y lo hubiera conseguido por los pelos, en el último minuto, los puños serenos, no rígidos.
Afuera comienza a llover y yo con la bandeja en las manos. Pasan doce años. Ya no vivo en esta casa sino en el apartamento de mi segunda mujer, tengo un hijo —el tercero—, tengo más de quince libros de los que no me arrepiento. Leo muchísimo a Salas, sobre todo sus primeros libros, los que ha escrito antes del episodio de los maníes, los poemas naturalistas, los cuentos breves, también sus dos primeras novelas, que me parecen actuales, geniales, llenas de vida.
Pienso mucho en Salas, en la noche en que llegó a esta casa agotado, como vencido, dispuesto a contarme algo o quizás dispuesto a morir en mi sofá, como si de ello dependiera su vida, como si allí estuviera el fin de un ciclo.
Pienso en su gesto de tarea cumplida cuando salgo de la cocina con la bandeja y los dos tés que se enfriarían luego, y que permanecen allí, en la mesa de la sala, cuando aparece la ambulancia, cuando llega la gente, el oficial de policía a hacer preguntas, el primer periodista al que no atiendo.
No recuerdo nada de la noche del Tortoni, sólo que yo estaba allí y que había un viejo pesado, un viejo que quería leer un poemario, un librito verde pequeño, que ahora pienso, por la época, que podía ser "Venturanza" o podía ser "Casuarinas", dos libros que adoro, y pienso qué hubiera sido de mí si aquella noche Salas hubiera podido leer sus poemas, qué hubiera sido del joven de 17 años que era yo, borrachín y soberbio y todavía no sereno, si hubiera oído aquellos versos de su boca.
Nunca lo sabré.
Tampoco sabré nunca qué le había ocurrido a Salas luego, luego de irse del bar, de la tertulia, avergonzado y humillado por un grupo de adolescentes, sin poder leer. A dónde habría ido, qué le habría ocurrido de trascendente para que, una tarde de muchísimos años después, haya querido contármelo a mí, el único presente de aquella noche. Algo tan importante que necesitara decirlo justo la noche de su muerte, porque posiblemente su cuerpo sabía que habría de morir esa noche y tenía que contarle aquello a alguien, quizá a mí, puntualmente a mí o a alguien, y por eso quizá vino a mi casa, pero la muerte no le dio tiempo o el té pudo haber tardado demasiado.
No lo sé.
Me habría gustado saber qué tenía Salas para decirme.

H Casciari, este  texto fue extraìdo  de la maravillosa  Orsai

lunes, 8 de abril de 2013

Hernan Casciari, acordarse y olvidarse

Tengo la teoría de que la carcaza de la cabeza tiene un espacio limitado, y que cada vez que memorizás una información, otra información ya antigua se cae, se pierde, se muere. ¿Pero escogemos lo que borramos, o eliminamos al azar? Elegir lo que vamos a olvidar es lo que diferencia a los humanos de los primates y de las cajeras del Carrefour.
Por ejemplo conocés a alguien y te dice: "Hola, me llamo Carlos". Como sabés que durante toda la conversación vas a tener que recordar ese nombre para no quedar como un desubicado, lo memorizás: "carlos, carlos, carlos...". A continuación, con el objeto de dejar espacio y que la cadena de caracteres "carlos" te entre cómoda en el cerebro, das de baja otro recuerdo al azar, por ejemplo la marca del segundo auto que tuvo tu papá. Amiocho, Amioch, Amio, Ami, A... ¡Plop!.
Hasta ahí vamos bien. ¿Pero qué pasa cuando querés memorizar una imagen pesada, un culito inolvidable que va por la calle, por ejemplo? Ocurre que tenés que borrar algo también de mayor valor, más o menos de 100k.
Yo, por ejemplo, cuando veo un culo recordable, elimino automáticamente de la cabeza a dos o tres compañeros de la primaria, que los tengo ahí guardados al pedo. ¡Ojo! No sólo hay que olvidarse los apodos, sino de todo: la cara, la voz, el apellido... (Un apellido español pesa 32bytes; un apellido ruso, 4k.)
Si ayer, miércoles 26, tuviste un día movido y hoy te querés acordar del día enterito, lo mejor es que borres algún pasaje tonto de los años ochenta. Recomiendo eliminar algún día de invierno, que casi nunca pasaba nada. Cuidado, no elijas 1982 o 1986 porque había Mundial, y capaz que te olvidás de algún partido importante.
Otro buen consejo es zipear, sobre todo en la época de estudiante. Cuando sos adolescente, empezás a ver a las primeras chicas en pelotas, tenés alucinaciones interesantes con ácido, tus amigos tienen caras graciosas; es decir: casi todo lo que te pasa está bueno. Por eso cuesta tanto estudiarse de memoria los nombres de los ríos de Argentina. En esas épocas te conviene usar la mnemotecnia.zip o directamente el machete.rar (y después del examen eliminar los archivos enseguida; lo podés hacer a mano o con porro. A mano es más selectivo; con porro te olvidás hasta del Paraná).
Lo que no hay que hacer nunca es eliminar al azar, porque la cabeza es muy hija de puta. Yo antes de ser inteligente borraba a ciegas; un día, para acordarme de memoria el teléfono que una chica me dio en una boîte, eliminé por error la cara de mi vieja. Gestos, color de ojos, tintura, ¡todo! Fue un garrón, porque trasca la chica me había dado un teléfono falso.
Otra cosa muy peligrosa es hacerse el Funes y no borrar nada. Mi amigo el Chiri, en una época, se acordaba de todo. Yo le preguntaba, por ejemplo:
—¿Te acordás esa vez que fuimos a ver un Racing-Cruzeiro al club Belgrano?
—Mil nueve ochenta y ocho —me canchereaba—, final de la Supercopa, uno a cero con gol de Catalán, vos tenías una camisa cuadriyé y desde ahí nos fuimos por la 31 a buscarlo a Talín. 23 grados. Al otro día llovió un rato.
Era admirable su capacidad de compresión, pero por contrapartida le salían muchos granos y se quedó miope. El otro día hablé por teléfono con él y me asegura que ya no se acuerda de nada, que anota todo en un papel que tiene pegado a la heladera. Lo bien que hace.
Hablando de Funes. El otro día con mi amigo el William llegamos a la conclusión de que Borges se sabía tantos libros de memoria no porque fuera inteligente sino porque todos sus recuerdos son .txt (dado que el .jpg y el .avi no son compatibles con la gente ciega).
—¡Así cualquiera! —se quejaba el William.
Cuando nació la Nina presencié el parto. Y para guardar esos milagrosos 17 minutos en alta definición, tuve que eliminar un montón de información, alguna muy útil. Elegí olvidarme del año 1979 entero, y como faltaba espacio tiré también el archivo Capitales_de_Asia.mdb, y una carpeta con los nombres reales de todos los actores del Chavo, que me venían bien para las conversaciones posmodernas. Lo siento mucho, pero una hija vale más que eso.
Pero igual tengo cosas que quiero borrar y no puedo. La noche que se murió mi abuelo Salvador, por ejemplo, fue la única vez que lo vi llorar a mi viejo. A esa madrugada la debo haber guardado como archivo de sólo lectura, o con una contraseña encriptada. Porque me pesan mucho esas imágenes en la clínica, son como tres megas, y sin embargo no me las puedo sacar del marote.

Hernan Casciari
este texto fue extraido de Orsai: http://editorialorsai.com/

lunes, 1 de abril de 2013

Hernan Casciari, los graciosos

Hay una clase de gente que sabe chistes. Saber chistes es fácil; te sentás una tarde con un casette y, si 'saber' contar chistes es otra historia. Yo le tengo un miedo espantoso a esa gente que, en las fiestas, te empieza a contar chistes. Le tengo más miedo a eso que al cáncer de próstata.
le ponés voluntad, te aprendés noventa. Pero
—Hernán Hernán, vení —se viene riendo de entrada el chistoso, y te agarra del hombro para que no te escapes— ¿Sabés el del tipo que va a la tintorería porque tiene una mancha de semen en el pantalón?
—No.
Yo soy de los que dicen "no", como casi todo el mundo. Quisiera ser de los que dicen "sí" y se quedan tan contentos. O de los que dicen "no sé, pero no quisiera verte hacer el ridículo, Ricardo".
Pero mi timidez, o mi falta de reflejos, provocan que mi respuesta sea "no". Y entonces me quedo en pausa, intimidado, como las liebres en la ruta cuando viene un camión de frente con las luces altas. Digo "no" y me preparo a vivir un momento incómodo. ¿Por qué es incómodo que te cuenten un chiste? Principalmente, porque hay que hacer demasiados esfuerzos para fingir que te estás divirtiendo.
Como primera medida tengo que poner la mandíbula en piloto automático. Esto es, sonreír de entrada, mientras el otro empieza con su relato. Siempre el contador amateur quiere ser gracioso desde el vamos: mueve las manos, cambia la voz si hay más de un personaje, etcétera. Y esto, supuestamente, 'ya es' gracioso. Entonces tenso el músculo abductor, mostrando los dientes, cosa que cansa muchísimo.
El esfuerzo mayor, sin embargo, es dividir el cerebro en tres compartimientos: el que escucha el argumento del chiste, el que se pregunta porqué mierda no me quedé en mi casa, y el que critica minuciosamente la performance.
Mientras el chistoso cuenta, yo pienso cuánto hay de natural en su exposición. Cuánto es de él, y cuánto está copiando. Reconozco los fallos de tiempo y suspense. Le busco los hilos a la marioneta. No sé por qué, pero dedico mucha energía a hacer una crítica despiadada del pobre aficionado; me convierto en una especie de borjamari del chascarrillo.
Y sufro mucho. Sobre todo cuando el chistoso va llegando al final, y desde lejos se nota que la trama va perdiendo fuerza. Que no se sostiene, que las voces de los personajes no son las mismas que al principio, que el remate se ve venir, se sospecha... Y entonces empiezo a preparar la carcajada falsa. No sé reírme de mentira. Me sale como un catarro. Pero mentalmente voy practicando.
—¡Aja jaaaa jaa jaja! —exploto cuando el chiste termina, tratando de no quedar del todo satisfecho, por las dudas que el contador sea uno de esos que saben más chistes.
Pero hay algo peor que el que te arrincona en soledad: y es el que cuenta chistes verdes en la mesa, y en vez de decir culo, pito, coger o concha, hace gestos, ruiditos o movimientos de cejas:
—Había una pareja en un auto, a la noche, y estaban a punto de... ya saben —y cierra el puño, pone cara 'graciosa' y mueve la mano para atrás y para adelante—. Entonces ella le agarra al tipo la ... ¿no? —y mira a las mujeres presentes—, bueno, y era enorme.
¡Si vas a contar algo en donde la poronga es protagonista, decí "Poronga"! Y si pensás que decir poronga es amoral, o es una falta de educación, o constituye delito o pecado, ¡entonces no cuentes algo donde la poronga es la protagonista!
Yo transpiro mucho en esas reuniones de gente grande que cuenta chistes. Me hago mucha mala sangre, me saca úlcera. Incluso me estoy poniendo de muy mal humor mientras escribo esto.
Odio mucho, por ejemplo, a los que cuentan chistes de gallegos metiendo la zeta en todas partes, a los que después del primer chiste te cuentan otro porque fingiste mucha risa, a los que tartamudean al final porque se ponen nerviosos, a los que cuentan chistes de Verdaguer poniendo la voz de Verdaguer, a los que se ríen mientras narran como si los ganara la tentación, a los que cuentan chistes de caballos que entran a un bar y piden un vino, a los que imitan la voz de los maricones usando la misma zeta de los gallegos pero poniendo la mano como si llevaran una bandeja invisible, a los que te explican el final, a los que se equivocan y empiezan de nuevo, a los que creen que para hablar como un judío solamente es necesario decir 'noive' en lugar de nueve, a los que repiten el remate porque no te causó gracia y creen que no entendiste, a los que sospechan que los chistes en donde aparece Marx o Freud son chistes inteligentes, a los que cuentan chistes largos donde hay un amante adentro de un ropero, a los que incluyen el final en la introducción y no se dan cuenta, a los que preguntan si no hay gente con cáncer en la mesa antes de contar un chiste negro, a ustedes, a todos ustedes que son legión y que compran los casettes de José Luis Gioia en las góndolas de liquidación y después se encierran un día entero a aprenderse de memoria cada palabra, a ustedes les tengo miedo, les tengo lástima y los odio.
No son graciosos y lo saben, pero insisten. La única virtud que tienen es haber aprendido algo de memoria. Saben las palabras, las pueden repetir una atrás de la otra, pero no tienen la menor idea de cómo decirlas. No les entra en la cabeza que el humor es un arte, como pintar cuadros o tocar el violín.
Yo, por ejemplo, me sé de memoria muchos poemas, pero eso no me habilita a ir por las reuniones recitándoselos a la gente por la espalda y a traición. Aunque no estaría mal que, una noche de estas, para vengarme de todos los hijos de puta que se creen graciosos, empezara a llevármelos uno por uno a un rincón y les dijera:
-¿Sabés èse ése del tipo que no es nada, que nunca será nada, que no puede querer ser nada, pero aparte de eso tiene en él todos los sueños del mundo?
A ver cuánta poesía portuguesa son capaces de aguantar.

este texto fue publicado en la maravillosa  Orsai:  http://editorialorsai.com/

martes, 26 de marzo de 2013

Hernàn Casciari, tu te rompiste

Un desperfecto técnico dejó el martes, durante tres horas, a ciento trece millones
de usuarios de Gmail, el correo en línea de Google, sin servicio de mensajería. ¿Y esto es relevante? En estos tiempo parece que sí. Hace una década ni nos hubiéramos enterado del asunto, pero ahora cada desperfecto de esta naturaleza -y son muchos: ya van tres este año y marzo empezó recién- pone al mundo patas para arriba. Una utilidad que hace tan poco tiempo no existía, y que ni siquiera parecíamos necesitar con enorme urgencia, hoy se ha convertido en un pariente cercano del agua y del aire. En este siglo, tres horas sin la sensación de estar conectados es una especie de calamidad personal.
¿Se ha percatado el lector, alguna vez, de cómo actúa el hombre moderno cuando se queda sin baterías su celular, o cuando la conexión a Internet se rompe? Al hombre moderno lo comen los nervios, la impaciencia y el desasosiego. Sin teléfono móvil, las personas ya somos incapaces de encontrarnos en una esquina, porque no sabemos cuál de las cuatro intersecciones es la correcta. Nuestros padres analógicos se encontraban con facilidad, nosotros ya hemos perdido ese arte natural para las citas. Dos minutos antes de llegar, enviamos un mensaje que dice "estoy llegando", y el otro responde "te estoy viendo"; y los dos alzamos la mano. Sólo de ese modo nos encontramos en la calle. Y así como el celular nos sitúa en el presente, el correo electrónico nos ubica en el pasado. El mail no es imprescindible (únicamente) como servicio de mensajería veloz: se ha convertido en la primera autobiografía personal automática: todo lo que hemos escrito en los últimos años está ahí, en la carpeta "enviados".
Vaya el lector a su correo electrónico y busque lo que ha escrito y enviado durante la segunda semana de julio de 2005, por decir algo. O de 2003. Lea con atención esas cartas. Recordará sucesos y circunstancias que la memoria ya había perdido para siempre. Han quedado atrás los tiempos en que recordábamos cincuenta números telefónicos (de siete cifras cada uno) de los amigos y de los parientes. Hoy no sabemos ni uno. Cuando perdemos la agenda del celular, estamos perdidos. Cuando una avería nos deja sin correo, equivocamos el sentido de la orientación y del tiempo. ¿Cómo era posible vivir, hace diez, hace quince años, sin estos sobresaltos? ¿En qué momento el confort de las comunicaciones se convirtió en emergencia primordial? La vieja sentencia de Cortázar -"no te regalan un reloj para tu cumpleaños"- ahora nos parece insignificante. Podemos vivir años sin el prestigio y la necesidad del reloj pulsera. Pero si Google falla y nos quedamos sin correo, como ocurrió el martes, si actualizamos la página web y da la impresión de que todo se ha borrado -lo que dijimos, lo que nos dijeron-, entonces nos da la impresión angustiosa de que no es un servicio de correo el que fracasa, sino nuestra memoria. No falla Google, tú eres el que comienza a desaparecer, y tu pasado; a ti te eliminan de la bandeja de entrada: lo que fuiste, lo que dijiste que harías y nunca has hecho, todas las mentiras y las verdades que te componen
Hernan Casciari
cuadro Renè Magritte:Landscape 

este texto fue extraìdo de la maravillosa orsai  http://editorialorsai.com/revista/

lunes, 11 de marzo de 2013

Hernan Casciari, el gran secreto de mi vida

Las pocas veces que he tenido que ir a un almuerzo de negocios (la última de estas desgracias ocurrió hace un mes), se ha dado una situación que me aterra. Es cuando llega el camarero del vino y sirve un poquito en mi copa para que dé el visto bueno. Es entonces cuando el mundo se detiene, la vida del restaurante se congela y, como en los cuentos de Poe, sólo se oye a mi corazón —cataplóm, cataplóm— galopar en pánico desbocado.
Lo que debería halagarme —porque en realidad un camarero escoge, de todos los comensales, al que sospecha el más indicado— a mí no me halaga, sino que me pone los pelos de punta. Y es porque nunca, pero nunca en la reputísima vida de dios, voy a saber si un vino está bueno o está malo. Es más, si fuera por mí, todos los vinos estarían malos.
La segunda cuestión que me da pánico es la serie de gestos que hay que ensayar durante este ritual sibarita. Estos gestos son generalemente cinco: hay que oler la copa entrecerrando los ojos; hay que beber un sorbo como si fuera jarabe; hay que poner cara de boludón que entiende de la cosecha de la uva; hay mirar al tipo de la botella como con culpa, regalándole una caidita de ojos; y para rematar hay que apretar los labios y hacer que sí con la cabeza, como si dijeras: "Tenías razón, che, perdonáme por haber dudado".
Pero es justo después de esta mierda de gestos que llega lo verdaderamente aterrador. Y es cuando el camarero sirve las copas y se va. Entonces es donde empiezo a temblar frío, esperando que mis acompañantes beban de sus copas y descubran que el vino, el que que yo di por bueno, está horrible, picado, pasado, vencido, agrio y podrido. Yo me quedo siempre con el culo apretado en la silla, esperando a que escupan la bebida sobre el mantel y me miren con imprevista desconfianza. Es decir: mi fobia radica en que mis contertulios, que hasta entonces me respetaban y estaban a punto de darme un trabajo o un premio, descubran que soy un mogólico.
Pensándolo ahora, mientras releo estos párrafos, colijo que es éste el gran miedo de mi vida. No saber cuándo llegará el minuto en que voy a ser, por fin, desenmascarado. He aquí mi terror recurrente, caramba: estar siempre expuesto a que las personas que me sospechan inteligente, o mundano, o simpático, o capacitado para alguna tarea compleja, se desayunen sobre la recóndita verdad que oculto: que soy un tarado mental.
(Este artículo, que iba a desarrollarse sobre cuánto detesto el vino y las reuniones, se acaba de convertir en un ensayo sobre mi mogolismo oculto: los cambios de rumbo de la literatura son inexpugnables.)
Permítanme que les cuente, ahora que ha cambiado tan de golpe el tema de esta charla, algo que me ocurrió de niño y que ha marcado mi vida a fuego.
Agonizaba el año 1983. Mi padre, en aquellas temporadas, era el tesorero de la mayoría de las instituciones benéficas de Mercedes. Entre ellas CAIDIMCentro de Apoyo Integral del Insuficiente Mental—, un lugar donde convive la gran mayoría de los mogólicos del pueblo, un sitio acogedor donde se les da trabajo y cobijo.
Una mañana de mis doce años, mi padre me pidió que fuese al Banco Provincia a cobrar un cheque de CAIDIM. Llegué al banco en mi bicicross, entregué el talón en ventanilla y el cajero me devolvió, sin darse cuenta, cincuenta pesos de más. Yo noté el error enseguida, y durante todo el camino de regreso a casa fantaseé con lo que me compraría con ese dinero extra. (Creo que mis prioridades de aquel tiempo eran un perro y un karting a motor.)
Una vez en casa entregué a Roberto Casciari el dinero exacto del cheque y me quedé miserablemente con el cambio. Durante el almuerzo, sin embargo, un ataque de culpa me hizo confesar que me habían dado cincuenta pesos de más, y le pedí permiso a mi padre para quedármelos.
—Si a esa plata la perdiera el Banco —me dijo Roberto— ningún problema. Pero cuando hagan el balance de caja y falten cincuenta pesos se los van a descontar al cajero, y son todos amigos míos. Así que mejor lo devolvemos. ¿En qué ventanilla cobraste?
—En la dos —le dije, jurando para mis adentros nunca más ser sincero con mi padre (actitud que sigo cumpliendo a rajatabla).
—En esa ventanilla está Eduardo —dijo Roberto Casciari, que es amigo de toda la gente que está detrás de cualquier ventanilla. Y acto seguido llamó por teléfono al Banco pidiendo hablar con Eduardo.
—Diga —dijo Eduardo, el cajero, del otro lado de la línea.
—Hola Edu, soy Roberto —habló mi padre—, me parece que me diste plata de más en un cheque de CAIDIM.
—¡Sí! —asintió el cajero Eduardo— Me di cuenta casi enseguida, y te iba a llamar esta tarde. No le quise decir nada al chico mogólico que me trajo el cheque porque no me iba a entender.
Mi padre se empezó a reír en ese momento, y es el día de hoy que se sigue riendo. Han pasado veinte años desde aquello, pero Roberto Casciari no se cansa de narrar en las sobremesas, cada vez que puede, esta anécdota en la que un cajero de banco me vio cara de mogólico. Creo que éste es el trauma más grande que tengo, exceptuando los sexuales y los que derivan de ser hincha de Rácing.
Y es que aquella tarde no solamente perdí mis cincuenta pesos, mi perro nuevo y mi karting a motor, sino que gané, y para siempre, este temor a que la gente sepa que soy mogólico, a que descubran mi verdadera identidad. Esta fobia a que todos los esfuerzos que hago por aparecer simpaticón e inteligente ante el mundo, queden aplastados por una mirada sagaz que me devuelva a mi categoría de subnormal.
Es por esto que, cada vez que un camarero me elige para catar el vino en un almuerzo de negocios, o cada vez que alguien me obliga a hacer algo que está fuera de mis fronteras mentales (como por ejemplo votar, cambiar los pañales de mi hija o discutir sobre cine de autor), comienza a subirme por el esternón un frío de pánico que se instala en mi alma y no me deja vivir en la paz sencilla de los sobnormales, ese sitio cálido del que nunca debí haber salido para intentar comerme el mundo.
Hernàn Casciari
este texto fue extraìdo de la gran Orsai:  http://editorialorsai.com

domingo, 3 de marzo de 2013

Hernàn Casciari, tiempo de perdones escasos


Hace unos doce años (o quizás más, porque tengo el recuerdo del viejo logotipo de Nuevediario), ocurrió en un informativo algo único. Un chico de quince años había sido atropellado por el auto de otro menor que, sin carné y quizás borracho, se había dado a la fuga. El periodista le estaba poniendo el micrófono a la madre del chico muerto. Yo estaba almorzando y esperaba el discurso de siempre, me preparaba para el nudo en la garganta y la empatía con aquella pobre mujer que, en segundos, comenzaría a gritar la palabra justicia, una vez, tres veces, seis veces. Pero no. No ocurrió. La madre del chico muerto miró la cámara y le habló al otro chico, al que se había fugado. Le dijo que tenía su perdón (el de ella) y que ojalá ese perdón le sirviera (al tránsfuga, al del auto) para dormir por las noches. Dijo la mujer que debía de ser horrible, para un muchacho, matar sin querer a otro. Y le pidió a la Justicia comprensión.
Hay más gritos que palabras en las televisiones, y aquella mujer se perdió muy pronto en el maremoto de mil noticias más, todas con mejores y más rentables decibeles. Quedó relegada. Yo nunca volví a escuchar, hasta esta semana, a nadie perdonar en caliente. Ocurrió otra vez el martes pasado. De nuevo yo almorzaba y no podía creerlo. Esta vez fue en Andalucía. "Prefiero mi situación a la que deben de estar pasando las madres de los que mataron a mi hijo. Prefiero su muerte a que él hubiera matado a alguien". Esto decía la madre de un tal Juan Fernando Martínez, un chico de 18 años apuñalado en Sevilla por una bandita de adolescentes descerebrados. Su rostro estaba sereno, como aquella otra madre de Buenos Aires. Su gesto estaba en paz. Y el padre del chico, a su lado, asentía cada palabra de la mujer. El también habló, aunque la voz le temblaba mucho. Dijo el padre: "Tendrías que haber visto su expresión, porque para haber sido una muerte violenta, Juan tenía una cara de paz, de sosiego, que no habría tenido si hubiera muerto con odio... Estamos seguros de que los perdonó" (a sus asesinos). La esposa lo interrumpió: "Sabemos que sus madres están deshechas y pensamos en ellas, en cómo deben sentirse al saber que sus hijos han causado este daño".
Son tiempos de perdón muy escaso. La violencia se multiplica y la prensa olfatea el sufrimiento y pone los micrófonos en el epicentro del dolor. En cualquier parte del mundo, no sólo en Argentina, la inseguridad está acurrucada en la sombra de la siguiente vereda, y los micrófonos, más acurrucados aún, esperan la primera bocanada de odio repentino. Las madres de las víctimas son un plato fuerte. No es únicamente aquí, es en todas partes: la madre encorvada del chico muerto a balazos en un fuego cruzado, pero también el padre de la nena violada en el jardín de infantes, y la estrella mediática que perdió al amigo y no se calla... Todos hablan con el dolor en la mano, con la razón apagada, cuando les ponen un altavoz en la garganta seis minutos después de la herida mortal. Y el perdón es escaso, la compasión no llega nunca. Pero cuando llega (contadísimas veces) siempre es una madre. Una madre que se pone en los zapatos de otra.
 Hernan Casciari
este texto fue extraido del maravilloso Orsai :  http://editorialorsai.com/blog/

martes, 26 de febrero de 2013

Hernan Casciari , Perdiendo los papeles

Los periodistas o escritores que ahora tienen entre treinta y cincuenta años han escrito su primera novela en una Olivetti de carro ancho y la última en un ordenador portátil. Pertenezco a esa generación: borroneé mi primer cuento en un cuaderno de hojas cuadriculadas y mi último cuento lo pensé expresamente para mi blog personal. Redacté mi primer artículo periodístico en un pasquín de pueblo que se imprimía con linotipos y con estereotipos, y en cambio éste, mi último artículo hasta la fecha, se puede leer en papel pero también on line , y gratis, desde cualquier parte del mundo. Y así resulta que esta generación (la que ahora tiene entre treinta y cincuenta años) será, de entre la Humanidad entera, la única que pueda decir "he caminado por las dos veredas". Nacimos analógicos, crecimos en una trepidante transformación, y envejeceremos ya completamente digitales. Y aunque muchos de nosotros recordemos con nostalgia el olor de la tinta (Scheffer o Parker) secándose en nuestro primer cuaderno, lo contaremos desde un blog (Movable Type o Word Press).
En general, los que tuvimos el privilegio de probar ambas formas de comunicación estamos más o menos convencidos de preferir esta época, estas herramientas y estos recursos para decir lo que pensamos y compartir nuestras creaciones. Es un tiempo con menos intermediarios, en el que llegar al lector suele ser un vuelo directo y sin escalas. Pero hay algo que perderemos irremediablemente, algo que nadie echa a faltar todavía, pero que en no muchos años será un bache inmenso en la transmisión cultural: estamos perdiendo los originales. Uno de los placeres más eróticos del voyeurismo literario ha sido, siempre, ver las tachaduras de los maestros en el papel. Y los futuros maestros -los jovencitos digitales que mañana serán grandes comunicadores- arrojan sus errores a la papelera de reciclaje. Nuestros hijos ya no podrán beber de esa fuente. Parece baladí, pero se trata de una pérdida tremenda.
Suelo prestar mucha atención a los originales y primeras versiones de aquellos que admiro por su prosa simple. Porque han sido justamente ellos los que más han tachado, borroneado y sintetizado. Los que más han exprimido los márgenes de las hojas con anotaciones, los que más han dado cátedra de errores resueltos a tiempo. ¿Quién escribe a mano hoy en día? ¿Recuerda el lector cuando la maestra nos reconocía por nuestra letra manuscrita? Yo, por lo menos, ya no tengo letra. ¿Quién se acuerda ya del Liquid Paper, ese pincelito de olor intenso con el que blanqueábamos nuestra mala taquigrafía y con el que a veces, incluso, nos dopábamos sanamente? Hoy todo es Delete. Hoy todo lo que no sirve desaparece de la pantalla, y cada cosa que escribimos es la última y definitiva versión. No tenemos memoria ni de nuestros propios errores.
Quizás me equivoque, pero sospecho que -por culpa de la tecnología- dentro de cien años se escribirá un poco peor que hace cien años. Pero también, gracias a la tecnología, lo hará el doble de gente. Nadie sabe qué es mejor
Hernàn Casciari

este texto fue extraido del diario la Nacion del 2 de agosto del año 2009

viernes, 22 de febrero de 2013

Hernàn Casciari, Los nuevos inventos

De repente, de un día para el otro, descubren soluciones simples que hubiera sido fantástico conocer mucho antes. Por ejemplo, que los coches pueden funcionar con electricidad. O con luz solar. Hay quienes dicen que funcionan hasta con cocacola tibia, pero no lleguemos a tanto. Quedémonos en la electricidad, porque Volvo ya presentó el primero, y por detrás vienen otras grandes marcas. ¡Con electricidad, y lo dicen ahora! No es una solución más compleja que la gasolina: es más sencilla. También más barata y menos nociva. Pero en lugar de descubrirlo hace sesenta años, los señores vienen y lo descubren ahora. Ahora que las ciudades ya están hasta el cogote de smog, ahora que ya nos gastamos un sueldo entero al año en combustible, ahora que se acaba el petróleo. Permítanme dudar. Pero cuidado: no es una duda sobre la real existencia del invento, ni sobre si funciona bien o mal; es una duda sobre si realmente lo inventaron ahora y no antes. La duda es sobre cuánto tiempo están cajoneados, a oscuras, los avances tecnológicos.
Esta semana, en Suiza, se dio a conocer otro invento increíble por lo simple, por lo necesario. Inventaron un aparatito que permite recargar el celular con el calor del cuerpo. Además, el prototipo se abastece con la diferencia de temperatura entre la fuente del calor y la del ambiente, por lo que no contamina (como las baterías o las pilas). Y, tras cartón, resulta que la fabricación de estos generadores es diez veces más barata que lo que venimos usando hasta hoy. Quien dice recargar el celular dice la computadora portátil, el iPod, etcétera. Es decir: parece que las pilas no eran tan, tan necesarias. ¿Cuántas habremos comprado a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas habremos tirado a la basura con culpa, sabiendo que destruíamos el planeta? ¿Cuántas veces nos habrá agarrado del cuello el empleado de seguridad del supermercado diciendo "qué llevás en el bolsillo"? Hacer larguísimas colas para llenar el tanque la noche anterior a un aumento imprevisto; salir a comprar pilas a las tres de la mañana de un domingo para desgrabar una nota; olvidarse el cargador del teléfono en casa y darse cuenta en un hotel a mil kilómetros; quedarse sin nafta entre San Clemente y Santa Teresita, caminar y caminar con dos bidones al rayo del sol; chupar esa manguerita infame para sacarle combustible a otro auto, vomitar; quedarse sin batería en el celular en medio de la nada. Todos esos baches de la vida podían haberse evitado. Pero no: los señores van presentando sus inventos de a poco, no sea cosa que de golpe nos convirtamos en consumidores felices. Nunca se descubre nada a tiempo, siempre tarde. Pienso en la valija con rueditas, quizá el invento más útil del siglo veinte, pero también la prueba de nuestra desidia. Porque la rueda se inventó al final del neolítico, y la valija común en el año 726. Entonces, ¡catorce siglos estuvimos llevando las valijas en la mano, habiendo ruedas! ¿Por qué tardamos tanto en ponerle bolitas redondas a la valija, si las dos cosas separadas existieron siempre? Lo dicho: nos esconden la felicidad hasta último momento. 

Hernàn Casciari
este texto fue extraido de la maravillosa Orsai: http://editorialorsai.com/blog/podcast/

jueves, 18 de octubre de 2012

Casciari, Buenos Aires

Cuando terminaba de trabajar me volvía a casa en el subte D, de punta a punta. Como salía a las seis de la tarde, el vagón iba relleno de gente (no digo re-lleno como lo diría un adolescente, si no 'relleno': del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados, tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor.
Algunos nos poníamos los auriculares y oíamos música para hacernos la ilusión de que la existencia tenía banda de sonido; otros abríamos el librito de bolsillo en la página que habíamos marcado durante el viaje de ida, y seguíamos viendo cómo iba la historia del cuento de Javier Marías. Los más, sin literatura ni música, cabeceaban tristones, tratando de no mirar a los ojos al que estaba nariz con nariz.
En Pueyrredón la cosa se calmaba un poco, no mucho, pero se podía cambiar de posición las piernas. Igual la mayoría viajaba triste. A veces una chica que había conseguido un asiento para leer sonreía por alguna cosa de su libro, y esa sonrisa perdida en el mar del malhumor parecía un colibrí entre una marejada de cuervos. Pero a veces ni siquiera había una chica sonriendo.
En Palermo, con suerte, me podía sentar. Y en José Hernández nos bajábamos todos en silencio y subíamos las escaleras. Arriba, entre los rieles y la calle, Metrovías había dejado que un grupo de músicos del Colón pusiera sus parlantes e hiciera melodías de Bizet, de Tchaicovsky, de Mozart y de Beethoven. Eran tres: una pianista linda, un violinista gracioso y un flautista enloquecido.
La gente salía del subte y ya desde lejos podía oírlos. Cuando la turba pasaba por al lado del trío, lo más frecuente es que cada uno se detuviera algunos un segundo, otros más, y se quedaran un ratito suspendidos en medio de la armonía. Se notaba que por ese pasillo todo el mundo experimentaba una transición, algo extraño, una certeza de que las cosas de esta vida podían ser mejores, algo que los acariciaba con fugacidad.
Todos salíamos del subte desesperados por llegar a casa, pero cuando atravesábamos la música no había quien no se detuviera un segundo. Cuando una composición terminaba, los aplausos eran tan reales y agradecidos que parecían ser los primeros aplausos verdaderos que yo había escuchado en mi vida. Los anteriores sonaban a fórmula y compromiso, a costumbre cultural.
Un martes me tocó pasar cuando terminaban de ejecutar "Carmen". Oí otra vez los aplausos y también vi, de reojo, una mirada que se hicieron la pianista con el chico del violín. La mirada era de triunfo. Han pasado cuatro años pero la recuerdo intacta. Se miraron y sus ojos decía 'estamos en la gloria'. Yo pensé en ese momento que el arte estaba allí, congelado en ellos, y que la pareja de músicos, durante el segundo que les duró la mirada, lo sabían mejor que nadie en el mundo.
Los oficinistas más tristes y devaluados pasaban de a montones y durante un instante creían que las cosas podían ser mejores de lo que eran. Ellos solamente hacían un poco de música, y al final del día contaban las monedas que el público pasajero les había dejado en la funda del violín. Músicos que tenían que vivir de tocar en el subte: si alguien lo medía con la vara del éxito, esos chicos estaban fracasando rotundamente. Pero yo pasé y los vi, y pude retener la mirada del violinista y la pianista, y era una mirada de triunfo.
Después saqué la cabeza a la avenida Cabildo. Me fui a casa pensando que yo conocía a esos chicos, que conocía en ese país a un montón de gente que, como esos músicos del subte, no querían nada malo para este mundo, sino únicamente un poco de magia y de misterio. Y que se conformaban con hacer lo que amaban, en el Teatro Colón o en el entresuelo de la línea D. Y me sentí yo mismo tan lleno de misterio y de felicidad, que me hubiera gustado tener un frasco a rosca para encerrar ese sentimiento fugaz y usarlo durante estos días, en los que me cuesta tanto recordar por qué amo con desesperación a Buenos Aires.

jueves, 30 de agosto de 2012

Hernàn Casciari, Bs As Fragmento (magia y misterio)


...Ellos solamente hacían un poco de música, y al final del día contaban las monedas que el público pasajero les había dejado en la funda del violín. Músicos que tenían que vivir de tocar en el subte: si alguien lo medía con la vara del éxito, esos chicos estaban fracasando rotundamente. Pero yo pasé y los vi, y pude retener la mirada del violinista y la pianista, y era una mirada de triunfo.  Después saqué la cabeza a la avenida Cabildo. Me fui a casa pensando que yo conocía a esos chicos, que conocía en ese país a un montón de gente que, como esos músicos del subte, no querían nada malo para este mundo, sino únicamente un poco de magia y de misterio

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domingo, 5 de agosto de 2012

Hernan Casciari, ropa sucia

Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.
Mi papá y mis hermanos grandes, junto con otra mucha gente, salían por la mañana a poner baldosones de pasto en la plaza: le pagaban a cada uno cien sanmartines la media jornada. Cien sanmartines era el pan del día, o quince bambú sin filtro. Por la tarde, las mujeres y los críos estaban empleados para quitar de la plaza el pasto que habían puesto los hombres; debían echarlos en los canastos, a cincuenta sanmartines por tarde. Eran los mismos terrones manoseados que la otra mitad del pueblo colocaría de nuevo desde el día siguiente. Así una y otra vez.
El hermano que venía antes que yo iba a llamarse Gracián Galíndez, porque ya estaba planeado que llegase un 12 de agosto, que es san Gracián; pero nació muerto. Entonces me pusieron a mí el nombre, aunque nací el 3 de noviembre del otro año, y debí de haberme llamado Galindo Galíndez, que es mucho más sonoro. De todas maneras, Gracián o Galindo, el destino ya quería que todos me conocieran como el Rengo, por el problema que tengo en el talón.
Esa época de los terrones de pasto duró un año largo. El Gobierno no quería dar subsidios ni entregar los puros alimentos básicos porque temía que los más pobres, sin trabajo fijo ni actividad del cuerpo, se dieran al vino o a la insurrección. Por eso se crearon aquellos oficios de quita y pon, que así se llamaron, y que dieron que hablar mucho en la época que nací.
Mi mamá quiso que al menos dos de sus muchos hijos supieran leer y escribir, y ni el toto sabe los esfuerzos que hizo para mandarnos a clases, a la Eugenia y a mí. Su sacrificio no fue de dinero, puesto que la educación todavía era liberada, sino porque nosotros nos escondíamos para escaparle a la milonga de la escuela. Yo no sé por qué mi hermana fue tan retobada para ir a clases; mi desapego era a causa de las bromas de los otros. Eso de Rengo Galíndez me lo pusieron allí, y tuvieron que pasar muchos años, y una peste, para que me sonara afectuoso.
A la Eugenia le llevé siempre un año de vida, pero en cambio nunca la alcancé de camino a la escuela. Un poco por mi tranco cachuzo, pero más que nada porque ella apuraba el trote para que no la vieran llegar conmigo de lastre. Era murraca, como todos nosotros, pero había salido bonita, de los ojos sobre todo. Mamá la mandaba a clases con aguanube en las trenzas, para que se levantaran las puntas. Para esas épocas nos llegaban del puerto las historietas extranjeras, y había unos dibujos de mujer que me hacían recordar lo larga y lo ligera que era la Eugenia, por lo menos hasta que se le formó el cuerpo y le maduraron las perubas; ahí fue cuando empezaron todas nuestras desgracias.
Pero antes de eso se nos vino encima el tifus. Como éramos muy cachorros y no respetábamos nada, al mal le empezamos a decir morir del barco, porque habíamos oído que la enfermedad había llegado desde la bodega de un carguero. No hubo clases durante muchos meses, ni agua limpia, ni sitio donde poner tantos muertos.
Un día se temió que pudiéramos contagiar a otros pueblos con los vahos de los cadáveres que esperaban su entierro, y vino en tren un obispo con mascarilla a convencernos de que no era pecado, en esos casos, incinerar los cuerpos en lugar de darles sepultura cristiana; y donde había sido la plaza del quita y pon se construyeron las piras, que todavía están. Por eso es que a muchos nos queda el ademán de santiguarnos cuando pasamos frente al humo de las fábricas.
Lo del tifus fue largo y malo, pero no hubo escuela por mucho tiempo. El mal del barco menguó nuestra familia en poco más de un mes y cuando se fue el olor a cueco muerto éramos la mitad. Perdimos dos hermanos mayores, dos pequeños, la estufa a leña y al papá de todos nosotros. Cuando acabó la peste, casi que tuvimos un catre para cada quién, en casa. No sabíamos qué hacer con tanto espacio.
A esas alturas yo quedé el mayor, al cuidado del Ulises y del Jesús. Mamá salió sana del cuerpo pero desvariando de dolor, y también hubo que asistirla. Lo hacíamos entre la Eugenia y yo, por lo menos hasta que el diablo se nos metió en el cuerpo y ya ni siquiera pensamos en nuestra madre. Pero lo del diablo fue más luego.
Después de que se fuera el mal del barco ocurrió también otra desgracia: abrieron la escuela. Intentábamos recuperar el ritmo del abecedario, pero en los ojos de todos todavía campeaba la muerte, y las piras de la plaza seguían echando humo. En el aula nos encontramos con mucho sitio de más y ya no me importaba ser el Rengo Galíndez, ni la Eugenia corría para despegarse de mí. El mal del barco nos había disminuido de número y de fuerzas, y los pocos que quedábamos en el pueblo nos fuimos acocochando como zarugos alrededor de un fuego.
Muchos hijos acabaron solos y huérfanos, y los que aún conservaban techo y algo que comer decidieron quedarse cristianamente con algunos. Mamá fue una, y entonces vinieron a la casa dos muchachos de las edades del Ulises, que eran hijos de una familia que había muerto entera. Cuando llegaron los huérfanos, yo debí volver a compartir la manta con Eugenia para dejarles sitio a los adoptivos.
La primera noche supimos que el mal del barco y todas las muertes nos habían alterado la sangre, y anduvimos un mes como marmotas; nos dormíamos sentados, no prestábamos atención al maestro, y todo porque las madrugadas las pasábamos en vela, tocando el cuerpo del otro, sorbiendo el aire por la boca y moviéndonos de a cachito, para no despertar a mamá ni revolver la conciencia de estar pecando.
Por temor a las secuelas del tifus nadie nos quiso comprar la cosecha, y comimos papalla hasta reventar. Los básicos, como el pan y la leche, fueron lujos que debimos dejar para el sustento de los más pequeños. Sabíamos que con el verano llegaría la desgracia anual de la inundación, pero esta vez las aguas traerían suerte. Nos habían dicho que la fuerza del río se llevaría los posibles rastros vivos de la peste, y que otra vez los pueblos cercanos nos comprarían la papalla. Y entonces nos sentamos a esperar la tragedia del agua con ilusión.
Era broma frecuente en los pobladíos decir que era tanta nuestra mala estrella que, por única vez en setenta años, la inundación nos pasaría por al lado sin mojarnos. Pero el agua llegó, y recibimos la primera tormenta del verano como si fuera el Gobernador. Fue en enero, como siempre, y aprendimos a asar pringones venenosos y culebras. Todos los años nos preparábamos para la crecida pero esta vez, por culpa del mal del barco, no teníamos nada en las despensas. El Gobierno contrató unas capiraguas azules con altavoces para indicarnos cómo hervir y cocer lo que un año atrás nos enseñaban a fumigar y repeler. Daba un poco de risa, porque a las alimañas del río las llamaban alimentos emergentes. Fue el mes más duro de todos, en el pueblo, pero una mañana bajaron las aguas y volvimos a habitar la casa.
Durante el temporal que precedió a la bajante habíamos perdido al Jesús y a uno de los huérfanos adoptados. Los cuerpos de las dos criaturas fueron encontrados en la cúpula de la parroquia. Después se supo que el Jesús, con sus seis años cumplidos, se había lanzado a la corriente para socorrer a su hermanastro. Nos lo dijo Venancio, que lo vio todo. Jesús pudo alcanzar al huérfano cerca del campanario y los dos quedaron trabados en las agujas del reloj, que se habían parado en las siete y diez. Entonces el agua subió todavía más y se ahogaron sin poder salir a la superficie. Cuando el río bajó, encontramos los dos cuerpos colgando de las agujas: mi hermano marcaba la hora y el huérfano los minutos. Como no había mucha madera seca, los enterramos a los dos juntos.
Cuando pudimos secarnos el agua y enterramos otra vez a nuestros muertos, en la casa ya sólo fuimos cinco, ahora sí con un catre para cada quién por primera vez en la vida. Pero la Eugenia y yo éramos dos imanes por las noches y seguíamos durmiendo juntos, conteniendo la respiración, calientes como dos caranchos y con el remordimiento en la piel.
Por eso, porque no se nos enfriaba la sangre, una semana después visité la parroquia. Ya había pasado el peligro en el pueblo y me habitaban otra vez los malos pensamientos con mi hermana. Fui directo a hablar con el padre Suárez. Pensé que confesarme de todos mis actos impuros, aunque Dios no me los pudiera perdonar, sería suficiente para no caer la noche siguiente en la tentación de la carne.
Cuando llegué al templo supe que la inundación había sido buena sólo con algunas familias. Muchísima gente lo había perdido todo, incluida la casa, y un puñado no tenía dónde caerse muerto. Las personas con mejor fortuna estaban en una campaña para darle a los sin techo parte de lo que el agua y la peste les había quitado.
Vi a muchas mujeres como mi madre, y a muchos hijos como mi hermanito el Jesús, llorar abrazados y mirar el cielo, con miedo de que Dios les mandara otra vez la muerte o la crecida. Y entonces supe que mis penas eran nada al lado de las suyas, y en lugar de buscar al padre Suárez para limpiar mi espíritu, volví a la casa, cargué con mi colchón al hombro y se lo di a la parroquia. Si yo iba a seguir metiéndome de noche entre las cobijas de la Eugenia, que por lo menos mi pecado mortal le sirviese de bueno a alguno.
Desde entonces ya no nos importaba tocarnos cerca de mamá. Para ella los golpes habían sido muchos. La pobrecita había quedado viuda y con cinco hijos menos, aunque la muerte del Jesús fue lo que le provocó el desvarío más fuerte. Igual que el reloj de la iglesia, ella se detuvo en un tiempo fijo y sus días dejaron de pasar. De pronto empezó a andar por la casa con el pelo desbandado y nos obligaba a cocinar y a poner la mesa para nueve, como en los tiempos en que todos estábamos vivos.
La siguiente cosecha fue la mejor en veinte años. Pero en el fondo del corazón seguíamos tristes. En esa época cumplí los dieciséis y el trabajo en la tierra, que me demandaba el esfuerzo de tres hombres, había moldeado mi cuerpo y parecía mayor. Pero seguía con un pie más corto que el otro, y eso muchas veces no me dejaba en paz.
Dejé la escuela para poder sembrar y cosechar papalla jornada completa, pero Eugenia me enseñaba lo fundamental de los libros cuando podía. Sin toda la carga de mis compañeros y sus burlas, aprendí más rápido que ellos y supe que no me faltaba el entendimiento. De noche mi hermana y yo dormíamos juntos como un matrimonio, amparados en el delirio de mi madre y en la inocencia de los más pequeños.
Eugenia nunca sintió culpa por lo que hacíamos, y yo debí cargar con los remordimientos de los dos. Ella también había crecido de golpe. Si antes su mejor rasgo eran los ojos, ahora en el pueblo nadie se los miraba. Ni yo tampoco. Con un año menos que yo, se había convertido en una mujer alta como mi padre, y bien formada como mamá en sus tiempos. Ya no usaba trenzas: una tarde llegó del río y se había cortado el pelo hasta los hombros. A mí aquello me gustó poco.
Fue una época feliz, pero corta. Tres meses antes del desastre final mamá dejó los desvaríos. Una tarde que llegué del campo, cansado como cualquier día, me encontré con que ella y la Eugenia estaban conversando cerca del yuco seco; me esperaban.
Mi hermana corrió hasta mí y me dijo que mamá había vuelto, que ya no decía cosas huecas, y que el milagro había sido gracias al Jesús, nuestro hermanito ahogado, que se le había aparecido en cuerpo y alma. Todo el pueblo conoció la noticia en pocas horas: el niño de seis años que se había sacrificado durante la inundación para salvar a otro, se había corporizado frente a los ojos de su madre enferma, devolviéndole la salud.
Mamá se cansó de contar la historia, y las mujeres llegaron a casa para rezar un rosario por el Jesús que duró toda esa noche. Al día siguiente hubo otro acontecimiento que terminó por convertir a mi hermano en santo: a alguien se le ocurrió trasladar su cuerpo a la parroquia, y cuando forzaron el cajón donde estaban sus restos juntos a los del otro niño ahogado, todos notamos que el Jesús estaba treinta veces mejor conservado que su hermanastro.
Tenían ya seis meses de muertos, y mientras que el más pequeño había sido invadido por gusanos y sólo quedaban sus huesos, la osamenta del Jesús parecía no tener más que dos horas de enterrada. A mí, que lo pude ver con estos ojos, me llamó la atención que solamente hubiera larvas en el costado del cajón donde descansaba el crío adoptado, como si el bichambre hubiese temido arrastrarse cerca del otro cuerpo. La luz del día nos trajo el aire fétido de la otra carne, pero nosotros estábamos viendo el milagro y nos arrodillamos frente a la grandeza de Dios.
Entonces hubo nuevas cartas al obispo de la mascarilla para que los italianos convirtieran en santo a mi hermanito de seis años, y hasta un viaje personal del padre Suárez a la capital, pero nunca nadie nos trajo noticias. Igual, la voz se corrió y empezó a llegar al pueblo gente de todas partes para tocar los restos.
Al principio vinieron grupos a pie, desde los pueblos vecinos, y después también aparecieron camiones con fieles mejor vestidos y más elegantes. Vimos por primera vez gente huicha, con la piel tan pálida como la del cerdo, con zapatos caros y máquinas para sacar fotografías. Ellos tomaban fotos del reloj, que seguía detenido en las siete y diez; del cajoncito con el Jesús adentro, que habíamos puesto en el sagrario de la parroquia; y también fotos de mi madre, de la Eugenia y de mí, porque éramos los parientes del santo.
Entre tantos coches y buses, todas esas fotos y aquella gente extraña, nos empezamos a olvidar del Jesús como hermano nuestro que era, y les vendíamos a los turistas las ropas que quedaban de él en la casa por billetes recién salidos del banco. Cuando se acabaron los trapos del Jesús, vendimos también los del Ulises y los de los otros huerfanitos, incluso del que murió.
Para entonces, mamá vivía en la parroquia, rezando, y no se enteraba de nada durante el día. La Eugenia y yo, desde la casa, comenzábamos a respirar el olor de los billetes. Una mañana le vendí a un matrimonio huicha, por mil sanmartines, la única fotografía que teníamos del Jesús.
Desde que vimos el cuerpo de nuestro hermano intacto, Eugenia ya no quiso dormir conmigo y mi culpa se fue apagando. Una de sus razones era que mamá ya tenía otra vez los sentidos despiertos y la hubiéramos matado si nos descubría. Y el otro motivo era su temor a que el Jesús, desde el cielo, ya hubiera visto lo que hacíamos por la noche y no nos quisiera a su lado cuando nos llegara la hora.
Yo pensaba igual que ella, y compartía sus miedos, pero después de una semana de dormir en catres distintos supe que era tan grande el sosiego que Eugenia me había dado cada noche, desde hacía más de un año, que no tenerla me provocaba dolores del cuerpo y ganas de llorar. Pasaba las noches en vela, y me iba cerca del yuco seco a calmarme solo, pero no era lo mismo. Las noches eran frías sin la Eugenia, por eso de día le rogaba que volviera conmigo, y ella me decía que tampoco era fácil para su cuerpo, pero que debíamos ser fuertes y pedirle a Dios la voluntad.
Ella había dejado de momento la escuela para ayudarme a atender a los turistas huicha, que ya empezaban a ser diez veces más rentables que la papalla, y los dos pasábamos las tardes juntos, en la casa, vendiendo las cosas del Jesús con gotero, a cien sanmartines la gota.
Volvía el calor; mi hermana se había convertido en una mujer de las que quitan el alma y a mí se me iba la mitad del tiempo mirándola con deseo, y la otra mitad viendo que los huicha, con sus zapatos blancos y sus ademanes, no se le pusieran muy cerca ni le quisieran tentar la sangre.
Mamá se internaba durante el día en la parroquia, rezando junto a los fieles que llegaban para ver al Jesús, y sólo volvía a la casa para dormir. Ya no le quedaban rastros de la demencia que había soportado hasta hacía un mes, pero de a poco comenzó a redoblar sus oraciones, al punto de no hacer otra cosa más que rezar. No respondía preguntas ni las hacía. No entablaba charla con nadie. Tanto estuviera sentada o caminando, llevaba en las manos un rosario para no perder el orden de sus plegarias.
Una noche se quedó dormida cerca del sagrario de su hijo, a la mitad de un Ave María, y cuando se despertó en la mañana siguió rezándolo justo por donde lo había suspendido. Desde entonces ya no volvió a la casa. El padre Suárez vino a darnos la noticia, pero nosotros no hicimos nada para convencerla. Mi hermana prefería que mamá se quedara en la parroquia para vender las cosas del Jesús sin que nos viera, y yo supuse que sin ella en la casa Eugenia no tendría temor de volver conmigo de noche.
Cuando el último grupo de fieles se retiraba, volvíamos a la casa y cenábamos sin privarnos de nada. Después hacíamos dormir a los hermanos pequeños y entonces contábamos los billetes del día. Una vez acabada la tarea, Eugenia ponía el fajo enrollado y las monedas junto a los demás billetes, y contábamos el total.
En la casa había cada noche más dinero, pero también menos cosas. Después de vender la ropa de todos los críos, comenzamos a despachar platos y utensilios, diciéndoles a los turistas que cada cosa la había tocado el Jesús alguna vez. La mayor parte de las vasijas las habíamos comprado después de la muerte del santo, porque las que él usó en vida se las llevó la inundación, pero a nadie le importaba.
Como no teníamos tiempo de ir al pueblo más que para traer los alimentos, la casa se fue desmantelando de objetos. Una tarde a la Eugenia se le ocurrió vender, de a pedacitos, el colchón donde dormía Jesús, y cuando nos quisimos acordar habíamos despedazado tres catres con todo y el relleno de pluma. Pero cuando otra vez estuvimos escasos de camas, ella prefirió dormir con alguno de los pequeños antes que caer de nuevo en pecado mortal conmigo.
Una noche, cuando acabábamos de contar los sanmartines, y desparramamos sobre la mesa todos los billetes de un mes de trabajo, Eugenia me miró a los ojos: ya no somos pobres, Gracián, me dijo sonriendo, y se levantó y me besó en la boca, como hacía más de un mes que no pasaba.
Durante la madrugada de esa noche me levanté de la cama y fui hasta el yuco seco. No podía dejar de pensar en ella, y me costaba dormir sabiendo que la Eugenia estaba echada a cinco pasos de mí. Sin darme cuenta, como cada vez, comencé a desahogar mis deseos, de espaldas a la casa, con una mano apoyada sobre la queracina. Mi hermana llegó sin ruido y se quedó detrás de mí, con mucha pena. No dijo una palabra, nada más recostó su cara contra mi espalda y lloró conmigo.
Después me rodeó con sus brazos, apretándose fuerte de mí, y con una de sus manos apartó la mía de donde estaba. Me tomó con cuidado, sintiendo cada vena hinchada de sangre, y comenzó a darme sosiego como si fuese mi mano, y no otra, la que estuviese trabajando; como si fuésemos una persona y no dos.
Ella sabía cuándo ir despacio y dónde aumentar el ritmo. Cuándo detenerse y en qué parte presionar. No me soltó hasta exprimirme por completo, y luego me dijo al oído: esto es menos pecado que acurrucarse, y se encerró otra vez en la casa.
Al otro día fue cuando vendí en mil sanmartines la única foto que le habíamos sacado al Jesús cuando vivía. Y yo no sé si fue por esto o por aquello, pero el santo nos crucificó.
El día de la desgracia cayó un domingo, y hubo que levantarse temprano porque llegaban al pueblo más fieles que en día corriente. Desde que el Jesús era un santo, el padre Suárez llegaba a nuestra casa enseguida que cantaba el gallo y hacía sonar la bocina del Ford. Nos traía el cajoncito de vidrio y madera con el cuerpo conservado de mi hermano, para que los turistas huicha lo vieran al aire libre. El padre decía que en la parroquia no había suficiente sitio en domingo, pero nosotros sabíamos que estaba un poco celoso de nuestro Jesús, y que en el fondo prefería seguir adorando al suyo.
Esta vez, junto al cuerpo, llegó también mamá, que se bajó del coche rezando y ni tuvo tiempo para saludar. Hicimos un altar pobre frente a la casa, y le prendimos velas. Pusimos una silla al lado, para que mamá rezara sin cansarse. Un rato después de las ocho vimos por el monte la polvareda del primer contingente, y antes de las diez ya había otros seis.
Cada uno de los autobuses traía más de cuarenta cristianos de distintas partes del mapa. Por suerte nos quedaba bastante colchón, y un mantel entero para repartir en cincuenta pedazos, a cien sanmartines cada pieza. También había cordones de zapatos, dos ajenfos sucios y un dibujo genuino del Jesús que la Eugenia había encontrado por casualidad, y que pensábamos cotizar tanto como la foto.
Todo el comercio lo hacíamos en los propios ojos de mamá, pero eso ya no nos importaba, porque la vimos tan retraída en sus rezos que era difícil pensar que pudiera volver al mundo real y reprendernos. El Ulises y su hermanito adoptivo estaban tan contentos de ver otra vez a su madre que se le pegaron a la güiraina y no se movieron de su lado. El día era claro y ventoso, porque el verano estaba a punto de llegar y el río nos avisaba.
Frente a la casa se llenó de huichas muy perfumados y blancos. Como cada domingo, pero aún más. Se formaba una larga fila de fieles detrás del altar del Jesús. Uno a uno, esperaban su turno para tocarlo, para pedirle cosas o para presentar ante él sus enfermedades. A la vez, otros grupos le sacaban fotos a la casa y a nosotros, y dejaban que la Eugenia o yo les ofreciéramos las pertenencias del santo.
Los que ya habían visto lo que había para ver, hacían su día de campo alrededor de la casa o caminaban por el monte sin alejarse mucho de los buses. Casi todas las caras que veíamos eran nuevas, menos las de los guías y los choferes. Uno de ellos, que conducía un bus de larga distancia, al ver a la Eugenia la saludó de lejos como dos conocidos del pueblo, y le hizo una seña.
Yo dejé de hacer una venta y me detuve a espiarlos. Ella se acercó y le habló sin vergüenza. El chofer, que era un zambuco rubio y muy blanco, asintió y se metió en el coche. Estuve a punto de salir corriendo para detenerla, pero ella lo esperó fuera. Cuando el hombre salió, le entregó un paquete envuelto en papel madera y le dijo algo que a mi hermana debió agradarle, porque ella se puso en puntas de pie y lo besó en la mejilla. No pasó más que eso, pero yo no podía respirar de todo el asco que tenía dentro.
Esperé el momento, y cuando la tuve sola a la Eugenia la aparté hasta la casa con mucho enfado. Cuando le pregunté sobre el paquete ella no pareció sorprendida, sino más bien triste. Me dijo que era un regalo para mí, y me trajo aquello que había recibido del rubio. Lo abrí a los tirones, y entre envoltorios de periódico encontré los zapatos. Entonces le pedí que me disculpara.
Mientras ella seguía vigilando a los fieles yo me quedé dentro inspeccionando mi obsequio. Desde pequeño, ni bien me enteré que existían, los había querido. Pero solamente los vendían en la capital, y eran tan caros como hacer el viaje hasta allí. Nunca tuvimos con qué comprarlos, y lo más parecido que yo tuve fue un engendro que una vez me hizo mi padre, con un pedazo de cedro en la suela de las alpargatas. Pero me resultaba incómodo, y también me hacía renquear.
Estos, en cambio, eran de una ortopedia, y sacaban brillo. Tenían cordones negros, y eran de cuero, como los zapatos de los huichas que venían los domingos. El izquierdo era normal, y el otro llevaba el tacón más alto y de hierro. Pero lo bueno era que los dos pesaban lo mismo, y de lejos parecían iguales.
Tuve miedo de ponérmelos con los pies tan sucios, y entonces antes me lavé en el yuco. Después me calcé ahí mismo, sentado al borde de la queracina, y me até los cordones con dos vueltas. Cuando regresé a la casa lo hice un poco llorando, porque ahora yo caminaba igual que todo el mundo y nadie iba a decirme el Rengo nunca más.
Al mediodía era la hora en que el santo descansaba y los turistas tomaban su almuerzo alrededor de la casa. A mamá y a los pequeños les llevamos lonchas de cabú y ellos, entre padrenuestros, se las iban comiendo. La Eugenia y yo nos pasamos la hora libre jugando carreras desde la casa hasta el yuco.
Ella me seguía ganando, pero ahora por poco. Yo pensaba que me faltaba acostumbrarme al peso del calzado, y que cuando lo lograra ya nadie me ganaría a hacer carreras. Los dos estábamos contentos con mi nueva forma de caminar, y a mí me habría gustado que mi papá no se hubiera muerto, y que mi mamá estuviera sana, así me hubieran podido ver.
Tan alegre estaba que cuando la Eugenia desapareció de mi vista a media tarde yo no me di cuenta. Supe que me faltaba cuando empecé a buscar al huicha rubio y tampoco lo encontré. Había llegado la hora de mostrar el dibujo genuino del Jesús, y en eso estaba cuando descubrí que mi hermana y el rubio habían desaparecido. Cuatro turistas me lo querían comprar, y todos ofrecían cada vez más plata. Yo no les hacía caso y miraba entre los grupos de gente, para ver si la veía a la Eugenia.
Los turistas me ponían los billetes delante de los ojos, y entonces me aturdí. Despedacé el dibujo del Jesús y les pringué a todos la madre. Después tiré los papeles al suelo y corrí para el lado del monte. Los fieles no se preocuparon por mí, y se lanzaron al pasto para disputarse la pertenencia del santo. Los cuatro que iban a comprarlo empezaron la riña, pero también participaban los que no tenían más dinero, porque creyeron que si hacían fuerza se podrían llevar una parte del dibujo gratis.
Los zapatos ya no me pesaban cuando corté campo hacia el monte. Me adentré porque la Eugenia y el rubio no podían estar más que allí. Los otros alrededores de la casa no eran más que llano hasta el río, y el pueblo quedaba lejos.
Entré al monte jadeando, y cuando dejé de jadear los jadeos seguían. Me desesperé y cerré los ojos para escuchar mejor de dónde venía el sofoco. Me guié como cuando crío, que entraba al monte de noche y me sorprendía conocerlo tan bien en lo oscuro. Sin la vista pude acercarme mejor, y cuando abrí los ojos los tenía a los dos muy cerca, como a un tiro de piedra de mí.
El rubio le estaba haciendo a la Eugenia lo que ella ya no quería que le hiciera yo. Me temblaron las manos y me abracé a un tronco de maura. Los podía ver muy bien; ella estaba boca al cielo y tenía los ojos cerrados. Las piernas y los brazos los había abierto de par en par, y con los dedos de las manos arrancaba el pasto de la tierra floja.
El rubio estaba montado encima, y llevaba los pantalones hasta las rodillas. No se tocaban ni se besaban. El rubio parecía que estaba haciendo flexión, y eso me enfureció más que todo. Me acerqué pinchado por la rabia hasta que estuve tan cerca que podía patearle la cabeza. Entonces elegí el zapato derecho, porque me lo había traido él de la capital y era pesado y de hierro. Levanté la rodilla y le hundí el talón en el cráneo. La fuerza de la patada me hizo caer contra el pasto.
El rubio no hizo ningún ruido, solamente se desplomó sobre la Eugenia. Ella abrió los ojos y me vio a mí a su lado, que lloraba y la insultaba. No dijo nada, pero después, cuando le vio la sangre al rubio, me dijo que era un cabro bruto.
La ayudé a levantarse pero no la quise mirar cuando se acomodaba el vestido. Me preguntó que hacíamos con el cuerpo y yo le hice un gesto. No me importaba. Ella se quitó el pasto de la espalda y entre los dos lo arrastramos hasta el corazón del monte. Después veríamos qué hacer. Ahora lo que importaba era volver a la casa, porque sabíamos que no había sido bueno dejar a los turistas solos con el Jesús.
Antes de salir del monte los gritos de los fieles nos enteraron de que las cosas no estaban bien. La tarde caía, y después de la loma pudimos ver la silueta de la casa recortada sobre el fondo del cielo. Nos quedamos quietos ante el cuadro. Había gente dentro de la casa y también arriba. Todos estaban fuera de sí, y se peleaban por la mesa, por la ropa de los pequeños y por el cajoncito del santo.
Habían encendido antorchas, y algunos camiones y buses ya estaban en marcha. Otros se habían ido. Todavía quedaban muchos hombres sobre la casa, despedazando las vigas y llevándose de recuerdo pedazos de madera. Trabajaban con rapidez y a los gritos. Cuando uno conseguía algo, después tenía que defenderlo de los demás. De lejos, parecían la langosta.
Mi hermana y yo no nos movimos hasta que se fue el último cristiano. Cuando ya no escuchamos motores ni gritos empezamos a correr. Más nos acercábamos y mejor veíamos el detalle de la ruina. La casa se había convertido en un esqueleto de machimbre, y adentro no quedaba nada. Se habían llevado hasta la silla que le pusimos a mamá para que rezara en paz. Ella estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y se aferraba al rosario. No se había dado cuenta de nada.
A los pequeños les habían quitado la ropa, y estaban desnudos y rasguñados, abrazados a las piernas de mamá. Eugenia gritaba que los billetes había desaparecido, y solamente eso le preocupaba. Yo buscaba por todas partes, con la esperanza de encontrar el cuerpo conservado de mi hermanito el Jesús. Pero no nos habían dejado ni eso.
La noche se nos cayó encima de golpe. Lo primero que hice cuando supe que lo habíamos perdido todo, fue lavar en el yuco la sangre del rubio que tenía pegoteada en el zapato. Eugenia se había quedado en la casa y había prendido un fuego triste para que mi mamá y los hijos no pasaran frío. Desde la queracina me los quedé mirando a los cuatro, alrededor de la luz amarilla, como animales asustados.
También me quedé viendo, de fondo, las vigas de madera que alguna vez había puesto mi padre para empezar a construir la casa, y que ahora parecían una osamenta. Aquella casa había estado allí antes de que yo naciera, antes de los oficios del quita y pon, de la peste del barco y de la crecida que nos mató al Jesús. De eso había pasado mucho tiempo, y ahora la vida estaba otra vez como al principio.
Hernàn Casciari
foto Dario del ojo digital National  geografic